Crítica de “Las brigadas”, de Ariel Luppino

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Con reminiscencias de “El matadero”, Ariel Luppino crea una historia donde la violencia se transforma en una cotidianeidad terrible, abyecta y revulsiva. Las brigadas comienza con una escena en la que un grupo de hombres tiene que pelar ratas, “sacar la piel, trocear la carne, desmembrar las vísceras, hundir el cuchillo, la sangre calentita entre los dedos…”, muy parecido al carnicero del libro de Echeverría que “descuartizaba a golpe de hacha, colgaba en otros los cuartos en los ganchos de su carreta, despellejaba en éste, sacaba el sebo en aquel”.

La novela de Luppino es una distopía con una Buenos Aires asolada por una enfermedad con síntomas variados, desde manchas a problemas con el lenguaje, y controlada por una brigada que se encarga de velar por la “salud” de la población y cuyos métodos de tortura nos recuerdan la época de la dictadura. Abundan las descripciones de sesiones en las que hay golpes, picanas, violaciones, con detalles que llevan a Gabriela Cabezón Cámara a comparar a Luppino con Osvaldo Lamborghini. Lo que también se ve en esta novela es una degradación en todos los personajes; no hay ninguno con el que el lector pueda sentir una identificación. El narrador, ella, el Capitán y el Milico son parte del engranaje de la violencia, son víctimas y victimarios que responden a un poder superior que tarde o temprano los va a aniquilar.

Otra de las características de Las brigadas es su humor corrosivo, ese que provoca una mueca más cercana al asco que a la sonrisa. Ese humor se evidencia, por ejemplo, cuando el Milico quiere preparar una nueva invasión a Malvinas o cuando lleva una función de títeres para los presos. En ambos sucesos, además, opera la parodia que invierte los valores y que remite a un metatexto: la historia y la verdadera Guerra de Malvinas; y la función de teatro incluida en Hamlet de William Shakespeare, porque lo que los presos están viendo es una representación de lo que les puede ocurrir a ellos.

Siguiendo con la parodia, el narrador también escribe y realiza su propia poética contra la escritura –ni más ni menos– de Juan José Saer, uno de los autores “sagrados” de la literatura argentina. En esa poética, critica el exceso de detalles superfluos de sus novelas siempre en un registro humorístico e irónico: “Qué gran verdad: uno, nunca, nada. Una frase casi saeriana, pero sin tanto palabrerío”; además, se pone “a escribir un decálogo contra los hijos tontos de Saer, los escritores pueblerinos” y le lee a su compañera “cuentos de Onetti, Fogwill, Laiseca, ¡nada de Saer!”. Sin embargo, también desliza algunas afirmaciones que remiten indirectamente al escritor santafesino mostrando que conoce muy bien su estilo y sus reflexiones sobre la relación entre ficción y verdad. El narrador disfruta las oraciones subordinadas del Milico “que se anudan como una soga de marinero” –lo que recuerda la sintaxis saeriana– y afirma que “la verdad es una forma de la ficción”, en un juego de palabras que remite al autor de Glosa.

Las brigadas es la primera novela de Ariel Luppino, un autor de Montegrande que se juega por un texto muy duro, que incomoda en cada línea, pero que no deja de mostrar a un escritor que conoce los resortes que se mueven detrás de una buena narración.

Las brigadas, Ariel Luppino, Club Hen Editores, 2017, 174 págs.