#5°Muestra de Cine Español, Crítica de “Con el Viento”, de Meritxel Colell Aparicio

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La película Con el Viento (2018) fue la elegida para la Apertura de la 5° Muestra de Cine Español (Espanoramas) que a lo largo de una semana proyectarán —desde el jueves 21 hasta el miércoles 27— 12 filmes en el emblemático Cine Gaumont.

Con el viento es la ópera prima de la directora española Meritxel Colell Aparicio —egresada de la Universidad de Cine de Buenos Aires— que nos habla desde los sentidos, del sentido del tacto, para ser más precisos. Y aunque no asociemos al viento —omnipresente en todo el film— con este sentido en particular, ese fluir del aire, ya sea en leve brisa o en ráfagas violentas, es lo que nos acaricia en forma tan intensa sobre la piel que no podemos más que sentirnos a su merced, tacto mediante. Claro que el viento no solo es una sensación táctil, también puede traernos aromas del pasado, sonidos ya olvidados y el vértigo de saber que todo se recicla, que produce cambios, que puede arrastrar y arrastrarnos en un eterno vaivén que nunca se detiene o, algunas veces, se detiene en el momento preciso en que tiene que hacerlo, cuando nos damos cuenta de que el cambio se ha producido, cuando ya no es necesario seguir sino quedarnos allí, anclados porque hemos llegado a puerto seguro. Es así cómo el viento pasa a convertirse en una metáfora de nuestra existencia.

Con el viento. No en contra, ni detrás, sino como compañía. De esta manera se maneja Mónica García: con el viento y con la danza como soporte; buscando la levedad del ser en cada giro, en cada movimiento, y en donde la cámara de Colell Aparicio la disecciona de manera contundente y sanguínea. Una suerte de torbellino de imágenes y sonido que parece no tener forma, solo la de retratar la pasión de estar dentro del vértigo de la danza, de los bruscos cambios de movimiento, de las respiraciones entrecortadas, de sentirse ajena al mundo material, de estar, en definitiva, con el viento.

Mónica García no es actriz, es una bailarina en la vida real convocada por la directora para el papel de una bailarina en la ficción. La historia comienza en Buenos Aires. Allí, en medio del caos del tránsito y de las voces porteñas, llega el mensaje de su hermana: su padre, que había estado muy enfermo desde hacía varios años, ha empeorado. Cuando Mónica arriba a su casa paterna —un enclave rural, en la provincia de Burgos, en España— su padre ya ha fallecido. Si bien el recibimiento es cálido, existe una barrera que Mónica deberá tratar de derribar para congraciarse con su hermana en primera instancia y con su madre, luego. Han pasado veinte años desde que se vieron por última vez. Y veinte años es mucho tiempo para cicatrizar en medio de un duelo. Veinte años en donde Mónica estudió, bailó y se hizo de una buena reputación en el ambiente, a pesar de que su padre nunca la vio bailar. Una noticia que asimila entre lágrimas de desconsuelo de labios de su única sobrina, que es la que parece tener mejor relación con ella. Los reproches de su hermana (Ana Fernández) —quién ha tenido una vida más terrenal, con marido y una hija ya adolescente— no tardan en llegar. Mientras ella le recrimina su ausencia, no haber estado con su padre enfermo de Alzheimer y no consolar a su madre que soportaba todo con estoicismo, Mónica se da cuenta de que debe rearmarse para poder rearmar sus vínculos con su propia familia. Un mundo —el de la danza— que había abrazado desde su más tierna infancia, un momento de la vida a la que regresa a través de recuerdos tan presentes en esa casa rural, rodeada de prados, montañas y sembradíos, y que se va a convertir en el terreno propicio para volver a ensamblarse a través de los afectos.

Luego del velorio, su madre decide vender la casa. Es así que solicita ayuda a sus hijas, a su nieta y a su yerno. Quiere dejar todo atrás e irse a vivir a un piso en la capital; más pequeño, más práctico, más funcional. La vida de campo ya no es para ella. Y precisamente cuando su madre quiere dejar todo atrás, Mónica quiere volver a rodearse de su tierra, de la textura de sus árboles, del fuego en la chimenea, de la blandura de la nieve. Es aquí en donde la directora hace especial hincapié: en esos pequeños detalles que abarca todo el plano de la cámara, transformándolos en postales hiperrealistas y contundentes. Como una gran paradoja, cuando su madre decide dejar su pasado, Mónica vuelve a él, como el eterno juego de las oposiciones.

Hay grandes momentos poéticos en la película que conmueven: la danza casi minimalista y tímida de Mónica bajo los copos de nieve, la danza furiosa y provocativa del principio, y la que interpreta dentro del granero de su casa de la infancia. Una danza última que de alguna manera logra unir —a través de la música que se desparrama por los rincones de la estancia— a todos los integrantes de la familia.

Película intimista y cálida en donde los largos planos de la directora —cuando Mónica llora al lado de su sobrina, la partida de cartas entre Mónica y su madre o el viento entre las montañas— logran que seamos partícipes de esa visión en donde el único mensaje es el de la contemplación. Todo lo que ocurre alrededor de la película es el marco, la atmósfera precisa para que esa quietud sea quebrada por Mónica y su danza, que no es otra cosa que el viento arremolinado dentro y fuera de su propio cuerpo.

Otro de los hallazgos de la película de Aparicio es la fotografía de Aurélien Py y Juan Elizalde, con una primera parte en donde el duelo presente y los silencios, parecen mimetizarse en los tonos apagados y ocres de ambientes y vestuario. Luego, con el paso del tiempo —la estadía de Mónica en casa de su madre se extiende durante varios meses a la espera de su venta—, los colores se vuelven más fuertes, más vivos, con más vida.

Una historia sencilla, emotiva y que logra interpelarnos apelando a los mínimos recursos posibles. Una melancolía que no desborda, una pérdida que no deja paso a la fatalidad y una añoranza y homenaje  a esa vida rural, tan propia de España, que se ha ido perdiendo a través del tiempo.