Escritores traductores: “artesanos de la palabra”

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¿Cuántos de los libros que leemos son traducciones? ¿Quién se dio el lujo de acceder a los clásicos rusos en su idioma original?, ¿o a los autores japoneses? Sin hacer referencia a lenguas tan complejas, no todos podemos leer ni siquiera a un autor inglés o francés en su lengua de origen, y entonces recurrimos a traducciones más o menos buenas, o a veces muy malas.

Hay mucha bibliografía escrita sobre la traducción. Uno de los libros más famosos es el de Umberto Eco, Decir casi lo mismo (2008), en el que llama a los traductores “artesanos de la palabra”.  Esta afirmación es quizás más evidente en el caso de las traducciones literarias, donde hay una intencionalidad estética, un uso especial del lenguaje que ya lo analizaron los formalistas rusos tomando como punto de partida la función poética que describió Roman Jakobson (1958).

Lengua de origen, lengua de destino, fidelidad, respeto, negociación son palabras que aparecen cuando uno habla de traducción. Entonces, si traducir literatura es más difícil, ¿serán mejores traductores los escritores? Uno de los primeros escritores/traductores en América fue el inca Garcilaso de la Vega –en pleno Renacimiento–, que conocía el idioma quechua y que colaboró para que se difundiera la cultura inca entre los españoles. Sin ir tan lejos, gran cantidad de escritores de todo el mundo se ganaron la vida como traductores o, incluso, tradujeron su propia obra a otro idioma, conscientes de ese refrán italiano que dice “traduttore, traditore” (“traductor, traidor”). Tal vez uno de los casos más llamativos sea el de Samuel Beckett, que dominaba el inglés y el francés, y entonces se encargó de la traducción de su Esperando a Godot (obra de teatro originalmente escrita en francés). Otros ejemplos son T. S. Eliot, que tradujo al francés su poema “La tierra baldía”, y James Joyce, que colaboró en una traducción también francesa de su Ulises.

Más allá de cualquier juicio de valor o de cualquier teoría sobre la traducción, es interesante recordar a algunos escritores/traductores que nos acercaron a los lectores obras clásicas desde la sensibilidad de alguien que sabe el valor de cada palabra.

Vladimir Nabokov, partidario de la traducción literal, llevó al inglés el Eugenio Onegin, de Aleksandr Pushkin.

Charles Baudelaire es uno de los traductores más fieles de Edgar Allan Poe.

Julio Cortázar tradujo la novela Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, los relatos de Chesterton, pero es más conocido por su excelente versión de los cuentos de Edgar Allan Poe. Para él, la traducción era un excelente ejercicio para la escritura propia: “Yo le aconsejaría a cualquier escritor joven que tiene dificultades de escritura, si fuese amigo de dar consejos, que deje de escribir un tiempo por su cuenta y que haga traducciones; que traduzca buena literatura, y un día se va a dar cuenta de que puede escribir con una soltura que no tenía antes”.

Jorge Luis Borges, por su parte, afirmaba: “No soy de aquellos que juzgan que místicamente toda traducción es inferior al original. Muchas veces he sospechado, o he podido comprobar, lo contrario”. Con esta premisa, realizó numerosas traducciones: Walt Whitman, la que “oscila entre la interpretación personal y el rigor resignado”; Franz Kafka, William Faulkner, Herman Melville, Henri Michaux, Herman Hesse, y la lista sigue. En esta línea, Octavio Paz parecía estar de acuerdo con el autor argentino cuando decía que “las diferencias entre traducción y creación no son menos vagas que las fronteras entre prosa y verso”.

Bioy Casares tradujo a Wallace Stevens; Guillermo Cabrera Infante, a James Joyce; Murakami, a Scott Fitzerald; Boris Pasternak, a Shakespeare; Pedro Salinas, a Marcel Proust; Jorge Guillén, a Paul Valéry; y Cesare Pavese, a Herman Melville.

La lista es grande y cada uno de los textos merecería un análisis profundo comparándolo con el original. Para Thomas Bernhard, novelista, poeta y dramaturgo austríaco, un libro traducido es “como un cadáver destrozado por un coche hasta resultar irreconocible”; y para Jorge Fondebrider, poeta ensayista y traductor, “cada texto reclama para sí un determinado modo de escritura, a veces se reescribe, a veces se transcribe, a veces se interpreta. No existe un único modo de encarar el trabajo”. De este otro lado, como últimos destinatarios, estamos los lectores que siempre agradecemos el trabajo de un buen traductor.