Sobre “Flora no es un canto a la vida”, entrevista a Iair Said

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Reconocido por sus apariciones en cine (en donde se destacan sus roles en Mario on tour y Acá adentro), el actor, guionista y realizador Iair Said acaba de estrenar Flora no es un canto a la vida (2018), documental que retrata el singular vínculo que mantuvo con su tía abuela.

Flora no es un canto a la vida es, según los catálogos, un documental. Sin embargo, la empatía que encuentran Iair Said y Flora, su tía abuela, rememora situaciones vinculadas a la comedia. Y es lógico que así sea. Con un humor no exento de ternura, Said entrega este relato sobre los reencuentros y las miserias familiares. Que uno de los ejes del filme sea el deseo de heredar el departamento de la anciana no hace más que ratificar que estamos frente a una obra cómica que se permite, al mismo tiempo, problematizar con desprejuicio la cuestión ética.

Ezequiel Obregón: En una entrevista dijiste que este sería tu primer y tu último documental, ¿por qué llegaste a esa conclusión?

Iair Said: El último porque me parece que es medio infinito el trabajo del documental. Al menos en este caso, cuando no había una investigación previa, un lugar al que quería llegar. Se fue armando sobre la marcha y podía ser eterna esa búsqueda. Es agotador, porque hasta el día de mañana podría agregarle cosas, ir probando otras. Los documentales tienen eso que no tiene una historia cerrada, al menos este. Se va haciendo sobre la marcha. Puede cambiar la historia mil veces, al igual que los puntos de vista y las hipótesis sobre las cosas. En el documental siempre se pueden abrir capas. Y fue el primero porque empezó siendo una casualidad, un cortometraje. Yo no sabía bien qué hacer; acababa de ganar un premio por el corto 9 vacunas (2012) y me preguntaban con qué seguía. Y no sabía con qué. Y como yo sabía que estaba esta tía abuela dando vueltas dije que la estaba filmando. Volví y la empecé a filmar. En el medio filmé otro corto, Presente imperfecto (2015). Y me gustaba la idea de hacer algo sin especular, sin saber a dónde iba ni cuánto iba a durar. De hecho, estuve siete años filmándolo. Entonces era un desafío personal saber que no iba a estar enceguecido por el éxito que había tenido en los festivales con el cortometraje anterior. Iba a ser fiel al material que yo tenía; no porque con lo otro no lo haya sido, pero lo iba a poder sostener hasta el final al documental. Y llevó el tiempo que tenía que llevar. Cuando está todo muy burocratizado se acorta la búsqueda artística y yo dije ‘esta vez quiero no tener plazos’.

EO: La muerte de Flora, ¿clausuró el ciclo de vida del documental?

IS: La idea, desde el principio, era que yo matara a Flora en la película. Yo sabía que quería que ella muriera, no sabía que iba a morir en la mitad del proceso. Y eso me trajo un montón de otras partes de la película. Al haberse extendido en el tiempo, sucedió que la película tomó otros rumbos, por suerte. Si yo la hubiese terminado hace cinco o seis años no hubiese pasado eso.

EO: Cuando uno la ve, no cuesta tomarla como película de ficción cómica. Pero también entra en juego la cuestión ética y entonces nos surgen otros modos de indagarla, incluso de cuestionarla.

IS: Para mí juega bastante con algo de la ética. La moral y la ética la tendrá el espectador. De hecho, cuando empieza la película hay un cartel que dice que está hecha sin la autorización de la protagonista. Yo no leo el cine como una cosa ética o no ética. No debería serlo para mí; el cine tiene que ser prueba y error. Probar cosas y qué importa la ética, siempre y cuando no le estés faltando el respeto a esa persona. Que es algo que hacen muchos documentales. En el mío no me río de Flora, sino de mí y de mi falta de ética, entre comillas, de mis miserias. Si se habla de la ética respecto a si está bien o no querer heredar un departamento, esa discusión me interesa. Ahora, la ética sobre si está bien filmar o hacer una película a costa de qué, es una discusión que a mí en lo personal no sé cuánto me importa. Creo que acá no me estoy aprovechando del personaje de Flora; mi personaje sí intenta aprovecharse de ella. Pero me gusta más que se cuestione esa ética, no la mía como realizador sino la mía como personaje. Ponerse moralista con el cine me parece un error.

EO: Al mismo tiempo, uno no deja de ver a una anciana reconstruyendo vínculos. Hasta tiene su ternura la película.

IS: Obviamente, y también esa es mi intención. Lo que no está en la película son buena parte de sus miserias, de cosas personales que ella cuenta y que yo creo que la exponían desde un lugar polémico. Porque yo me meto con lo que tiene que ver con mi relación con ella, con mi historia familiar. No hablo ni de ella ni de su casamiento, ni de su vida personal. La visión que queda plasmada de ella es la que yo quise mostrar.

EO: Pienso que en tus cortometrajes, incluso en las películas que no dirigiste, aparece algo del orden de tu corporalidad, de tu decir, que demuestran que hay una impronta humorística que siempre va a estar. Como si fuera por momentos difícil discernir persona de personaje.

IS: Yo siempre trato que tenga mi impronta, mi color y mi sello personal. Por eso me interesa el cine, porque ese es el desafío: tener una voz propia y reconocible.  Y que vos veas algo y que ya entiendas quién lo filma. Para mí eso es hermoso. No me gusta ver películas que me hagan decir ‘esto lo pudo haber dirigido cualquier persona”. Un par de veces me llamaron para dirigir películas que no eran mías, y no me interesó porque siento que no es mi voz. Todos mis trabajos, como actor, realizador o escritor, tienen mi sello. Soy genuino con eso. Trato de ser cercano a mi deseo y a mi manera de ser.

EO: ¿Reconocés influencias en el humor? Ya sea de directores o películas, puntualmente.

IS: La verdad es que no lo tengo muy analizado. Yo no soy un gran cinéfilo, lamentablemente. No lo digo con orgullo. Soy muy vago y hay muchas películas que no vi; no vi Woody Allen, no conozco la Nueva Comedia Americana. Creo que tengo un mix de influencias y me inspiran distintas cosas. Puedo decirte que vi alguna película de Kaurismaki que me gustó mucho. Me gusta Martel, Rejtman. Lady bird la vi ahora y me gustó. De lo que me interesa, tomo algo. Mis películas o lo que escribo tienen que ver con anécdotas chiquitas, nada grandilocuente. Me gustan las películas de Ana Katz, en donde pasan cosas ‘micro’ y me gustan los personajes. Me conmueven las películas de Gastón Solnicki. También me gustó Los Meyerowitz.

EO: Noto que en tus trabajos, tanto en los rubros técnicos como en los elencos, hay gente con mucho oficio, incluso apreciada en grandes producciones. ¿Cómo lográs trabajar con ellos?

IS: Todo es por amor al arte, siempre. Con el beneficio y la suerte de que la mayoría son amigos, gente copada. A veces, amigos de amigos. Gente que uno admira y que te admira. Entonces, cuando te gusta lo que el otro hace lo ayudás a hacer. Me parece que así funciona el cine en donde no hay plata. Si alguien que me gusta lo que hace me llama y no hay plata, lo hago de cabeza. No tiene que ser únicamente un oficio remunerado el cine. Juntarse a hacer cortos para mí es algo hermoso. Hay mucho de intuición; confío en los actores que elijo, no ensayo. Hay mucha confianza con los otros.

EO: Noto que a veces el cortometraje es pensado tan solo como una plataforma para hacer largos, cuando se podría plantear como una carrera en sí.

IS: Creo que eso es un mal de este país. Afuera hay un montón de directores que hacen largometrajes y luego vuelven a hacer cortos. A mí el recorrido de los cortos me encantó, me sirvió mucho. Yo soy director de casualidad, porque caí como actor en un festival de cine. En Cannes. Me hice amigo de la gente del mundo de los cortos y ellos me incentivaron a hacer los míos. Hay mucho para explorar. Si la historia que yo quiero contar dura cuatro minutos, durará cuatro minutos. Sería hermoso que antes de que se proyecte una película se pase un corto de directores argentinos. Debería haber más opciones de ayuda para que se hagan largometrajes. También es importante la distribución, porque sino los cortos mueren. Es un formato lindo para experimentar y conocer nuevos talentos.

EO: ¿Cómo percibís la crisis del sector audiovisual?

IS: Yo dirigí los castings de las películas más grandes de Argentina, como El ángel, Relatos salvajes. Ahora hice uno para Spielberg. Me doy cuenta que antes nos llamaban para más castings, ya no salen tantas películas. Está todo tan desordenado… Para esta película el INCAA jamás me dio un peso. Me presenté para un subsidio de posproducción en mayo pasado y la resolución llegó en diciembre. Tardaron nueve meses y me salió denegado. Hay un criterio cero para todo. Todo queda muy fragmentado y no hay nada que te ayude a fomentar el cine. En general, todo es trabas. Hay muy poco estímulo. Hay un par de cosas relativamente nuevas que son estimulantes, como la Bienal de Arte Joven, pero no hay estímulos para que los directores filmen sus películas. Seguramente pasaron cosas siniestras, como gente que se debe haber quedado con vueltos que no le correspondían, pero por otro lado este es un gobierno al que no le interesa fomentar la cultura cinematográfica ni de ningún otro tipo. Se hace muy difícil entender la vara con la que miden el arte. Hay algunas personas en la Ciudad que tal vez tienen más voluntad, mejores intenciones. Con el INCAA, todo es incertidumbre; desde los despidos hasta los subsidios.

EO: Muchas veces se habla del “humor judío”. Vos, ¿lo percibís? ¿Cuáles serían sus características?

IS: No sé cuál es el humor judío. Seguro debe existir porque me dicen ‘es re judía la película’. Y cuando uno está inmerso en ese mundo no lo ve como algo gracioso. Yo me crié bajo ese tipo de conversaciones, entonces lo normalizo. Se ve que afuera está ubicado en ese marco y debe existir el humor judío, entonces.