Crìtica de Ladrillos Capitales, de Gustavo Laskier

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En la Ciudad de Buenos Aires, a metros de la rotonda donde está emplazada la Fuente de las Nereidas, con un fondo de rascacielos y cerca de la entrada a la reserva ecológica, se levantó la villa Rodrigo Bueno, en los terrenos destinados a la mítica Ciudad deportiva de Boca Juniors. En cuatro manzanas, con los restos de lo que fue el edificio de la AMIA, materiales varios, en un contexto entre lo semiselvático y lo altamente contaminante, un puñado de familias locales e inmigrantes encontró su lugar en la Capital. A metros de las torres, que de a poco fueron creciendo en un auge inmobiliario que le dio la espalda al río una vez más e hizo de esa tierra de (los) nadie (s), un terreno de codicia: los terrenos de la villa pasaron a ser los más caros de la CABA. El relato focaliza en la labor de Luis, peruano, delegado barrial elegido por los vecinos, y su lucha por lograr la urbanización. Esto llevará al director a seguir este proceso en reuniones, visitas a la Legislatura Porteña, propuestas del Gobierno de la Ciudad y de los asesores del barrio y los testimonios de los habitantes de ese lugar que quiere ser barrio. La película, su producción y la vida de los vecinos, se verá modificada por un cambio en la postura del GCBA, que finalmente enviará a su máximo responsable al lugar. Una secuencia con una vendedora de empanadas, recordará con cierta amargura una similar en Esperando la Carroza. La ironía está presente, así como el montaje ágil e intencionado, y hasta la poesía como en la procesión por Puerto Madero, mientras llueven pétalos de flores y los vecinos de la torres observan desde los balcones. Estos recursos narrativos, administrados a lo largo del relato, hacen que se vaya construyendo el desarrollo de la película, sin decaer en su interés o en el exceso de parlamentos, un riesgo habitual en este tipo de material.

Laskier, es también el autor de Colegiales, Asamblea popular (2006), otro documental en el que dejaba testimonio de un fenómeno, su crecimiento, auge y desaparición, teniendo como centro los traumáticos días de diciembre de 2001. En ese largo, mostraba como los vecinos decidían tomar la iniciativa ante un Estado en crisis que no aportaba soluciones.

En Ladrillos… registrada a lo largo de la última media década, también muestra un recorrido vital, en el que los vecinos de la Ciudad -unos vecinos invisibilizados muchas veces, al punto de no ser considerados como tales- luchan por sus derechos. En este caso, se trata de uno esencial: el acceso a una vivienda.