Crítica de “Magdalufi”, de Verónica Sánchez Viamonte: entre el testimonio y la ficción

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¿Dónde termina el testimonio y empieza la ficción? Magdalufi camina entre el contar y el no contar, y busca revelar “la trama sutil en que se entretejen lo personal y lo colectivo, el carácter elusivo de aquello que se quiere nombrar y definir, en definitiva, la posibilidad y la imposibilidad de la transmisión, de dar cuenta de la (propia) experiencia”, como afirma Leonor Arfuch al analizar los relatos autobiográficos.

Verónica Sánchez Viamonte narra su vida como hija de desaparecidos a través de imágenes que van desde su nacimiento a la adultez con su hija; en el medio, aparecen los juegos infantiles, la relación con su hermana, la escuela. Todo se cuenta fragmentariamente y sin seguir un orden cronológico, como sucede siempre con los recuerdos que se nos van apareciendo en forma desordenada. Una foto, una carta, una filmación familiar permiten el salto al pasado, pero siempre dejando cabos sueltos porque nunca nos acordamos de todo: “Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizá esté bien así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante deberíamos dejar de comprender nuestra nostalgia”, dice Walter Benjamin al referirse a la infancia como tema de la literatura.

A pesar de lo fragmentario –acompañado de fotos que reproducen ese mosaico de imágenes edificadas por la palabra–, la novela tiene un hilo conductor que se asienta en una mirada amorosa sobre todo lo que se cuenta. En esa mirada sobresale el recuerdo de los padres, tan lejano que obliga a reconstruir aquello de lo que no se tiene registro para evitar que se transformen en olvido. En este sentido, es de una gran ternura la descripción del nacimiento de la protagonista como si ella pudiera relatar cada uno de los detalles. También hay una relación afectiva muy fuerte con los abuelos que crían a las dos hermanas, y en especial con ese abuelo que inventa un juego en el que los guerreros magdalufis deben recuperar las tierras que les quitan, metáfora de la pérdida que sobrevuela todo el texto.

En cuanto a la temporalidad, la autora solo menciona un año, 1973, y después trabaja con indicios que dan cuenta de la época de manera indirecta: los australes y los pesos argentinos, la colonia Coqueterías, el muñeco Mundialito, el programa de Benny Hill o la serie Dinastía nos van guiando para que nosotros, los lectores, vayamos armando la cronología.

Lo que hace este libro más disfrutable es también su narración intimista, como si todo se contara al oído, en voz baja. A esto se suma, un lenguaje que es de una simpleza absoluta y que rescata la percepción infantil, en especial a través de las comparaciones: los rulos de Celi, la hermana de la protagonista, se “levantaban erizados como si fueran un embrollo de hilos de coser”; el calor “se pegaba en la piel como una babosa, por mencionar solo dos ejemplos. Finalmente, las descripciones también están muy bien logradas y trabajan a partir de una selección de elementos significativos que poseen una gran carga emotiva: “Mi papá tenía una expresión dura en el rostro, lo vi a través del vidrio empañado desde lo alto del segundo piso del colectivo. Tal vez me estaba mirando, yo creo que no. Sus brazos escondían las manos en los bolsillos, la cabeza firme con un gesto hacia arriba”.

“No se preocupen, va a salir todo bien” se lee en una carta que la madre envía a los abuelos cuando tiene que dejar a sus hijas, y en esa frase se cifra el amor como la única manera en la que los personajes pueden sobrellevar el dolor y rescatar del olvido a aquellos que ya no están.

Magdalufi, Verónica Sánchez Viamonte, Estructura Mental a las Estrellas, 2018, 152 págs.