Juan Carlos Martini Real: un intelectual argentino

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A comienzos de 1996 llegó la noticia por radio: había muerto Juan Carlos Martini Real a los 56 años. Dejé de lavar los platos y miré por la ventana de la cocina hacia  la noche. Creo haber sonreído porque esa tarde había comenzado a releer a Tolstoi y uno de los puentes que habíamos cruzado juntos eran los escritores rusos. Por supuesto, había que retroceder hasta 1963 y a la llegada de la Facultad de Filosofía y Letras hasta la Avda. Independencia, desalojada de la calle Viamonte. Me era y me es imposible saber la fecha exacta de nuestro primer encuentro. Seguramente en uno de los bares que existían por los alrededores de la Avda. Indepe3ndencia y que todavía insisten en una supervivencia anodina.

Sí recuerdo que hablamos de libros porque de qué otra cosa? Jamás conocí a nadie ni antes ni después a quien le interesaran tanto los libros, todos ellos y no solamente los literarios. Nacido en 1940, Juan Carlos estaba en los 22 o 23 años y despreciaba con gusto a una facultad que a él no le entregaba nada a cambio de su tiempo. Estaba en la etapa de los rusos y de ahí que Tolstoi surgiera en aquella noche de enero de 1996. Por su intermedio conocí a Lubrano Zas, un hombre ya mayor que, me pareció, oficiaba de padre sustituto de Juan Carlos. El nombre del señor Zas puede encontrarse ahora homenajeado entre las placas del barrio de Boedo. Esto carece de importancia. No ocurre lo mismo con un delicioso libro de cuentos que me regaló y que se titula Seguirá contando hasta el fin.

Él vivía en Carabobo, a media cuadra de la por entonces Avda. del Trabajo. Un atardecer en que él no había llegado, sus padres me explicaron que había sido una de las tantas víctimas de la epidemia de polio del verano 1955-1956. La situación económica de Juan Carlos era precaria y, como necesitaba trabajar, el padre, empleado de Luz y Fuerza, le conseguiría un puesto en esa empresa. Lo planeado se llevó a cabo pero resultó un arma de doble filo: si su sueldo le permitió comprarse un auto de segunda y minúsculo, al propio tiempo Juan Carlos se quejaba de sus compañeros de oficina. Le ocurría lo que era común en los que debíamos ganarnos la vida mientras asistíamos a las clase3s de la facultad: había que soportar el reino de los otros, los que se alimentaban de fútbol, de televisión, de aventuras más o menos eróticas. Estábamos muy lejos de los Cuentos de oficina de Mariani y muy cerca del protagonista de El zoo de cristal.

Los autores norteamericanos del siglo XX lo fascinaban. Y sentía cierto agrio malestar por no saber inglés.  Nos unía el haber comenzado a leer de manera desordenada y sin freno desde que empezáramos el secundario. Pero nuestra formación era deficiente. Nadie nos guiaba en nuestras lecturas y por ahí andaban mezclados José Donoso con William Faulkner o Roberto Arlt con Scott Fitzgerald. Podía ver con claridad que a él le interesaba sí la escritura aunque lo atraía más la vida de aquellos autores. Un domingo invernal por la noche, metidos en su auto en la esquina de la Avda. Vélez Sarsfield e Iriarte, junto a la basílica, me contó de manera parca y sin autocompasión el primer ataque de polio. Sentía pena no por él sino por el trabajo que había significado para su madre el prolongado tratamiento, la angustia de los pulmotores y el resultado final: si bien es cierto que se había salvado, necesitaría revisiones periódicas toda la vida. Para concluir el relato me aclaró que los domingos, como ocurría con muchos porteños, no era el mejor día de la semana para él.

Las dos palabras que resultaban impronunciables eran las standard en aquella facultad: peronismo y cine argentino. Del segundo se admitía alguna película nueva, poco más. Del primero no se toleraba nada. Hubo una discusión considerable en el Querandí, frente al Buenos Aires, y comprendí que en ese terreno nunca nos entenderíamos. Elegí el otro, el que lo impulsaba a conocer a escritores famosos para llevarlos a dar conferencias a un local cercano a su casa. Borges y Sábato fueron dos de los elegidos y por aquella época la gente del barrio asistía a estas charlas que terminaban siendo diálogos. Por supuesto, tanto en su caso como en el mío nos deleitaba aquello que resultaba menor y sin trascendencia: las anécdotas que siguieron y continúan circulando como si el tiempo no pasara.

Debí también acostumbrarme a que él hablara de “el partido” cuando se mencionaba la política. Se trataba del único partido existente para el Juan Carlos de aquellos años: el comunista. Querían, según él, que se afiliara porque lo consideraban joven y valioso. No sé para qué hablaba del tema si sabía que a continuación llegaban las burlas y el sarcasmo. El estreno en Buenos Aires de Después de la caída significó para él el final de Arthur Miller y una traición hacia el comunismo. En aquella ocasión también se encontraba presente Lubrano Zas. Fue cayendo en un pozo depresivo del que fue imposible sacarlo. Nadie hubiera dicho en aquel momento que en 1978 partiría alegremente a Estados Unidos y luego a Europa. En 1964 se pagó la edición de El festín y otros cuentos y luego ocurrió lo mismo con Bichología.

Se ha hablado de los años 60 de manera altamente positiva. Juan Carlos es un claro exponente de la misma. No terminó la carrera de Letras en una facultad que, tenía razón, nada entregaba a cambio del esfuerzo. Y menos en el caso de un escritor. Cuando el sueño se terminó, en 1966, reunió a Juan José Manauta, Alberto Vanasco y Dalmiro Sáenz y los puso al frente de una revista –Meridiano 70- que pretendía la defensa de una universidad pisoteada, de una casa de estudios que, tal vez, se llamaría a silencio durante un tiempo largo. Pero la invasión no afectaba sólo a las casas de estudio. El país entero entraba en una zona oscura. Fue en aquel momento no elegido por ninguno de los dos, que dejamos de vernos. Aquel 2 de enero por la noche en la casa de la playa, mientras lavaba los platos y escuchaba la noticia de su muerte por la radio, pensé que había llegado adonde se había propuesto desde un principio. Los lamentos sobre los abandonos, las traiciones y la desesperanza estaban demás. Juan Carlos era un intelectual argentino que había atravesado editoriales, había escrito una buena cantidad de cuentos, dos novelas y también había incursionado en la crítica. Entonces, ¿cuál era el motivo de las quejas que algunos propalaron por ciertos medios gráficos?

Si se trata de olvido, es el denominador común de la Argentina para el sector de la cultura. Se repiten siempre los mismos nombres y con la velocidad del siglo XXI ni siquiera hay que esperar a la muerte para que llegue el olvido.