#3° Festival de Cine Nórdico: Crítica de Una niña llamada Varpu, de Selma Vilhunen

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Una niña llamada Varpu (Tyttö nimeltä Varpu, 2016), es el primer largometraje dirigido por la cineasta finlandesa, Selma Vilhunen, luego de haber sido nominada, junto a su socio y productor Kirsikka Saan, al Premio de la Academia al Mejor Cortometraje por  ¿Tengo que cuidar de todo?, (2013). Luego de eso, vino el segundo film —Stupid Young heart (Hölmo nuori sydän, 2018) que se proyectó este año en el Festival de Cine de Toronto.

La opera prima de Vilhunen es una maravillosa, con sus consabidos tropiezos, historia de búsquedas. Búsquedas de pertenencia, de identidad, del amor, de encontrar —no importa la edad— un espacio en donde ubicarse frente a todos los reveses que vayan apareciendo en la ardua tarea de vivir.

Ganadora del Premio de Cine del Consejo Nórdico, Little wing, como se la conoce en los países de habla inglesa, es una de esas películas en que la protagonista principal se lleva todos los planos, todas las secuencias y todos los aplausos. No es el primer caso, claro, pero lo que ocurre aquí es que Varpu (Linivea Skog) solo tiene 14 años de edad y esta es su segunda experiencia cinematográfica.

Su actuación es sencillamente magistral. Sus gestos, sus miradas, sus movimientos; todo en ella se desenvuelve de una manera que más quisieran lograr algunas de las más reconocidas estrellas del ambiente artístico. Lógicamente hay por detrás un gran trabajo de dirección de Selma Vilhunen que logra sacar todo lo que tiene de sí la pequeña Linivea — quién ganó el Premio como Mejor Actriz 2017 por Jussi, su primer trabajo actoral, reconocimiento otorgado a la actriz más joven de todos los tiempos en ese certamen— para cautivarnos desde el primer momento.

Siru (Paula Vesala) es la madre de Varpu. Ambas viven en un pequeño departamento de Finlandia. Ambas sobreviven a duras penas. El dinero es uno de los temas que acecha en el día a día, tanto a Siru, que no logra aprobar el examen de manejo —lleva varios intentos fallidos— que se va llevando todos sus ahorros y a Varpu, que toma clases de equitación y que también va corroyendo la economía familiar.

Curiosamente, Varpu sí es una excelente conductora, tanto que una noche, harta de consolar a Siru como si ella fuese su propia madre, roba un auto y decide conducir hasta la casa de un padre al que nunca había visto más que en algunas perdidas fotos que guarda en una caja de cartón; un motivo más que suficiente para desaparecer por varios días. Pero esta ausencia forzada ocurre porque los imprevistos suelen aparecer en los momentos menos indicados. El auto en donde se traslada Varpu queda sin combustible en medio de la ruta. Es entonces que decide seguir a pie, hacer autostop y llegar, al fin, a la casa de su padre para luego volver en un micro de larga distancia. Mientras esto ocurre, su madre entra en crisis. La angustia por la desaparición de su hija la lleva a recurrir a una persona que había contactado en las páginas de citas que abundan en Internet. Una relación que no había prosperado pero que fue el único recurso que tuvo para que alguien la acompañase en esta búsqueda desesperada.

Si bien Linivea Skog captura con su presencia todo el film, Paula Vesala como su madre, hace el contrapunto perfecto en esta historia emotiva y llena de guiños que solemos encontrar en esas relaciones que superan ampliamente el lazo familiar. Como dijimos antes, Linivea Skog no tiene una amplia trayectoria actoral por su corta edad, pero Paula Vesala directamente no la tiene porque no es actriz, es la cantante de la banda PMMP, una de las más famosas y populares de Finlandia. Ambas, gracias a la pericia de una muy inspirada dirección de Selma Vilhunen, logran cautivarnos, enternecernos y emocionarnos en un film sólido y totalmente recomendable.

La música incidental de Jori Sjöroos y Paula Vesala ponen el clima preciso para hacer de esta película una pequeña obra maestra.