Entrevista a la escritora Gisela Colombo, autora de “Que el río sangre”

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Gisela Colombo, escritora residente en La Pampa, Licenciada en Letras y docente de literatura, conversó con Leedor acerca de su libro Que el río sangre donde combina la historia del sacerdote y filósofo renacentista Marsilio Ficino, con la astrología, las artes y en particular, las letras de Gustavo Cerati que se filtran oportunamente dentro del relato. Con mucho de fantasía y ficción, pero a la vez investigación histórica, Colombo nos trae un texto audaz e imaginativo donde aparece también la figura del Bosco, quien pretende ocultar en una de sus obras la carta astrológica de Cristo.

No es la primera vez que Colombo frecuenta temas esotéricos; ya había incursionado en el tarot con El juego del Colgado, finalista del Premio Planeta Casa de América 2008. La fricción entre cristianismo y las ciencias ocultas le interesa a la autora, que entrelaza una vasta documentación con una creatividad sin límites a la hora de narrar. Estudiosa incansable, la escritora que investiga mitos y símbolos, entrega en sus ficciones un universo singular que nos fascina por su originalidad y su halo de misterio.

Contanos quién es Marsilio Ficino y por qué te interesó escribir una novela basada sobre su figura.

Marsilio Ficino fue un astrólogo, médico, filósofo, poeta y traductor del siglo XV. Fundador de la Academia Platónica de Florencia, uno de los principales mentores del Renacimiento.  Su trabajo hizo “re-nacer” textos de la antigüedad clásica que tradujo del griego al latín: Platón, especialmente.  Plotino, el Corpus hermeticum y algunos tratados y cartas de Pseudo Dionisio Areopagita también fueron traducidos y anotados por él. Escribió el famoso Comentario al Banquete de Platón y la Teología Platónica. Su trabajo tendió, desde distintos estudios, a amalgamar el cristianismo con la cultura antigua, especialmente la griega. Creo que el humanismo cristiano es lo que me interesó. Me parece una filosofía integral que no segrega ninguna de las esferas de lo humano.

¿Tenés un interés particular por la astrología y el tarot?

Definitivamente. Había terminado mi tesis en la que trabajé muchísimo los símbolos y las imágenes.  Ésa es, para mí, la puerta de entrada a un autor. En este caso, se trataba de Reinaldo Arenas.  Y sentí que debía ampliar el espectro de símbolos, por eso estudié el tarot y luego astrología. Son dos de los conjuntos más completos de símbolos que guarda nuestro acervo cultural.

¿Cómo convive el cristianismo con las ciencias ocultas?

En El juego del colgado, mi primera novela (finalista del Premio Planeta Casa de América 2008) transito los paralelos entre la Escolástica (filosofía cristiana medieval, cuyo principal representante es Santo Tomás de Aquino) y el tarot. En realidad, el tarot parece reproducir un esquema vital cronológico según concebía la vida el hombre medieval: El loco, el hombre sin conciencia, Adán. “Los enamorados”, imagen del amor sensual, y “El carro”, la violencia, representan las tentaciones adolescentes que es preciso moderar. Las virtudes cardinales, “Fuerza”, “Templanza”, “Justicia” y “Prudencia”, se suceden en los primeros pasos de la vida adulta. Luego, los aprendizajes espirituales, las virtudes teologales “Fe”, “Esperanza”, “Caridad”. “La Torre”, “La muerte” aparece como el motor de algo que llega a su fin para luego recomenzar. “El Juicio” y “El mundo” serían el Juicio Final y el Paraíso Terrenal, la Jerusalén celestial en la tierra. A través del tarot se aprende la filosofía cristiana medieval, aunque parezca mentira. La Iglesia se vio obligada a censurar estas disciplinas por el mal uso que comenzó a hacerse de ellas. Pero, en rigor, han salido de sus claustros en muchos casos.

A través de la astrología, se conoce la cultura antigua de Grecia y Roma e incluso civilizaciones más primitivas cuyo interés en el saber astronómico superaba el que tiene nuestro mundo actual.  El pensamiento mítico, analógico tiene su mejor producto vigente en el zodíaco. Pero como con el tarot, conviven los trabajos serios con una serie de supersticiones ridículas que se convierten en peligrosas, si leen el futuro.

¿Cuál es tu relación con la música de Gustavo Cerati y qué fue lo que te llevó a intercalar partes de sus canciones en tu novela?

En 2007 lo descubrí. Siempre estuvo ahí, a mano como para todo el mundo, pero yo lo escuché con atención recién en ese momento. Fue a través de las letras. Me impresionó encontrar en ellas el mismo orfismo y neoplatonismo de autores muy lejanos en el tiempo. La obra de Borges y muchos otros clásicos fueron agentes de transmisión de una tradición occidental que atraviesa la historia, desde Pitágoras hasta Marechal, por dar dos ejemplos. Pero Cerati fue un paso más allá, lo popularizó a un punto mucho más masivo. Y al hacerlo mediante la música, a la que concurre la emoción dejando de lado el raciocinio que suscita la palabra, logra que el mensaje se absorba sin conciencia, sin mirada crítica. Él era evidentemente alguien culto, con un conocimiento literario innegable.

Estuve estudiando con detalle su imaginario pero cuando recibí la respuesta a un mail que le envié sentí que él no tenía ganas de ser estudiado. Que había misterio incluso para él en el acto de escritura y no quería sondearlo. El resultado fue que esos poemas que yo había escuchado e interpretado durante muchos meses se me venían a la cabeza mientras escribía la historia de Ficino. En un momento me venció la intromisión permanente y decidí filtrar esos versos en las aguas del  texto.  Esas citas se fueron tornando el hilo conductor de la obra.

¿Cómo se introduce en tu texto la figura y obra de El Bosco?

Ficino trabajaba secretamente en la carta natal de Jesucristo. Pero la inquisición venía cobrando fuerza y la astrología judiciaria estaba siendo combatida. El temor lo llevó a buscar a alguien que pudiera guardar la mitad de su trabajo para la posteridad. Así la rueda astrológica, el gráfico, sería conservado dentro de un cuadro de El Bosco llamado “La Creación” después de una reunión secreta. Se trata de la cubierta del tríptico “El jardín de las delicias”. El texto nos relata también el proceso creativo de Hieronymus Bosch y las experiencias de esos días.

De alguna manera tu obra entrelaza pintura, literatura, música y esoterismo, ¿fue esa tu intención?  

La figura de Ficino reúne en sí misma todos esos elementos, excepto la pintura. Pero el propósito secreto obligó a cifrar la rueda en un objeto que sobreviviera para la posteridad. ¿Qué mejor que esconderlo a la vista de todos?

¿Te interesó basarte en datos reales o apostaste plenamente al mundo de ficción?

Me interesa siempre la reconstrucción histórica del marco, del tipo de pensamiento de la época, así que suelo partir de una investigación y respeto muchas cosas históricas, pero el entusiasmo y la inspiración viene del juego creativo, de pensar peripecias, situaciones, personajes. Así que ambas cosas construyen la máquina.

¿Cómo retrata tu obra al mundo académico del que formás parte?

Lo que hago en el ámbito de la crítica literaria y mi formación me constituyen. Uno vive todo eso recibido como parte de su propio ser. No construyo tratando de retratar el mundo académico. Retrato mi propia percepción y reflexión de las cosas. Lo que sucede es que lo académico forma parte de mi estructura de pensamiento. Yo no estudié jamás por afán de erudición, ni para conseguir una beca, un cargo o un trabajo. Para mí el conocimiento ha sido una necesidad más honda, un intento de entender la vida, de buscar mi identidad. En ese sentido el Ficino de Que el río sangre se parece un poco a mí. Las cosas que recuerdo de los estudios son aquellas que me han servido para comprender la experiencia. Las que no logré conectar con el aquí y ahora simplemente las olvidé.

¿De qué manera reaccionó la madre de Cerati cuando le acercaste tu texto y por qué puede considerarse anticipatorio?

Lilian fue muy agradable conmigo. Hablé varias veces con ella antes de llevarle el texto. Yo entonces (24 de diciembre de 2008) no sabía lo que implicaba lo dicho en la novela. En mayo de 2010, cuando Gustavo sufrió el ACV comprendí que había una anticipación de lo que viviría, y aparecía encarnado en el personaje de Ficino. Quedé pasmada cuando releí la novela después de eso. En principio, me pareció imperdonable haber dicho tan crudamente algo así, pero yo no sabía que fuera premonitorio, era un simple juego con el destino de un personaje histórico. Durante años guardé la novela en un cajón, arrepentida de habérsela hecho llegar.  Después, pensé que uno es un amanuense, como dice Borges, un simple copista. Y no elige el mensaje que debe dar. Esa inconsciencia parcial es la que hace el género de la novela tan interesante. Uno va descubriendo, junto con los personajes  y sobre la marcha lo que sucederá.

¿Sos escritora exclusivamente de narrativa o has incursionado en otros géneros?

El género que más me gustó leer desde siempre es la novela y creo que es mi ritmo natural. Escribo cuentos también, pero la disciplina del cuento es una aproximación más racional, programada de la escritura. Y a mí me interesa más ese rumbo incierto que se nos escapa de las manos y se entrega a otras voluntades.

Hice alrededor de quince adaptaciones de obras de teatro clásicas. Escribo crítica literaria, artículos de difusión en la prensa y poesía, aunque es el género más incómodo para mí.

¿Cuál es tu relación con el teatro y la dramaturgia?

Tuve hasta hace poco una especie de compañía de teatro escolar donde toda la puesta en escena era de los chicos. Hacían vestuarios, escenografía, gráfica, sonido, luces, actuación… Se autosolventaban cocinando y vendiendo de casa en casa. Y todo era a beneficio de un comedor. Era un modo de enseñar los clásicos pero también el trabajo en equipo, la capacidad de sostener esfuerzos, de respetar el trabajo de otros, las vicisitudes de toda empresa en nuestra economía, el esfuerzo y el placer de ofrecerlo solidariamente, etc.

¿De qué forma hacés que tu trabajo como docente sea compatible con tu dedicación a la escritura?

Bueno, la vida del interior tiene otro ritmo, más lento. Trabajo como docente pero no hay día que no me siente a escribir, a leer, a corregir.

He escrito dos novelas didácticas (Viajeros del papel y El cisne del aula vacía). Son ficciones que incluyen todos los contenidos teóricos de Literatura de cuarto y quinto año del secundario. En ese género conjugué ambas vocaciones.

El contacto con adolescentes me entrena.  Me obliga a ser más simple al escribir, a bajar pretensiones académicas innecesarias. Los chicos te enseñan a focalizar, a hablar en imagen, a concentrarte en lo esencial porque en cuanto abundás, abandonan el interés. Eso, para alguien como yo, que escribe largo, es un ejercicio muy positivo.49739117_1261818527289281_2676343419495776256_n