Narrativa breve: ¿minicuentos, microrrelatos, microficciones?

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Microficciones, minicuentos, microrrelatos, cuentos cortos, relatos ultrabreves son etiquetas que no siempre refieren a lo mismo. Cuentos cortos hubo siempre, desde los inicios de la literatura; sin embargo, hablar de microficciones implica abordar un género (en el sentido que le da Mijail Bajtin) que va más allá de la cantidad de palabras. Aforismos, leyendas, fábulas, estampas, adivinanzas son narraciones breves, pero no dan cuenta de un tipo de literatura que tiene muy buenos exponentes en América latina y que viene a replantear ciertas categorías. Al respecto, Lauro Zavala, un investigador mexicano propone una interesante clasificación: “minicuentos (clásicos), microrrelatos (modernos) y minificciones (posmodernas)”.

Para simplificar, vamos a hablar de microficciones; su principal característica es la brevedad, aunque relacionada con la exigencia de que el lector complete el sentido de aquello que está leyendo. La elipsis, lo no narrado, es tan importante como lo narrado, de ahí que lo fantástico sea tan afín a este género. Para lograr esta concisión y para provocar el trabajo del lector, los escritores sugieren varios recursos: utilizar personajes o argumentos conocidos, aprovechar el título para adelantar algo del cuento, hacer uso de la ambigüedad y la ironía, recurrir a la intertextualidad.

Con respecto a los límites que impone la brevedad, no hay reglas absolutas. Hay microficciones de una sola oración y otras que ocupan varios renglones. Con la llegada del Twitter, se hizo masiva la escritura de cuentos cortos, y el género tuvo un impulso extra.

La mayoría de los autores que escriben este tipo de narraciones también teorizan sobre ella, y por supuesto, encontramos posiciones opuestas, discusiones, intentos de establecer una poética para un género que le escapa a las clasificaciones inamovibles. Clara Obligado dice: “… el lector debe rematar su efecto, entrar en un proceso delicado de lectura desentrañadora y reiterada. Y resumirlos es sumarles palabras”. Raúl Brasca, por su parte, describe el microrrelato como “una forma muy breve que posee suficiencia narrativa y cuyas principales características son la concisión y la intensidad expresiva”.

Hacer una lista de autores del género sería casi infinita. Desordenadamente, podemos mencionar a Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Ana María Shua, Luisa Valenzuela, Oscar Wilde, Augusto Monterroso, Adolfo Bioy Casares, Marco Denevi, David Lagmanovich… Son muchísimos, y con teoría o sin ella, lo placentero es leerlos y –por qué no– escribirlos.

Julio Cortázar, “Amor 77”

Y después de hacer todo lo que hacen se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

Ana María Shua, “69”

Despiértese, que es tarde, me grita desde la puerta un hombre extraño. Despiértese usted, que buena falta le hace, le contesto yo. Pero el muy obstinado me sigue soñando.

Marco Denevi, “Tú y yo”

Leímos todo cuanto había sido escrito sobre el amor. Pero cuando nos amamos descubrimos que nada había sido escrito sobre nuestro amor.

Augusto Monterroso, “El dinosaurio”

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

David Lagmanovich, “Declaración de desamor”

Crees ser mi poema definitivo, pero sólo eres una errata.

Luisa Valenzuela, “Ese tipo es una mina”

No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.

Jorge Luis Borges, “Un sueño”

En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo), hay una mesa de maderas y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.

Oscar Wilde, “El reflejo”

Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.

–¡Oh! –les respondió el río–. Aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.

–¡Oh! –prosiguieron las flores de los campos–. ¿Cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.

–¿Era hermoso? –preguntó el río.

–¿Y quién mejor que tú para saberlo? –dijeron las flores–. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza…

–Si yo lo amaba –respondió el río–, es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.