Crítica de “Dos sherpas”, de Sebastián Martínez Daniell

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Dos sherpas es una novela que, en principio, cuenta dos historias. En la superficie, es la narración de un accidente en el Himalaya, pero esta es solo la excusa para ir desplegando sucesivas capas de significado.

En su origen, los sherpas fueron pueblos nómades que provenían de China y que se establecieron en las montañas de Nepal. Allí tuvieron que “reinventarse” y se dedicaron a ser guías de montaña para los turistas que quieren llegar a la cumbre del Everest. En este libro de Martínez Daniell, los dos protagonistas están frente al cuerpo de un inglés que acaba de despeñarse. Uno es joven, casi adolescente; el otro es viejo. No tienen ni nombre ni apellido porque también ellos son representativos de algo más, como pasa con todo en esta novela.

El sherpa joven recuerda su infancia, evoca la figura de su padre ya muerto y proyecta una vida fuera de la montaña. El sherpa viejo solo parece rememorar un solo momento significativo, cuando conoció a una mujer llamada Coneja. Los dos dialogan muy poco entre ellos, postergan la decisión de bajar de la montaña y pedir ayuda: “Flotar. Desentenderse del curso de la historia: no cargar esa cruz. La amoralidad sin excesos y sin culpas”. Es así como el tiempo de la historia y el tiempo del discurso se bifurcan. En el primero pasan minutos y no ocurre demasiado; en el segundo es donde la narración se expande para proponerle al lector nuevas interpretaciones.

Imposible no establecer relaciones entre el libro de Martínez Daniell y Nadie nada nunca de Juan José Saer, no solo en cuanto al tratamiento del tiempo, sino también al manejo del punto de vista y a la relevancia que adquiere el silencio como motivo. Con relación al punto de vista, Dos sherpas nos ofrece una narración cinematográfica, en la que un narrador en primera persona mira a los dos protagonistas que, a su vez, miran al inglés que yace inconsciente: “Desde esta altura, ni exagerada ni cercana, la perspectiva reordena las prioridades. Lo importante desde acá parece ser la nieve (…) Las tres figuras inmóviles son parte de esa fauna”.

El narrador, además, reordena el material de los recuerdos y posibilita la polifonía en un diálogo intertextual. Shakespeare, Goethe, el arte, el discurso de la historia y el de la ciencia se entrelazan. Hay en la novela un contraste entre todas estas voces y el silencio que, entonces, termina siendo aparente, como lo es también el del Himalaya descripto con unos oxímoros bellísimos: “Si es que puede llamarse silencio…” “al ruido ensordecedor del viento pasando a través de los filos del Himalaya”, “al silbido estruendoso y monocorde de innúmeras ráfagas de aire cortando las altas cumbres del Himalaya”, “a la furiosa carrera de los vientos monzónicos atronando los perfiles de la cordillera nepalí”, “al zumbido atronador de cientos de turbinas del inframundo soplando aire helado entre las cumbres del Himalaya”.

En estas sucesivas capas de sentido que se van desplegando, surgen los opuestos como otro eje alrededor del cual se construye el relato. Por un lado, están los dos sherpas que comparten su profesión, pero no su cosmovisión. El narrador los compara con dos pintores: el sherpa viejo sería Renoir, y el joven, Monet. El primero es más detallista, “está, contra su voluntad, demasiado adaptado”. El segundo “no pretende retratar ni inmortalizar lo que está frente a sus ojos, sino su idea, el concepto, esa capacidad para expandir los límites de la representación hasta desgarrarla y darla por muerta”. Todo este apartado es una reflexión sobre el arte en torno a dos cuadros Bain à la Grenouillère, de Monet, y La Grenouillère, de Renoir, lo que nuevamente ensancha el tiempo de la historia.

Siguiendo con los contrarios, es evidente el contraste entre “nosotros” (los sherpas) y  “ellos” (los ingleses), y esto se conecta directamente con los capítulos que hacen referencia a la tragedia Julio César, de Shakespeare. El poder, el cuestionamiento a quienes lo detentan, las desigualdades manifiestas son motivos que recorren el texto bajo la superficie. Los sherpas son solo porteadores para ese otro que se autodenomina “turista, escalador, visitante o montañista”. Hay una cosificación del nativo, un asemejarlo a un animal de carga: hasta sus muertes son menos importantes y sus logros menos espectaculares.

A partir de todo esto que venimos analizando, es claro por qué el lector se siente interpelado por esta novela. Es revelador el capítulo dedicado a la relación entre el sherpa viejo y Coneja, que adquiere un carácter metafórico. Ella le cuenta su historia, pero omite lo más importante, y en esto se cifra la concepción de la escritura de Martínez Daniell: un bordear lo esencial sin terminar de decirlo nunca, una invitación a que el lector transite las numerosas caras de esta “novela poliédrica”, como se la denomina en la contratapa del libro.

Dos sherpas, Sebastián Martínez Daniell, Entropía, 2018, 210 págs.

Sebastián Martínez Daniell nació en 1971. Es autor de Semana (2004) y Precipitaciones aisladas (2010).