Crítica de “La traducción”, de Pablo De Santis: el arte de leer la realidad

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Los lectores nos debatimos entre leer a los clásicos, conocer nuevos autores, o ir en busca de los recomendados de amigos o conocidos. La traducción de Pablo De Santis entra en el último grupo, una de las tantas recomendaciones que me hicieron hace un tiempo, y la verdad agradezco haberla seguido. Es una historia que combina una trama policial con una muy interesante reflexión acerca del lenguaje.

¿Qué tienen en común un traductor y un detective? Ambos buscan descifrar algo dado de antemano, algo que ofrece una cuota de misterio y que debe ser convertido en un código entendible para todos. En esta novela, hay una serie de asesinatos en un lugar inhóspito de la costa argentina: Puerto Esfinge. Allí se celebra un Congreso de traductores que excede los objetivos para los que fue organizado. El protagonista, Miguel De Blast, repentinamente se ve envuelto en una historia en la que se mezclan el crimen, lo esotérico y las alusiones literarias.

Lo atrapante de este texto es cómo va trabajando el suspenso dado por un cambio de perspectiva: el Congreso y las diferentes ponencias van pasando a un segundo plano mientras aumenta la intriga policial con todos sus ingredientes, la investigación, los sospechosos, la búsqueda de los móviles, en medio de un paisaje que también ofrece sus propios enigmas. La acción transcurre en un hotel que nunca terminó de construirse, en un pueblo poco transitado y con demasiados secretos. Todos los personajes, además, ocultan algo que el lector tendrá que ir descubriendo y relacionando con los asesinatos. Sin embargo, como dice el protagonista, lo que ocurrió en Puerto Esfinge es semejante a un jarrón roto: quien haya intentado pegar sus partes, “sabe que, por más minucioso que sea su empeño, hay fragmentos que nunca aparecen”. De Santis demuestra que es muy hábil como narrador en esto de crear pistas falsas y me recordó lo que dice Jorge Luis Borges sobre Las ratas, de José Bianco: un libro que recuerda “que hay un lector: un hombre silencioso cuya atención conviene retener, cuyas previsiones hay que frustrar, delicadamente, cuyas reacciones hay que gobernar y que presentir, cuya amistad es necesaria, cuya complicidad es preciosa”.

En lo que respecta a la reflexión acerca del lenguaje, la profesión del traductor da pie para que los personajes argumenten acerca de qué significa traducir un texto y de cómo esa labor influye en aquel que la lleva a cabo. La búsqueda del término preciso nos pone frente a seres por lo general obsesivos, observadores, meticulosos, no muy diferentes de los escritores: “El trabajo del traductor está hecho de vacilaciones, igual que el trabajo del escritor. El escritor también traduce y duda y quiere encontrar el término preciso que corresponda a la idea; también sabe, como el traductor, que es su propia lengua la que se convierte en inmanejable jerga extranjera. El escritor se traduce a sí mismo como si fuera otro, el traductor escribe al otro como si fuera él mismo”. El lenguaje también está dado al lector como un acertijo, y en ese sentido, operan los títulos de las últimas dos partes de la novela: “Arlevein” y “Aqueronte” que irán desenrollando múltiples significados.

“Hay una sensación (…), menos frecuente o más escondida, que llaman jamais vu: sentir que algo cotidiano es nuevo, que nunca antes se ha conocido esa experiencia”, dice Miguel, y es lo que sentimos los lectores al leer este policial que está claramente inscripto en el género, pero con una cuota de originalidad que hace que nos parezca que nunca hubiéramos leído uno.

La traducción, Pablo De Santis, Planeta, 1998, 183 págs.