En la mente del personaje: el monólogo interior

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La “corriente” o el “fluir de la conciencia” (stream of consciousness) es un concepto que aparece por primera vez en William James –hermano de Henry James– en su libro Principios de Psicología (1890), y refiere al flujo de imágenes e impresiones que ocurren dentro de la mente, acompañadas de pensamiento verbal irracional, espontáneo y caótico.

Para algunos críticos, el fluir de la conciencia equivale al monólogo interior, una técnica utilizada por primera vez por Édouard Dujardin en Los laureles están cortados (Les Lauriers sont coupés), de 1887. Henry James, James Joyce, Virginia Woolf y William Faulkner son algunos de los autores en los que también aparece esta técnica. Otros críticos diferencian ambos conceptos: “corriente de conciencia” designa el proceso mental, en el sentido apuntado por W. James, y “monólogo interior” alude a cómo la novela ha dado forma literaria a proceso.

En el monólogo interior, el personaje habla consigo mismo, y no hay ninguna intervención explícita del narrador. En cuanto al tiempo de la narración, hay un presente que refiere al momento del monólogo –tiempo subjetivo de los personajes en oposición al cronológico–, aunque puede haber alusiones a un pasado no cronológicamente ordenado. Además, todo monólogo se escribe en primera persona con un gran predominio de subjetivemas y de deícticos que remiten al momento de la enunciación  (yo-aquí-ahora). Esta primera persona, a su vez, se ve reforzada por un vocabulario propio del personaje que configura un registro particular y que surge de esa “sinceridad” que tienen nuestros pensamientos: ahí somos realmente nosotros y nos expresamos sin vueltas.

En el plano sintáctico, el poco uso de conectores, la falta de cohesión y coherencia, las oraciones sin terminar o desordenadas, y las asociaciones libres apuntan a dar cuenta de esa capa más primitiva y oculta de la mente. Por esta razón, la eliminación de cualquier tipo de puntuación es la instancia más perfecta del monólogo interior porque en lo formal traduce la desorganización, la confusión, la mezcla propia de este discurso (algunos autores, sin embargo, mantienen la puntuación, y otros la usan más libremente). Más allá de este aparente caos, está el trabajo del escritor que organiza el texto en torno a ciertos motivos recurrentes (pueden ser ideas, frases o palabras sueltas) que permiten que el lector tenga una guía en medio de la aparente desorganización.

Compartimos fragmentos de tres novelas emblemáticas: Ulises, La señora Dalloway y Mientras agonizo. En ellas James Joyce, Virginia Woolf y William Faulkner dan cuenta de esta especie de autonomía del personaje que prescinde del narrador y abre su mente para nosotros, los lectores.

Ulises, James Joyce (1922)

Sí porque él nunca había hecho tal cosa como pedir el desayuno en la cama con un par de huevos desde el Hotel City Arms cuando solía hacer que estaba malo en voz de enfermo como un rey para hacerse el interesante con esa vieja bruja de la señora Riordan que él se imaginaba que la tenía en el bote y no nos dejó ni un ochavo todo en misas para ella sola y su alma grandísima tacaña como que no se ha visto otra con miedo a sacar cuatro peniques para su alcohol metílico contándome todos los achaques tenía demasiado que desembuchar sobre política y terremotos y el fin del mundo vamos a divertirnos primero un poco Dios salve al mundo si todas las mujeres fueran así venga que si trajes de baño y escotes claro que nadie quería que ella se los pusiera imagino que era devota porque ningún hombre la miraría dos veces espero no llegar a ser nunca como ella milagro que no quisiera que nos tapáramos la cara pero era una mujer bien educada y toda la cháchara con el señor Riordan por aquí y el señor Riordan por allá supongo que él se alegró de perderla de vista y el perro oliéndome las pieles y siempre entremetiéndose para subírseme por debajo de las enaguas especialmente entonces sin embargo eso me gusta de él amable con las viejas así y los camareros y los mendigos también no es orgulloso por nada pero no siempre si alguna vez le pasa algo serio de verdad es mejor que se vayan al hospital donde todo está limpio pero supongo que tendría que machacárselo durante un mes sí y entonces tendríamos en seguida en el asunto de una enfermera en el hospital y él se quedaría hasta que le echaran o una monja a lo mejor como la de la foto indecente que tiene él es tan monja como yo sí porque son tan débiles y quejumbrosos cuando se ponen malos quieren una mujer para ponerse buenos…

La señora Dalloway, Virgina Woolf, 1925

Año tras año llevaba ese impermeable; sudando; nunca pasaban más de cinco minutos sin que te hiciera sentir su superioridad, tu inferioridad; lo pobre que era, lo rico que eras, lo mal que vivía en su miserable barriada, sin un cojín, ni una cama, ni una alfombra, ni cosa parecida, carcomida su alma con esa aflicción que llevaba clavada, la echaron del colegio durante la guerra -¡pobre, amarga y desgraciada! Porque no era ella lo que uno odiaba, sino la idea de ella, que sin duda englobaba cosas que le eran ajenas a la señorita Kilman; se había convertido en uno de esos espectros contra los que uno lucha por la noche; uno de esos espectros que se yerguen ante nosotros y nos chupan la sangre de media vida, dominadores y tiranos; pues sin duda, con otro lance de la fortuna, si los negros hubiesen tenido la supremacía y no los blancos, ¡hubiera querido a la señorita Kilman! Pero no en esta vida. No. Le molestaba, sin embargo, llevar a este monstruo brutal revolviéndose en su interior. Oír el crujido de las ramas y sentir los cascos machacando el suelo de aquel bosque cubierto de hojarasca, el alma; no estar ya nunca satisfecha, ni completamente segura, porque en cualquier momento podía revolverse la bestia, ese odio que, sobre todo desde su enfermedad, tenía el poder de darle la sensación de que la arañaban, de que le dañaban el espinazo; le causaba dolor físico y conseguía que el placer en la belleza, en la amistad, en estar a gusto, en ser amada y en hacer de su casa algo encantador, temblara, se derrumbara y doblara ¡como si verdaderamente hubiese un monstruo escarbando en las raíces! ¡Como si toda la armadura de contento no fuese más que egolatría! ¡Este odio! ¡Bobadas! ¡Bobadas!, gritaba para sus adentros, mientras empujaba el batiente de la puerta de Mulberry, la floristería. Entró, ligera, alta, muy erguida, y fue saludada al momento por la señorita Pym, con su cara de perro y las manos siempre rojas, como si las hubiese metido con las flores en agua fría. Había flores: espuelas de caballero, flores de guisante, ramos de lilas; y claveles, montones de claveles. Había rosas; había lirios. Sí -respiraba el dulce olor a tierra del jardín, mientras hablaba con la señorita Pym que le debía favores y que pensaba que era buena, porque había sido buena con ella hace años; muy buena, pero estaba más vieja, este año, moviendo la cabeza de un lado a otro entre lirios y rosas y metiendo la cara con los ojos cerrados en las matas de lilas para respirar, tras el tumulto de la calle, el olor delicioso, la frescura exquisita.

Mientras agonizo, William Faulkner, (1930)

Por qué se tiene que quedar ahí fuera, justo debajo de la ventana, clavando y serrando esa maldita caja. En donde ella le vea. Donde cada bocanada que ella aspire esté llena de su martillear y serrar. Donde ella pueda verle diciendo: Mira. Mira qué buena es la que te estoy haciendo. Yo ya le dije que se fuera a cualquier otro sitio. Le dije: ¿Santo dios es que quieres verla dentro de ella? Es como cuando era niño y ella dijo que si tuviera un poco de abono intentaría cultivar unas flores y él cogió la cesta de pan y se la trajo llena de estiércol de la cuadra. Y ahora los demás ahí sentados, como buitres. Esperando abanicándose. Porque yo dije: ¿Es que no puedes dejar de serrar u clavar sin parar? No dejas dormir a nadie. Y las manos de ella encima de la colcha como dos de esas raíces retorcidas que tratas de lavar y nunca consigues que queden limpias. Veo el abanico y el brazo de Dewey Dell. Le dije que si nunca la iba a dejar en paz. Serrando y martillando, y haciendo que el aire se mueva siempre tan deprisa por delante de su cara que cuando estás cansado ni lo puedes respirar; y esa maldita azuela repitiendo: ya queda menos, hasta que todos los que pasan por el camino se paren, lo vean y digan: que buen carpintero es. Si hubiera sido yo y no Dash el que se cayó de aquella iglesia y si hubiera sido yo y no Dash el que se accidentó con aquella carga de leña que le cayó encima, no vendría a verla cualquier hijo de puta de la comarca, porque si hay Dios para qué demonios existe. Sólo estaríamos yo y ella en la cima de un cerro y yo echaría a rodar piedras cerro abajo contra sus caras, y las subiría y se las tiraría otra vez cerro abajo caras y dientes y todo, por Dios, hasta que estuviera tranquila y esa maldita azuela dijera: ya queda menos, ya queda menos, y estaríamos tranquilos.