Narciso Plebeyo, Pablo Suárez en el MALBA

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La exposición, en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, puede visitarse hasta el 18 de febrero y reúne una selección de cien obras del artista, entre pinturas, dibujos, objetos y esculturas, además de material de archivo inédito resultado del proyecto de investigación del equipo curatorial que convocó el museo.

“Hasta este momento yo podía discutir la acción que desarrolla el Instituto (Di Tella), aceptarla o enjuiciarla. Hoy lo que no acepto es al Instituto, que representa la centralización cultural, la institucionalización, la imposibilidad de valorar las cosas en el momento en que estas inciden sobre el medio. […] Si yo realizara la obra en el Instituto, esta tendría un público muy limitado de gente que presume de intelectualidad por el hecho meramente geográfico de pararse tranquilamente en la sala grande del arte. Esta gente no tiene la más mínima preocupación por estas cosas, por lo cual la legibilidad del mensaje que yo pudiera plantear en mi obra carecería totalmente de sentido”. Estas palabras de Suárez en su renuncia al Instituto Di Tella lo dicen todo acerca de su búsqueda artística y su filosofía de vida.

La de Suárez es una obra que cuestiona y hace temblar los valores que la sociedad establece para ser exitoso en la vida. Suárez desde su serie de los trepadores advierte sobre los peligros del triunfalismo, el consumismo y el capitalismo. El artista quería vivir con lo mínimo indispensable y despojarse de todo lo que fuera accesorio.  No concebía tampoco un arte hermético o para las elites. Si bien él tuvo una educación privilegiada y provenía de una familia acomodada, Suárez apeló a lo popular, sin dejar de lado las referencias cultas pero consiguiendo una proximidad muy fuerte con el espectador. “La pretensión básica es que mi obra sea legible. Estoy harto de la disección del lenguaje de las artes plásticas el siglo XX. Me interesa llegar a la comunicación directa de una serie de cosas que pienso de los seres humanos, de la vida, del mundo y demás”. Miguel Briante calificó su pintura de grotesca, cruel y arltiana, pero con el refinamiento de un Borges brutal y exasperante.

Lo que le sucedía a Suárez era que muchos admiraban su arte, aunque muchos también lo consideraban demasiado revulsivo como para comprarlo o exhibirlo. Una renombrada galería le pidió que cuando presentara su  muestra no incluyera desnudos, a lo cual Suárez se negó rotundamente.

En su ensayo sobre el artista, que se publicará próximamente con el catálogo, Jimena Ferreiro (curadora) nos habla sobre el proceso de lumpenización de la sociedad argentina que Suárez testificó en su obra Exclusión. En ella vemos a un personaje viajando a toda velocidad colgado de un tren. Como señala Ferreiro, la obra es metáfora de varias exclusiones: quedarse fuera del tren es quedarse al margen de la historia y ser desclasado.

Otra pieza fundamental de esta exhibición es la que muestra a un Narciso plebeyo, Narciso de Mataderos. Rafael Cippolini,  quien además de ser parte de la curaduría, escribió para el catálogo, dice que este personaje (inspirado, claro está, en la figura mitológica) reúne las condiciones perfectas para el prototipo de muchacho de nuestro artista: chongo, barrial, descarado y desnudo.

Los que comen del arte, donde vemos la escultura de un caballo mirando un cuadro de pasto señala una verdad más que evidente para Suárez. Esta es una realidad también de hoy, donde el circuito del arte muchas veces se queda con una tajada demasiado grande de la ganancia de los artistas y donde hay quienes lucran con obras que son puro humo. El mercado del arte hoy hace que se coticen aquellos que se ponen de moda.

En la obra de Suárez hay citas a Berni, Molina Campos, Fortunato Lacámera y Gramajo Gutiérrez. En un principio recurrió a ellos mediante el homenaje, luego fue apelando, asimismo, a la parodia. La exaltación del desnudo masculino recuerda a algunos cuadros de Egon Schiele. Citando mitos y fuentes religiosas, así como a grandes maestros de la historia del arte, Suárez supo encontrar un estilo no solo fácilmente reconocible sino elocuente, valioso y muy personal. Él sostenía que todas las personas cargan su propia cruz y por ello tituló a su escultura de Cristo El hijo del hombre (y no el hijo de Dios).

Su pieza El perla, retrato de un taxi boy, resume la esencia de nuestra sociedad: hay que venderse a toda costa. Pintada con esmalte de uñas nacarado, evidencia la necesidad de mostrarse y de prostituirse en un sistema que no da cabida para todos. Suárez admiraba la escultura clásica como la de Miguel Angel y supo esculpir cuerpos con marcado realismo. Otro tema que resaltó en sus pinturas y esculturas son los actos de solidaridad de gente anónima a los que llamó Beaux gestes o bellos gestos.

 

Como lo señala Ferreiro, citando a Néstor Perlongher, en América el neobarroco se vuelve neobarroso, y por lo tanto paródico, carnavalesco y perverso. Mucho tienen que ver estos adjetivos con las obras que encontraremos en esta exhibición.

Combinando alta y baja cultura, el pintor y escultor hacía énfasis en la comunicabilidad de su trabajo y en que no fuera solo accesible a una elite. Rechazó el conceptualismo; si bien de su arte se pueden extraer muchos conceptos, puso el foco en la materialidad de la obra. Como remarca Laura Batkis, quien fue su amiga y compañera, él renegaba de las retrospectivas. Quizás si viviera Suárez en este momento se opondría a esta muestra tan completa de su trabajo que seguramente lo hará trascender. Él no apostaba mucho a las cosas que trascienden, sin embargo a esta altura ya es imposible no reconocer la relevancia de su legado.