Crítica de Kentukis de Samanta Schweblin

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Peluches que se vuelven juguetes de adultos en el afán por mirar y ser observados, siempre al borde de la pesadilla tecnológica, entre lo siniestro y lo pueril, para poblar de sentidos la vida cotidiana, el espacio público y la transparente intimidad. A mitad de camino entre Chucky y un tamagochi, entre la inocencia y el límite de la seguridad, un kentuki es ante todo una definición de los vínculos en nuestras comunidades.

La última novela de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978, reside en Berlín), cumple con las expectativas que su literatura sabe generar, y en cierta manera, corona un perfil de narradora contemporánea internacional. En su carrera figuran otras dos novelas, cortas y recordadas: Distancia de rescate (2014) y La respiración cavernaria (2017) y tres volúmenes de cuentos: El núcleo del disturbio (2002), Pájaros en la boca (2009) y  Siete salas vacías (2015), para completar una contundente carrera de escritora. Su esritura tiene bordes de asepsia, extrañeza de pliegues y mecánica; a veces da la sensación de que escribiera en otro idioma que no fuera el español y se tradujera después, y lo digo como un punto interesante, una duda que despierta esa distancia fantasmal que provoca el pacto de ficción de sus textos.

Egresada de la carrera de Imagen y Sonido de FADU aunque dedicada al oficio de escritora, despliega una interesante capacidad de crear imágenes visuales con palabras, quizás por el detalle, la disección y organización de situaciones y el ritmo. Algo atractivo sin dudas para el cine. Los derechos de Distancia de rescate fueron adquiridos por Claudia Llosa (Madeinusa, La teta asustada), para una película que estaría empezando a filmarse este mes de enero de 2019.

Kentukis camina por ese filo entre lo verosímil y lo fantástico, como bien sabe hacer Schweblin, no ya desde la enunciación (como en la magistral Distancia…), sino desde la distribución de puntos de vista en microrelatos. La fragmentación de los hilos narrativos se reparte en sus distintos protagonistas que nunca llegan a cruzarse, y cada capítulo breve asemeja a un cuento. La única legalidad que el texto impone está dada, quizás, por la posibilidad de ser un kentuki o tener un kentuki, es decir, qué nos toque ser: mirar o ser mirado en la privacidad. Porque todo se reduce a eso, comprar un kentuki y dejarte observar o anotarte para manejarlo remotamente, con un mundo de posibilidades que se abren a distintas combinaciones que se desarrollan o simplemente se esbozan en la madeja narrativa, y que es en el propio textear donde se teje, como si Schweblin no supiera a priori todo lo que los Kentukis pueden, lo fuera descubriendo ella misma. Por otra parte, perturbadora parábola de escritores y escritoras, de lectores y lectoras, de sujetos y sujetas, de la literatura toda, este juego de kentukis.

Lo global del consumo, el afuera de las redes sociales, los lenguajes y los sistemas de traducción, la soledad, y hasta los modos críticos de representar todo esto, es decir, el arte contemporáneo y las poéticas de la instalación, en una gran parodia de nuestro mundo más cercano. Una aplicación para cada deseo, y un deseo para cada animal kentuki, cierto nihilismo más allá de cualquier moral y ese aire de escritora traducida que tiene la escritura de Schweblin, hacen de su estilo una marca propia e imprescindible de leer en la literatura de estos tiempos.

Kentukis. Schweblin, Samanta
Literatura Random House. 224 páginas. Octubre 2018.