Crítica de Un cine en concreto, de Luz Ruciello

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El cierre de los cines, la desaparición de las salas en los pueblos alejados de las grandes ciudades, su transformación en grandes almacenes o templos evangélicos no es un fenómeno solo argentino. Hace dos años habíamos visto en el FIDBA 66 Kinos un documental alemán extraordinario sobre las 66 pantallas de los 66 cines que resisten a esa depredación, a esa falta de interés. Si pasa en Alemania, cómo no va a pasar en Argentina, es lógico pensar.

Luz Ruciello egresada de Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires, radicada en Barcelona, encontró en Villa Elisa, Entre Ríos, un personaje fuera de serie: Omar Bocard, un entrerriano nacido campo adentro que un día descubrió en las revistas de espectáculos que había algo que se llamaba farándula, y que esa gente hacia películas. Palito Ortega es el ídolo de este albañil, sencillo y trabajador que empleó 168 domingos para construir con sus propias manos un cine sobre su casa, sí, sobre su casa. Ruciello lo filmó durante 18 años, entre el 2000 cuando inaugura la sala, hasta el 2010 cuando cumple 10 años. Algunos registros actuales sirven a modo de dramatización y están bien, se intercala el trabajo con la pala,el balde con cemento y los ladrillos para recrea el peso de la construcción de las paredes, vigas y techo.

No solo el personaje es fuera de serie, la situación también es extraordinaria: ese cine “doméstico”, con butacas donadas del cine Mitre de Villa Ellisa, un proyector que le regala un cura que solía hacer cine ambulante, unos pizarrones con tiza anunciando las funciones del día, unos volantes distribuidos por él mismo de puerta en puerta, tiene la singularidad de lo único.

La película de Ruciello exalta la empresa personal. La quijotesca empresa de este Fitzcarraldo que carga sobre sus hombros (y sus ahorros) la construcción de algo que parece un imposible. El público responde? Esa sala pequeña y humilde, se llena? A ese público le interesa por Locos sueltos en el ZooKung Fu Panda o Legally Blonde? Omar siempre saldrá a vender sus funciones como las películas más lindas y más interesantes del mudno. Un viaje a Buenos Aires a la zona de los cines y una visita a la Sala Lugones le da a Omar la suficiente perspectiva como para entender que lo suyo cada vez es más difícil, pero no imposible.

Hay un momento que me gusta mucho. Omar prepara en silencio la sala antes de abrir las puertas, la mesa con mantel negro y paquetitos de golosinas, se sienta sobre esa mesa lo que dura un microsegundo en que no se sabé qué pasará, su figura se recorta sobre la pared de ladrillo. La foto es usada en el cartel de promoción y en la foto de esta nota: resume esa idea, ese momento crucial para el cual todo fue hecho.

El documental está muy bien, en los primeros minutos los bancos de una iglesia y la luz que viene de las ventanas trasmuta en una sala oscura de la que sale una luz radiante. En qué se diferencia una iglesia de una sala de cine? Son dos edificios concretos en donde suceden cosas sagradas. Inmediatamente después, Omar sale con su auto a repartir volantes con los horarios de sus funciones. La cámara lo sigue, y a lo largo de todo el relato será así, lo observacional deja lugar a algunas intervenciones de la directora que marcará qué hacer en algunas situaciones. En el negocio de zapatillas actúa con naturalidad; su voz en off irá contando sobre los géneros del cine que le gustan, las ideas que lo mueven, su infancia, sus ídolos, su admiración por esa pantalla gigante de 8 m de ancho del Teatro Mitre de Villa Elisa donde vio por primera vez “una pelicula gauchesca, algo asi como Pampa Bárbara: era espectacular, a la semana siguiente había que volver”.

Un cine en concreto se ocupa de lo micro, de lo otro, de lo que sobrevuela, la falta de políticas culturales para proteger esas microfísicas deberían ocuparse otros.