“Berenice”, “Morella”, “Ligeia” y “Eleonora”: cuatro mujeres en los cuentos de Edgar Allan Poe

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Un tema recurrente en los relatos y en los poemas de Edgar Allan Poe es la muerte de una mujer joven y bella. En “Filosofía de la composición” (1846), refiriéndose a su poema “El cuervo”, explica esa asociación mujer/juventud/belleza/muerte: “Cuando está más estrechamente aliado a la Belleza; la muerte, pues, de una hermosa mujer es incuestionable el tema más poético del mundo; e igualmente está fuera de toda duda que los labios más adecuados para expresar ese tema son los del amante que ha perdido a su amada”. En otro de sus poemas, “Annabel Lee” (1849), el enamorado se recuesta al lado de la amada muerta “en su sepulcro allí junto al mar / en su tumba junto al ruidoso mar”.

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En relación con los cuentos, en “Berenice”, “Morella”, “Ligeia”  y “Eleonora”, la muerte, el amor y la belleza vuelven a entrelazarse en medio de descripciones netamente góticas, de tal manera que para nosotros, los lectores, esos conceptos se tornan inseparables. No olvidemos, además, que detrás de estos relatos se encuentra la concepción romántica de la mujer como ángel o demonio.

Estas cuatro mujeres del universo femenino de Poe, en consecuencia, son angelicales y siniestras, hermosas, especiales, provocadoras de los sentimientos más sublimes y de los más terribles en el alma de los hombres que tienen el destino inexorable de amarlas. Vale la pena leer los cuentos que las evocan: son personajes riquísimos; son las que determinan la atmósfera extraña, con toques de perversidad y de locura, que recorre todas las historias.

“Berenice” (1835), al parecer, está basado en hechos reales que ocurrieron en Baltimore en 1833. La enfermedad de la mujer y la obsesión del protagonista por sus dientes dan lugar a un relato oscuro y atormentado. Así comienza este clásico: “Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia (…) Entretanto, mi propia enfermedad –pues me han dicho que no debo darle otro nombre–, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria …”.

Uno de los temas de “Morella” (1835) es la mentempsicosis –antigua doctrina griega que sostiene el traspaso de ciertos elementos psíquicos de un cuerpo a otro después de la muerte–. Aquí, la esposa muerta ejerce tal dominio sobre el marido que seguirá viva a través de su hija, quien crece sin nombre y va adquiriendo los rasgos de la siniestra personalidad de su madre: “Y a medida que pasaban los años y yo contemplaba día tras día su rostro puro, suave, elocuente, y vigilaba la maduración de sus formas, día tras día iba descubriendo nuevos puntos de semejanza entre la niña y su madre, la melancólica, la muerta. Y por instantes se espesaban esas sombras de parecido y su aspecto era más pleno, más definido, más perturbador y más espantosamente terrible”.

“Ligeia” (1838) era el relato preferido de Poe y es considerado uno de sus mejores cuentos. También aquí vuelve el tema recurrente de la reencarnación que, en este caso, tiene como protagonistas a la propia Ligeia de “cabellos, como ala de cuervo, lustrosos, exuberantes y naturalmente rizados” y a su sucesora “Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules”. En el medio de ambas, el hombre siempre torturado: “Entre esos muros, en esa cámara nupcial, pasé con Rowena de Tremaine las impías horas del primer mes de nuestro matrimonio, y las pasé sin demasiada inquietud. Que mi esposa temiera la índole hosca de mi carácter, que me huyera y me amara muy poco, no podía yo pasarlo por alto; pero me causaba más placer que otra cosa. Mi memoria volaba (¡ah, con qué intensa nostalgia!) hacia Ligeia, la amada, la augusta, la hermosa, la enterrada”.

Finalmente, “Eleonora” (1842) es una de las pocas historias con final feliz, aunque también está presente la muerte de la amada y la presencia de la sucesora: “¡Ah, brillante serafín, Ermengarda! Y sabiéndolo, no me quedaba lugar para ninguna otra. ¡Ah, divino ángel, Ermengarda! Y al mirar en las profundidades de sus ojos, donde moraba el recuerdo, sólo pensé en ellos, y en ella”.

Sin duda, estas y otras historias de Poe tienen mucho que ver con su vida y con su personalidad, en especial con las mujeres de carne y hueso que fueron parte de su propio sufrimiento, pero como dice Julio Cortázar en el prólogo que escribe para su traducción de Cuentos de imaginación y misterio: “Dejemos pues de atribuir la obra de Poe a sus taras, de verla como una sublimación o una satisfacción de sus anomalías (…) Parafraseando a Gide, los malos sentimientos no bastan para hacer buena literatura”. Y la del autor norteamericano es literatura de la mejor.