Crítica de “Tríptico del desamparo”, de Pablo Hernán Di Marco

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“¿Quién soy?”, se pregunta Rafael Leone, el protagonista de Tríptico del desamparo, y en esa pregunta se resume el gran tema que recorre la novela: el planteo acerca del valor de la existencia humana, relacionado con la afirmación sartreana que nos dice que  “lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”. Cada uno de los personajes que desfilan por la obra viene a responder la pregunta a partir de cada una de sus acciones.

El texto se estructura en cuatro partes que llevan nombres de los personajes, aunque más allá de remitir a uno en particular, nos van aportando datos que tejen una trama que combina el suspenso y lo fantástico. Casi podríamos decir que operan como cuatro actos de una obra teatral o como cuatro estadios de un camino de aprendizaje. Irene Vidi, una traductora de 63 años que se está quedando ciega, decide volver a su Venecia natal. Mientras se deshace de su casa y de sus bienes personales, conoce a Rafael Leone, un joven de 26 años con el que entabla una relación que será definitiva para la vida de los dos. El resto del argumento es un descubrimiento que le corresponde al lector que será el que, finalmente, le otorgue un significado a la historia.

En esa búsqueda del sentido de la existencia que mencionábamos, cada personaje necesita asumirse desamparado. El verbo “amparar” en su origen significaba ‘poner un parapeto defensivo delante’, y luego pasó a ser un sinónimo de ‘prevenir’ y ‘proteger’. Los que les falta a Irene, a Ignacio –su hijo–, a  Rafael, a la novicia Adina es un escudo contra esas situaciones que los hacen sentir desprotegidos, y ahí está parte de la exploración vital que realizan.

Joseph Campbell, en El héroe de las mil caras, aborda el tema del camino del héroe. La iniciación, la separación, el retorno, las pruebas, los ayudantes, los oponentes, los guardianes son parte de un recorrido necesario para llegar al “elixir” y regresar al punto de partida. Sin entrar en demasiados detalles, Rafael es ese héroe mítico que se enfrenta a su propia oscuridad interior y que debe quedar cara a cara con la muerte –simbólica y real–, para responder finalmente a la pregunta que Friedrich Nietzsche plantea en Así habló Zaratustra: “¿Cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?”. En este camino, además, aparecen una serie de símbolos que le dan a la novela una trascendencia más allá de lo que se cuenta: los espejos como reflejo de la verdad, la sinceridad, el contenido del corazón y la conciencia; el agua como fuente de vida, medio de purificación y centro de regeneración; el río, imagen del curso de la existencia humana y las fluctuaciones de los deseos y los sentimientos; el  laberinto, cruce de caminos –algunos sin salida– que conducen a un centro, aquel que el viajero desea alcanzar. Todos estos símbolos forman parte del viaje que realiza Rafael para llegar a su verdad.

Sin embargo, Tríptico del desamparo es más que una novela alegórica porque tiene un fuerte anclaje en la realidad social y política de una Argentina que va desde unos días antes del golpe de 1976 hasta el 2010. El enfrentamiento de las clases sociales, las desigualdades, la posibilidad del ascenso social, la violencia son parte del entramado en el que se sitúan los personajes. En esta realidad más abarcadora, se insertan otras que son un reflejo de lo que pasa en el país: la historia de Ediciones Leopardi, donde trabaja Irene y luego Rafael, o del diario El mundo. Finalmente, también están las relaciones familiares, tensas, conflictivas, como son la de Irene con su hijo Ignacio, o la de Rafael con su hija Giselle.

Unos párrafos más arriba, hablábamos de la presencia de lo fantástico. En una realidad reconocible irrumpe lo extraño, lo inexplicable, que se va haciendo dueño de la novela, y que se conecta con lo alegórico y lo simbólico. Salvando las diferencias, cuando leía el texto de Pablo Di Marco, pensaba en la Divina comedia, de Dante Alighieri, en ese viaje por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, en la figura de Beatriz como guía, y lo relacionaba con el camino de Rafael de la mano de Irene/Beatriz. No casualmente, el apellido de Irene es “Vidi”, que en latín remite a “vidêre” (‘ver’). Irene es la que vio y por eso puede conducir a Rafael para que él también vea. Sin embargo, esta mujer se está quedando ciega: “Una bruma encima de la hoja difumina el contorno de las letras. Mis pupilas ardientes, erráticas. La mancha opaca latiendo, flotando sobre las palabras. El trazo de la lapicera, difuso. Las letras vueltas fantasmas, en un blanco acuoso teñido de amarillo”. La ceguera es real, pero también simbólica porque muchas veces somos ciegos ante nuestra propia realidad, y solo al ayudar a otros, podemos acceder a cierta iluminación, como ocurre en Tríptico.

“La verdad es un lujo que dejamos de merecer hace demasiado tiempo”, dice Álvaro Azcurra, el dueño de Ediciones Leopardi, sin embargo, nada les impide a los personajes y a nosotros como lectores buscar la propia verdad, la que nos permite a cada uno responder por el sentido de nuestra existencia.

Tríptico del desamparo, Pablo Hernán Di Marco, Odelia Editora, 2018, 322 págs.