Crítica de El Vicepresidente: más allá del poder, de Adam McKay

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Tal vez pueda escapársele al espectador argentino algunos detalles de la trama política de esta película, décima de Adam McKay que se instala en el centro del poder estadounidense. Pasaba algo similar con su opus The big short (La gran apuesta) que describía, desde dentro, la crisis financiera de 2008, (hoy puede verse por Netflix); cine de diálogos, de estrategias políticas, de intrigas de corte. En el balance de ambas películas hay una hipótesis bastante clara, parte de la responsabilidad de los males del mundo lo tiene la ambición y el manejo del poder de los EEUU. Esto viniendo de un estadounidense no es poca cosa. Adam McKay es crítico, muy crítico, y muy atendible este guión que es propio, basado libremente (hicimos lo mejor que pudimos se puede leer en los titulos del comienzo) en una figura de las más poderosas de la tierra, Dick Cheney, vicepresidente de George W. Bush.

Pese a lo de que puede ser algo críptica por momentos, el comienzo de la película es en cambio un imán para un tipo de espectador universal. ¿A quién no le interesa conocer qué pasaba en los lugares de decisión en ese traumático momento posterior a los primeros ataques de las Torres Gemelas, aquel fatídico 11 de setiembre de 2001? Sentados a la mesa, el Vicepresidente de EEUU, el jefe de gabinete, y los altos estamentos del poder. La motivación principal en la película de Cheney es entender cómo ese hombre que pocos conocían fue el que tomó las grandes decisiones en un período histórico conmocionante. El modo en que se desarrolla el hilo de intereses de los EEUU sobre el mapa petrolero de Irak, y cómo todo eso fue una gran oportunidad para que se produzca finalmente la invasión a ese país del Cercano Oriente, y el comienzo de una larga guerra. Hoy, los argumentos sobre el armamento nuclear de Irak puede sonar naif, la aparición de nombres como Osama Bin Laden o el de los fundadores de Isis, se explican a través de ese mismo hilo de intereres y ponen luz sobre la continuidad de las ideas republicanas del gobierno de Bush (parodiado y desdibujado en Vice) y las de la actual gestión en el país del norte. La teoría del Ejecutivo unitario es una de las claves para entender esa continuidad.

A nivel cinematográfico la propuesta de McKay es un experimento al menos curioso. Una voz en over irá poniendo jalones sobre lo que debería conocer y pensar el espectador. Se trata de una voz narradora que reconoce que en algún momento su vida y la de Cheney (una transformación corporal de Christian Bale notable) se cruzan inevitablemente, cosa que es de lo mejor de Vice: que nunca pierda el rumbo de esa narración. El uso desenfadado de inserts de youtube e intervenciones que irrumpen en la imagen, sirven a su vez para desarrollar las tesis de la película: no vemos las fuerzas masivas porque estamos muy ocupados con lo que está frente nuestro, la cultura del espectáculo aísla de los problemas políticos, con mas horas de trabajo y menos paga, las preocupaciones del ciudadano de hoy pasan por otras cuestiones. No se entiende muy bien cómo el perdedor, alcohólico que está a punto de perder a su mujer de pronto a parece como pasante en el Congreso de Washington, quizás es el bache que el guión se permite para reconocer aquello que se oculta de esta biografía no autorizada. A partir de ahí la carrera de Cheney hacia el poder es meteórica y logra justificar lo que ocurre luego.

Vice no es una película brillante, sus actuaciones son para premios grandes, exageradas, maquilladas, rimbombantes, tiene algunas desconexiones (hasta un falso final) pero en el contexto actual de la avanzada sobre la democracia venezolana, Vice es una obra que puede tener un valor histórico mucho más profundo que el de ser una película de intriga más. No es House of Cards, es casi casi el mundo real.