Crítica de Nuestra hermana menor, de Hirokazu Koreeda

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En vísperas de la exhibición de Shoplifters, la última ganadora de la Palma de Oro, en el marco de la Semana del Festival de Cannes en el Gaumont, se estrena en nuestro país Nuestra hermana menor, película también dirigida por Hirokazu Koreeda. Una de las pocas obras realizada por el japonés que no había pasado por las salas argentinas debió esperar tres años desde su premiere mundial en el festival francés allá por el 2015 para aterrizar en Argentina. Nuestra hermana menor forma parte de una cierta tendencia que fue adoptando Koreeda en los últimos años, con la clara influencia del padrino Ozu, en donde los vínculos familiares debilitados por viejas disputas y rencores  vuelven a examinarse y recomponerse en un drama costumbrista.

La muerte del patriarca de una familia lleva a las 3 hijas de su anterior matrimonio, las cuales abandonó al fugarse a la ciudad de su amante, a asistir al funeral del difunto. Allá conocerán a Suzu, otra hija desperdigada por los amoríos del padre, que se trasladará a Yamaguta con sus tres hermanas. La aparición de Suzu en la vida de sus hermanas será el detonante para que se replanteen el vínculo con su padre y su madre, así como también la postura de ellas frente a sus respectivos trabajos y a la vida misma. La frescura de Suzu motivará a sus hermanas a superar conflictos personales, principalmente en el personaje de Souchi, quien de alguna manera está reproduciendo la misma situación que la que vivieron sus padres, a raíz de un adulterio con un compañero de trabajo.

El tradicionalismo del cine de Koreeda está en cada uno de los planos de la película, para el deleite de cualquier adepto al costumbrismo y a la puesta en valores del cine japonés. Nuestra hermana menor es un film amable, sencillo, donde todas las decisiones tomadas son correctas y donde no existe ningún pliegue, ruptura o desajuste narrativo. Todo está bien y ése es su mayor problema: no ofrece nada nuevo al género ni a la larga lista de películas japonesas o europeas de esta índole. No existe ningún desvío o riesgo que le brinde matiz a una película cuyo humanismo está servido en bandeja, sin el obstáculo de algún conflicto que le de entidad al film. De la misma manera que con la posterior “Después de la tormenta” Koreeda cede ante la cómoda fórmula del costumbrismo, en la que cualquier atisbo experimental se ve contrarrestado por una melodía diáfana y anestesiante.

Nuestra hermana menor, basada en una novela gráfica (manga) de Akimi Yoshida, es absolutamente disfrutable y tiene como mérito principal el aura de Haruka Ayase, (Suzu) que embellece la película con cada intervención suya. El devenir de los personajes y la solución a sus conflictos personales ya están dados desde la primera escena y durante 125 minutos siguen su curso natural hasta un cierre en el que no queda nada pendiente. En detrimento de generar una obra que despierte simpatía, Koreeda abandona cualquier audacia narrativa o discursiva –que había mostrado, por ejemplo, en After life-, lo que hace que Nuestra hermana menor no trascienda más allá del momento en que se baja el telón de la sala.