Crítica de “Pieles rojas”, de Alejandro Mendez Casariego

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“Ya no hay forma de volver atrás”, dice uno de los versos de Pieles rojas, y el lugar mítico al que ya no podemos volver es la infancia, salvo a través del recuerdo. El libro de Alejandro Mendez Casariego es un ejercicio de la memoria a través de la evocación de los juegos infantiles donde  “cada niño que ya está siendo hombre  / elige su trinchera / a veces para siempre”.

Claudia Masin en su excelente prólogo nos trae una palabra de origen galés: “hieraeth”. Difícil de traducir al español, es el “intenso, intensísimo deseo de un retorno imposible”. Según ella, todo el libro puede leerse como una posible traducción de esta palabra a nuestro idioma. En ese deseo, entonces, habita una ilusión que, como tal, es una representación sin verdadera realidad, sugerida por la imaginación.

Los personajes de Pieles rojas ejercitan también su derecho a la ilusión: acuden a ver el campamento de los gitanos para  “celebrar una magia de mentira” o asisten a la proyección de películas: “De este lado, en cambio, / cuando el carretel da su último giro / y la cinta se suelta con un leve chasquido / nuestro mundo de verdad se recorta de nuevo”. Como todo niño, estos que recorren el texto se comportan, según Sigmund Freud, como creadores literarios. El niño crea “un  mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le gusta. […] Lo opuesto al juego no es la seriedad, sino la realidad efectiva”. Ellos son pieles rojas o cowboys, conquistan territorios imaginarios, inventan historias, pero en algún momento de la tarde, pegan la vuelta hacia el hogar, donde los esperan sus sábanas tibias, y agradecen “secretamente y con vergüenza” que no son todo lo que querían ser. El juego tiene un principio y un fin, aunque mientras dure la infancia tendrá cada día un nuevo comienzo.

Este libro también nos habla del final de la infancia, cuando la ilusión se termina, cuando de la película que veíamos proyectada sobre la pared solo queda la “pared vacía”, cuando las “plumas ya no son tan brillantes”, las espadas y las lanzas solo son “palos torcidos de morera”, y todo termina “borrado por el horizonte”.

Pieles rojas puede leerse, además, en diálogo con el libro anterior de Alejandro Mendez Casariego, Los dioses del hogar: en ambos hay una escritura que escapa a los excesos, con una claridad que corresponde a los que saben qué decir y cómo decirlo. El autor es preciso en sus descripciones, pero sin dejar nunca de lado el lenguaje poético. Sus versos nos hablan siempre de lo cotidiano, pero con una hondura metafísica: en cada objeto y en cada hecho, por más insignificante que parezca, subyace algo que lo trasciende: “Tambores de batalla de aquellos días / suenan / fuegos que permanecen encendidos, / gritos que nos alcanzan / voces que se abren paso entre otras voces / traen nuevos cantos repitiendo / las mismas palabras pero ahora  / en un lenguaje que por fin entendemos”.

Felices los poetas “que saben decir mejor que nadie dónde les duele”, en palabras de Pedro Salinas, y felices los lectores que encontramos en los poemas eso que siempre quisimos decir, pero que no supimos cómo.

Los dioses del hogar, Alejandro Mendez Casariego

Pieles rojas, Alejandro Mendez Casariego, Deacá, 2017, 50 págs.