Nunca es tarde para entrarle a un clásico: Frankenstein

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Tal vez alguien, tan trasnochado como yo, todavía no lo haya leído. Si pueden, no se lo pierdan.

SOBRE “FRANKENSTEIN” DE MARY SHELLEY

Cosas extrañas y hasta casi inverosímiles nos suceden en nuestra vida como lectores. Por loco e incongruente que pueda parecer, pero también sin duda por una decisión personal, a esta altura no había leído la novela que inauguró, allá por 1818, lo que se daría en llamar “gótico” y hasta el comienzo de cierta ciencia ficción. El año pasado hablamos “in extensum” del tema, porque se cumplieron doscientos desde su publicación. Una amiga casi me desafía (“No puedo creer que no lo hayas leído”), se lo pido a préstamo (el original en inglés) y ahí me interno, casi dos días, no se me hace denso, hoy ya no sigo leyendo si no me convoca, no me conmueve, me encuentro con una escritura tan moderna, y a la vez tan poética. Y tan compleja.

En un primer momento pensamos en una novela epistolar, pero es solo una fachada, una máscara. Robert Walton le escribe a su hermana Margaret. Victor Frankenstein le cuenta su historia a Robert. El monstruo (sin nombre, curiosamente todos hablan del “Frankenstein” por un fenómeno de asimilación del apellido de su creador) le detalla con pelos y señales a Victor cómo ha sido su vida desde el momento mismo en que abrió sus ojos. Se reciben varias cartas en la novela, y hasta hay documentos que son prueba de lo que ha sucedido. Las cajas chinas se suceden y al final la novela cierra, como corresponde a la lógica del relato con la voz de Walton.

Una novela que es toda una tragedía, aun cuando no pertenezca al género dramático. Todo va de mal en peor, lo que uno espera de todo corazón que no pase es el próximo (desdichado) paso en la historia. Y sin embargo…

Hablemos un poco sobre la criatura (en inglés se lo denomina en forma sucesiva “wretch”, “devil”, “fiend”, “monster”, y también “creature”) que no tiene nombre y que es doblemente rechazada por su creador: en su “nacimiento” y luego, cuando Victor decide destruir a la que sería la compañera que este ser le pide. Alguien que aprende a través de libros de Milton, Goethe y Plutarco. Alguien que se emociona hasta las lágrimas al escuchar música, a través de un instrumento o de la voz humana. Pero es el desamor original, el haber sido desconocido por quien lo vuelve a la vida (recordemos que la criatura está hecha de pedazos de cadáveres), el que le provoca esa furia incontrolable y esa incontenible sed de venganza, siempre en contra de Victor.

Mary Shelley arma este relato, según cuenta la leyenda sobre el concurso/ competencia fogoneado por Lord Byron en Villa Diodati, como una historia de fantasmas. Al menos, eso era el germen. El hecho de que esta novela no haya envejecido un ápice hasta nuestros días no es más que una comprobación del genio de su autora, una jovencita de dieciocho al momento de escribirla. Metáfora o parábola de cómo vivimos, qué damos, qué nos guardamos, tan actual que nos deja pensando.

La versión en español de Penguin Clásicos, con una introducción de Alberto Manguel (“La novia de Frankenstein”) se puede leer si no es posible abordar el original.

Que lo disfruten.

Silvina Rodríguez lleva adelante Tierra de Libros, emprendimiento que se dedica a fomentar el hábito de la lectura y las ferias de libros.