Amor-guerra: una metáfora de larga tradición

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“En el amor y en la guerra todo vale”, dice el refrán popular que recoge todo un campo semántico en común entre ambos: en los dos hay una “batalla”, un campo de batalla y “contrincantes”; puede haber una lucha cuerpo a cuerpo y daños colaterales; se gana o se pierde. Más allá del refrán, equiparar el amor con la guerra es una metáfora que tiene una larga tradición que se remonta a los antiguos griegos.

La metáfora no es solo un recurso literario, sino un procedimiento que usamos en la lengua de todos los días, a través de las llamadas metáforas lexicalizadas. Los lingüistas George Lakoff y Mark Johnson (1980) establecieron que es un proceso natural y cotidiano gracias al cual podemos conceptualizar aquellas realidades abstractas que, de otra manera, serían difíciles de expresar. Si nos remitimos a los griegos, el amor-guerra ya aparece en la Ilíada de Homero. Allí se habla del amor como dominación y lucha: frente al sentimiento del amor, los mortales nos sentimos avasallados (también los inmortales en la concepción griega: basta recordar la cantidad de mitos que nos cuentan sobre los amores de los dioses y las diosas del Olimpo). No olvidemos, además, que en el mito de Eros/Cupido está la idea del amor como una herida, ya que el dios lanza flechas de dos especies: unas tenían punta de oro, para conceder el amor, mientras que otras la tenían de plomo, para sembrar el olvido y la ingratitud en los corazones. Es fácil hacer un paralelismo con las batallas que se realizaban con arcos y flechas que provocaban heridas o causaban la muerte.

Otro poeta griego, Teognis, posterior a Homero, vuelve sobre las metáforas de su antecesor, pero, además, agrega la conceptualización del amor como persecución/caza; en uno de los mitos griegos más conocidos, también se narra la persecución amorosa de Apolo a Dafne, relato que termina con la transformación de la ninfa en árbol. En toda guerra se identifica al enemigo y, si es necesario, se lo persigue para cazarlo/vencerlo, lo que a veces también sucede en el amor, como se lee –salteándonos varios siglos– en la poesía mística de Santa Teresa de Jesús: “Cuando el dulce cazador / me tiró y dejó rendida, / en los brazos del amor / mi alma quedó caída”. Y, en ocasiones, caer en los brazos del amor equivale también  a “morir de amor” –otra expresión metafórica que remite a la batalla–, como le decía Garcilaso de la Vega a su amada: “por vos nací, por vos tengo la vida / por vos he de morir y por vos muero”.

Francesco Petrarca resumía el estado amoroso en esta frase; “No tengo paz ni puedo hacer la guerra”; Napoleón Bonaparte, por su parte, afirmaba que en la guerra y en el amor, es necesario verse de cerca; para Jacinto Benavente, escritor español, el amor se parece a la guerra, pero la diferencia es que en el amor siempre se gana; Alain Badiou, filósofo francés, dice que, así como no existe la guerra con cero muertos, tampoco existe el amor con cero riesgos…, y podríamos seguir con las citas. Lo importante es que el amor como guerra nos permite pensar cuán relevantes son las metáforas en nuestra vida cotidiana, tanto que algunos estudiosos postulan que todo lenguaje es metafórico por esencia, aunque los hablantes no siempre seamos conscientes de eso.

Cerramos con “Tristes guerras”, uno de los mejores poemas de José Hernández, que nos viene a decir que las única lucha posible es la que involucra al amor: “Tristes guerras / si no es amor la empresa. // Tristes. Tristes. // Tristes armas / si no son las palabras. //  Tristes.  Tristes. // Tristes hombres / si no mueren de amores. // Tristes. Tristes”.

Portada: Apolo persiguiendo a Dafne, Giovanni Battista Tiépolo