Nosotros, los lectores y las lectoras

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¿Qué sería de los escritores sin nosotros, los lectores y las lectoras? La literatura es palabra lanzada para que alguien la reciba del otro lado. Tan importante es la lectura que hay mucho escrito sobre ella, y casi no hay autor que no haya reflexionado sobre los lectores o sobre la importancia del acto de leer en su vida.

La lectura amplía nuestros horizontes de experiencias y de saberes, como decía Miguel de Cervantes: “El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”; nos regala una pausa, un rato para estar con nosotros mismos, según Thomas De Kempis: “He buscado el sosiego en todas partes, y sólo lo he encontrado sentado en un rincón apartado, con un libro en las manos”; y nos define, en palabras de Jorge Luis Borges: “Uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”.

Los lectores y las lectoras, además, gozamos de ciertos privilegios, porque leer debería ser siempre un placer. El mismo Borges aconsejaba a sus alumnos que solo leyeran si les agradaban los textos: “…y si no les agradan, déjenlos, ya que la idea de la lectura obligatoria es una idea absurda, tanto valdría hablar de felicidad obligatoria”. En esta línea, Daniel Pennac elaboró un decálogo del lector, en el que prevalece ese disfrute: “1) El derecho a no leer; 2) El derecho a saltarnos páginas; 3) El derecho a no terminar un libro; 4) El derecho a releer; 5) El derecho a leer cualquier cosa; 6) El derecho al bovarismo; 7) El derecho a leer en cualquier sitio; 8) El derecho a hojear; 9) El derecho a leer en voz alta; 10) El derecho a callarnos”.

Porque leer nos apasiona (tanto como escribir), compartimos fragmentos de cuatro autores que saben mucho sobre la lectura y los lectores: Daniel Pennac, Christian Vandendorpe, Umberto Eco y Alberto Manguel. Los cuatro coinciden en el papel activo del lector que se apropia del texto y lo resignifica, y que hace de la lectura uno de los momentos más íntimos y gozosos, en cada caso diferente a otros.

Daniel Pennac, Como una novela

«¿De dónde sacar tiempo para leer? Grave problema. Que no lo es. […] El tiempo para leer siempre es tiempo robado. (Al igual que el tiempo para escribir, por otra parte, o el tiempo para amar). ¿Robado a qué? Digamos que al deber de vivir. […] El tiempo para leer, igual que el tiempo para amar, dilata el tiempo de vivir. […] Yo jamás he tenido tiempo para leer, pero nada, jamás, ha podido impedirme que acabara una novela que amaba. La lectura depende de la organización del tiempo social, es, como el amor, una manera de ser. El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nadie, además, me dará), sino en si me regalo o no la dicha de ser lector».

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«Basta una condición para esta reconciliación con la lectura: no pedir nada a cambio. Absolutamente nada. No alzar ninguna muralla de conocimientos preliminares alrededor del libro. No plantear la más mínima pregunta. No encargar el más mínimo trabajo. No añadir ni una palabra a las de las páginas leídas. Ni juicio de valor, ni explicación de vocabulario, ni análisis de texto, ni indicación biográfica… Prohibirse por completo “hablar de”. Lectura-regalo. Leer y esperar. Una curiosidad no se fuerza, se despierta. Leer, leer, y confiar en los ojos que se abren, en las caras que se alegran, en la pregunta que nacerá y que arrastrará otra pregunta».

Christian Vandendorpe, Del papiro al hipertexto

«El término “leer” tiene su origen en el latín legere, que significa “recoger”. Metafóricamente, la operación de lectura está además asociada a la acción de espigar en la superficie de un campo. Esta concepción de lectura explica su resultado: el lector junta, reúne, recoge… ¿Qué? Materiales que lo entretienen o que lo tornan más sabio, más erudito, porque la lectura es también un modo de asimilar el saber de otro. La actividad del lector varía, por supuesto, según la naturaleza del texto leído. Se examina un contrato, se devora una novela, se recorre una revista o se hojea un diario.

El trabajo de lectura también se compara a menudo con el modo en que la abeja liba, se apropia del polen y lo transforma en miel. Pero la noción de apropiación del saber por la lectura puede tomar formas menos pacíficas. Así, para Válery, la lectura es una operación de fuerza por la cual se extrae en dos horas la poca sustancia de un libro, de modo de no dejar más que un cadáver exangüe: “Un hombre de valor (en cuanto al espíritu) es en mi opinión un hombre que ha matado sobre él un millar de libros, y que leyendo, en dos horas, bebe solamente lo poco que yerra en tantas páginas. Leer es una operación militar”».

Umberto Eco, Lector in fabula

«Así, pues, el texto está plagado de espacios en blanco, de intersticios que hay que rellenar; quien lo emitió preveía que se los rellenaría y los dejó en blanco por dos razones. Ante todo, porque un texto es un mecanismo perezoso (o económico) que vive de la plusvalía de sentido que el destinatario introduce en él y sólo en casos de extrema pedantería, de extrema preocupación didáctica o de extrema represión el texto se complica con redundancias y especificaciones ulteriores (hasta el extremo de violar las reglas normales de conversación). En segundo lugar, porque, a medida que pasa dela función didáctica a la estética, un texto quiere dejar al lector la iniciativa interpretativa, aunque normalmente desea ser interpretado con un margen suficiente de univocidad. Un texto quiere que alguien lo ayude a funcionar. Naturalmente, no intentamos elaborar aquí una tipología de los textos en función de su “pereza” o del grado de libertad que ofrece (libertad que en otra parte hemos definido como “apertura”). De esto hablaremos más adelante. Pero debemos decir ya que un texto postula a su destinatario como condición indispensable no sólo de su propia capacidad comunicativa concreta, sino también de la propia potencialidad significativa. En otras palabras un texto se emite para que alguien lo actualice; incluso cuando no se espera (o no se desea) que ese alguien exista concreta y empíricamente».

Alberto Manguel, “Elogio de la lectura”

«El placer de la lectura, que es fundamento de toda nuestra historia literaria, se muestra variado y múltiple. Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de lectura sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera.

Para ciertos lectores, el placer de la lectura es uno de intimidad. Ese espacio amoroso que un lector crea con su libro no admite otra presencia. El niño que lee bajo la manta a la luz de una linterna cuando se le ha ordenado dormir, el adolescente acurrucado en el sillón para quien el único tiempo que transcurre es el del cuento que está leyendo, el adulto aislado de sus congéneres en un atiborrado vagón de tren o en un bullicioso café, encuentra su placer en un mundo creado sólo para él. Proust volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj, todos objetos, nos dice, “muy respetuosos de la lectura”, que “hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente”. Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con sólo decir “así no puede estar cómodo. ¿Y si le traigo una mesita?”, lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detrás de los labios y a responder, “No, gracias”, con lo cual el encanto quedaba roto. El placer de la lectura no admite terceros».

Portada: Alexandr Deineka, Muchacha con un libro