Crítica de La boya, de Fernando Spiner

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Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y la de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

(Fragmento de El nadador, de Héctor Viel Temperley)

La boya es una película virtuosa. Su virtuosismo creo yo, radica en un equilibrio que se mueve entre las referencias nostálgicas a un pasado familiar y social, un modo poético y hasta mitológico de concebir el mundo donde la palabra funda verdades que la imagen acompaña, y la naturaleza, con el mar como gran tema que cruza infancias, historias, escrituras, paternidades y amistades, centrando, vinculando esos dos mundos.

El documental de Fernando Spiner navega en las seguras aguas de su propia vida y la de su familia que transcurrió en Villa Gesell, una playa de la provincia de Buenos Aires, uno de los lugares de veraneo más populares de la Argentina. lugar de artistas, poetas, escritores, La presencia de alguno de ellos en medio del relato ocurre en el flujo narrativo de este film con la libertad del que sabe que lo que está allí es así y no otra cosa. La farmacia Spiner, la vocación del padre, los recuerdos que evoca la madre y un hijo que va a Europa a formarse, incluso la voz inicial del bisabuelo ucraniano que en over nos hace ingresar a una historia que el film se ocupará de establcer como mito.

Cuatro viajes desde Buenos Aires estructuran el relato. Son los viajes del héroe tal vez, los cuatro coinciden con las estaciones del año, temporalidad sobre la que la película se sostiene en un sutil equilibrio. Durante esos momentos del año, el realizador viaja a Villa Gesell para encontrarse con su amigo, el poeta y periodista Anibal Zaldibar, la enunciación de esa mirada hace de su amigo un personaje idealizado, su sabiduría tiene que ver con las verdades de la poesía, es el que incluso trae la palabra del padre, y su deseo. Incluso su modo de hablar y de pararse frente al mundo están atravesados por la idealización del enunciador. Ese bastión narrativo juega muy bien con el entorno natural de una ciudad que vive del mar.

Con un diseño sonoro luminoso, los momentos de nado en el mar abierto están realmente logrados, no hacen más que confirmar una fotografía impecable y un trato sincero y ennoblecido con la cámara que lleva el cuerpo del nadador (en otro momento, el poema de Héctor Viel Temperley dignifica la figura del hombre que nada) para registrar ese atravesar la corriente hacia la boya. Una boya histórica que hay que instalar a unos cientos de metros de la orilla, con la posibilidad tal vez que el mar se la trague y asi se trague los tiempos dolorosos de los inmigrantes judios expulsados por la masacre del regimen nazi.

El taller de poesía, los guardavidas celebrando su día, los artistas y escritores que hablan de ese exilio interior, completan la pintura de este lugar en el mundo que es también el lugar de ese momento que una vez al año repite un rito personal y documenta su riguroso ritmo vital.