Jane Austen y la renovación de la novela romántica

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Jane Austen (1775-1817) fue una novelista inglesa. Educada por su padre, un clérigo protestante, conoció en la amplia biblioteca paterna la obra de Daniel Defoe, Samuel Richardson, Henry Fielding y Laurence Sterne, entre otros autores.

La mayoría de sus novelas las escribió en un tranquilo pueblo de Hampshire. En ellas retrata la burguesía acomodada del sur de Inglaterra y, más allá del argumento, pone especial atención en la psicología de sus personajes, descriptos en detalle.

En cuanto empezó a publicar, Jane Austen fue muy bien recibida porque, entre otras cosas, renovó la novela romántica, un poco agotada para esa época. Su poder de observación y su capacidad de otorgar un sentido universal a acontecimientos cotidianos la hicieron rápidamente una de las novelistas preferidas de la literatura inglesa. Para muchos críticos, su obra, además, es una puesta en práctica del pensamiento de Mary Wollstonecraft sobre la educación de la mujer.

Orgullo y prejuicio (Pride and prejudice) es considerada la mejor de sus novelas y relata la historia de las cinco hermanas Bennet y sus amores. Austen empezó a redactarla en 1796, aunque recién se publicaría en 1813. También son de este período Sentido y sensibilidad (Sense and sensibility, 1811), centrada otra vez en la historia de dos hermanas y sus asuntos amorosos, y caracterizada por su realismo. A esta primera etapa, también corresponde La abadía de Northanger (Northanger Abbey, 1818), una especie de parodia sobre la novela gótica.

En una segunda etapa que comenzó en 1811, escribió El parque de Mansfield (Mansfield Park, 1814), Emma (1816) y Persuasión (Persuasion, publicada póstumamente).

Sus novelas también fueron llevadas al cine. El cineasta taiwanés Ang Lee hizo una buena versión de Sentido y sensibilidad, 1995, interpretada por Emma Thompson, Kate Winslet y Hugh Grant. En cuanto a Orgullo y prejuicio, la versión más fiel del libro es la serie que presentó la BBC protagonizada por Colin Firth y Jennifer Ehle.

Orgullo y prejuicio, fragmento capítulo I

Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa.

Sin embargo, poco se sabe de los sentimientos u opiniones de un hombre de tales condiciones cuando entra a formar parte de un vecindario. Esta verdad está tan arraigada en las mentes de algunas de las familias que lo rodean, que algunas le consideran de su legítima propiedad y otras de la de sus hijas.

–Mi querido señor Bennet –le dijo un día su esposa–, ¿sabías que, por fin, se ha alquilado Netherfield Park?

El señor Bennet respondió que no.

–Pues así es –insistió ella–; la señora Long ha estado aquí hace un momento y me lo ha contado todo.

El señor Bennet no hizo ademán de contestar.

–¿No quieres saber quién lo ha alquilado? –se impacientó su esposa.

–Eres tú la que quieres contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo.

Esta sugerencia le fue suficiente.

–Pues sabrás, querido, que la señora Long dice que Netherfield ha sido alquilado por un joven muy rico del norte de Inglaterra; que vino el lunes en un  landó de cuatro caballos para ver el lugar; y que se quedó tan encantado con él que inmediatamente llegó a un acuerdo con el señor Morris; que antes de San Miguel vendrá a ocuparlo; y que algunos de sus criados estarán en la casa a finales de la semana que viene.

–¿Cómo se llama?

–Bingley.

–¿Está casado o soltero?

–¡Oh!, soltero, querido, por supuesto. Un hombre soltero y de gran fortuna; cuatro o cinco mil libras al año. ¡Qué buen partido para nuestras hijas!

–¿Y qué? ¿En qué puede afectarles?

–Mi querido señor Bennet –contestó su esposa–, ¿cómo puedes ser tan ingenuo? Debes saber que estoy pensando en casarlo con una de ellas.

–¿Es ese el motivo que le ha traído?

–¡Motivo! Tonterías, ¿cómo puedes decir eso? Es muy posible que se enamore de una de ellas, y por eso debes ir a visitarlo tan pronto como llegue.

–No veo la razón para ello. Puedes ir tú con las muchachas o mandarlas a ellas solas, que tal vez sea mejor; como tú eres tan guapa como cualquiera de ellas, a lo mejor el señor Bingley te prefiere a ti.

–Querido, me adulas. Es verdad que en un tiempo no estuve nada mal, pero ahora no puedo pretender ser nada fuera de lo común. Cuando una mujer tiene cinco hijas creciditas, debe dejar de pensar en su propia belleza.

–En tales casos, a la mayoría de las mujeres no les queda mucha belleza en qué pensar.

–Bueno, querido, de verdad, tienes que ir a visitar al señor Bingley en cuanto se instale en el vecindario.