Crítica de “Nunca terminamos de conocernos”, de Silvia Itkin

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Nunca terminamos de conocernos es el primer libro de cuentos de Silvia Itkin, periodista, editora y escritora. Estas nueve historias recuerdan al Raymond Carver de “Vecinos”, por ejemplo, donde la cotidianeidad deja entrever la densidad de los conflictos de los personajes. En la autora argentina, los vínculos –hermanos, tíos, padres, amigos, parejas– muestran su lado complejo, y así los protagonistas transitan sus vidas en medio de los espejismos que implican relacionarse con el otro, pero también estar bien con uno mismo. De ahí los dos epígrafes que abren el libro que relacionan el amor con la imposibilidad.

Hablábamos de los vínculos y su relación con los temas que abordan los cuentos: no solo está el amor –o mejor, quizás, el desamor–, sino también la muerte, la soledad, el deseo de huir, el sentimiento de no pertenecer. Es por esto que en muchos de los relatos aparece motivo del viaje a un lugar lejano o como simple traslado de un espacio a otro cercano, un viaje que necesariamente es una búsqueda de aquello que nunca termina de encontrarse del todo. Viajar también puede ser escapar, aunque hay muchas maneras de hacerlo: la droga es también una huida, el sueño, el recuerdo; la cuestión es intentar una manera de soportar la vida misma. Sin embargo, si la vida no es todo lo que queremos, no por eso los personajes gritan, reclaman o lloran; todo lo contrario: soportan en silencio o en un tono uniforme, sin estridencias. Y cuando dialogan, pareciera que en cualquier momento van a estallar, pero nunca lo hacen. Siempre, como dice el refrán “la procesión va por dentro”.

Lo que hace más cotidianos estos cuentos es que se presentan como recortes: comienzan en medio de algo y nunca tienen un final conclusivo. Imaginamos lo que pudo haber antes de cada historia y lo que vendrá después, como si nada de lo que allí ocurre tuviera una solución definitiva. Esa cotidianeidad que mencionamos nos acerca a estos protagonistas, muchos de los cuales narran en primera persona, porque contar es casi lo único que pueden hacer para intentar exorcizar lo que los pone en peligro. No solo se cuentan historias, sino que también se narran sueños o se relatan recuerdos, aunque el silencio es uno de los motivos que se repiten. La afirmación del título “nunca terminamos de conocernos” tiene que ver con ese silencio que existe entre el otro y yo, un silencio que es el límite para relacionarse.

En cuanto al estilo de Silvia Itkin, hay una verdadera comunión entre fondo y forma. Su lenguaje es despojado; nada desentona, nada está fuera de lugar, cada palabra ocupa el lugar necesario, como si su prosa estuviera trabajada a la manera de la poesía. Es para destacar, en este sentido, el uso de la comparación, donde también se verifica ese propósito de no levantar la voz, como dice Inés Fernández Moreno en la contratapa. Basten como ejemplos las siguientes, en las que el lector se ve sorprendido por el segundo término de la comparación: “Todo transcurre alrededor con el tiempo laxo, distendido, resbaloso como la cubierta de una torta en tonos pastel. La vida es un bizcochuelo esponjoso”; “El tiempo me cayó encima como un placard desbordado”;  “Carlos me miró con esos ojos claros e inexpresivos como bolitas de plástico”.

Como primer volumen de cuentos, Nunca terminamos de conocernos es un producto donde se nota mucho trabajo de escritura y de reescritura. Como dice la misma autora: “Me gustaría tener para la vida la misma disposición que tengo para la escritura: mucha paciencia, tolerancia al desorden, interés por el sinsentido, disfrute con la incertidumbre, curiosidad por los pedacitos de cosas que ni siquiera puedo imaginar qué son”.

Nunca terminamos de conocernos, Silvia Itkin, La Parte Maldita, 2018, 118 págs.