Michel Petrucciani: “Voy rápido porque no viviré mucho”

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Salía a los escenarios de sus conciertos llevado en brazos, hasta la banqueta situada frente al piano. Lo llevaban como si fuese un niño pequeño, un niño que aún no sabe caminar. Ahí, sentado ante las teclas del piano, que parecía inmenso por comparación, aquel cuerpo pequeño de apenas un metro se transformaba en un gigante.

Nació con una de esas enfermedades que llamamos “raras” porque afectan a un número reducido de personas. La osteogénesis imperfecta. Se caracteriza por la debilidad y endebles de los huesos, estos se deforman y se rompen con cierta facilidad. Por eso, también se la conoce como enfermedad de los huesos de cristal. Y él, Michel Petrucciani, solía decir: “voy rápido porque no viviré mucho”.

Nació el 28 de diciembre de 1962 en Francia, en una ciudad llamada Orange, aunque su apellido delata su lado italiano. Su padre Antoine, “Tony”, guitarrista, hijo de un napolitano que también tocaba la guitarra, se instaló con su mujer, Anne, y parte de la familia en el sur de Francia, en el pueblito de Montélimar.

Era el menor de tres hijos y se había enamorado del piano viendo a Duke Ellington en televisión. Tenía en ese entonces cuatro años y con nueve ya andaba con su padre y sus hermanos, Philippe -guitarrista- y Louis -contrabajista-, por los bailes populares del sur de Francia, en los que tocaban tangos, pasodobles y canciones francesas de éxito. Aunque en esos momentos Michel -y como no podían cargar con el piano- tocaba la batería. Los padres habían abierto una tienda de instrumentos musicales y la música empapaba la vida familiar de manera omnipresente.

En una entrevista de 1997 con Frederic Goaty, hoy director de la revista Jazz Magazine, Petrucciani contó esto: “Cuando algunos americanos, estadounidenses, pasaban por allí y nos oían, se sorprendían, se tenían que frotar los ojos para creer lo que estaban viendo. Vivíamos en una casa en Montélimar, perdida entre campos de trigo. Y tocábamos Take the A train, In a sentimental mood con todo, con las melodías. ¡Nosotros, los franchutes que no hablábamos una palabra de inglés!, se caían de culo. Para ellos éramos campesinos, Montélimar…se preguntaban dónde habían aterrizado. Tengo cintas, tengo casetes de aquellas épocas y no está nada mal. Incluso, con mis oídos de hoy se dejan escuchar esos casetes. Yo tenía 13, 14 años, era todavía más pequeño que ahora, estaba en un sillón con los ojos enormes y mi hermano tenía 16, 17. Me imagino el efecto de debíamos producir”.

Durante su infancia y su adolescencia Michel sufrió más de cien fracturas de hueso: brazos, piernas, aquí y allá. Así que pasó buena parte del tiempo de hospital en hospital, entre placas y yesos. Pero nunca permitió que nada le impidiera hacer lo que quería hacer.

No solo la enfermedad le jugaba en contra, a priori, para ser un reconocido pianista a nivel mundial. Tampoco le ayudaba el hecho de vivir en una pequeña población apartada en el sur de Francia. Pero Michel Petrucciani acabó tocando con algunos de sus héroes del jazz, con saxofonistas como Charles Lloyd, Lee Konitz o Wayne Shorter; con bajistas como Ron Carter, Dave Holland, Eddie Gomez o Charlie Haden; con guitarristas como Jim Hall o John Scofield; y con bateristas como Roy Haynes.

Decía que él no tocaba para las cabezas de las personas, que tocaba para sus corazones. Decía que su sueño de niño era convertirse en lo que se había convertido y que a veces pensaba que alguien allá arriba lo había salvado de ser mediocre. El saxofonista Wayne Shorter resumió a Petrucciani con estas palabras: “Hay mucha gente dando vueltas por ahí, ya adulta, llamada normal. Personas que nacieron con la longitud correcta de piernas y de brazos. Son simétricas en todo pero viven sus vidas como si no tuvieran brazos, ni piernas, ni cerebro. Y viven la vida echándole la culpa al mundo de lo que les pasa. Nunca oí a Michel quejarse de nada. Michel no se miraba en el espejo y no se quejaba de lo que veía en él. Michel era un gran músico. Y grande. En ultima instancia porque era un gran ser humano, porque tenía la capacidad de sentir y de hacer sentir a otros a través de su música”.

Michel Petrucciani no creía en los genios, en la genialidad, sino en el trabajo duro. Desde que era un niño sabía lo que quería hacer y trabajó para ello. Trabajó como un poseso, aunque como él decía “cuando te apasiona lo que haces, tocas diez horas y te parece que han pasado solo diez minutos. Cuando no te apasiona es cuando diez minutos son como diez horas”. A finales de los años noventa su ritmo de trabajo se fue haciendo cada vez más agotador. Daba unos cien conciertos por año y en 1998, el año antes de dejarnos, tocó en público unas 140 veces. Hasta ese año de 1998 había publicado treinta discos como líder.

Falleció en Nueva York, en un hospital de Manhattan con tal solo 36 años. Este enero que pasó se cumplieron los veinte años de su muerte. Está enterrado en el Père Lachaise de París, donde descansan también Oscar Wilde, María Callas, Edith Piaf, Stépanhe Grappelli, Jim Morrison. Su tumba está a pasos de la de Chopin.