Crítica de “La mediocridad y sus dones”, de Mariano Díaz Barbosa

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La mediocridad y sus dones es una novela que se va desplegando en sucesivas capas de lectura. En principio, es una historia de amor trágico entre un pintor ya mayor y fracasado, y una adolescente de 16 años; también contiene fragmentos que reflexionan sobre el arte y sobre la figura del artista descripto como un maldito. Por último, es una novela psicológica en el sentido de que ahonda en los conflictos existenciales del pintor y de Friné, un personaje riquísimo que excede el papel de Lolita, ese que al comienzo los lectores estamos tentados de asignarle.

El libro está dividido en tres partes cuyos epígrafes marcan los tres momentos de una historia que, como la tragedia griega, nos habla del destino inexorable: “¿Alguna vez hubo otra posibilidad para mí?”, pregunta Friné sintetizando el dolor de su existencia. La primera parte se inicia con una cita de Thomas Bernhard que remite a las obsesiones que matan. El protagonista de la novela es un hombre atormentado, con una infancia muy dolorosa que nunca podrá superar del todo. En el velorio de su examante y musa inspiradora, se encuentra con la hija de ella, y a partir de entonces juntos van a iniciar un camino que puede definirse a partir de la cita de la segunda parte, la de Rainer Maria Rilke: “Lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible en un grado que todavía podemos soportar”. La belleza como objetivo del arte, pero también como búsqueda cotidiana, suele trasmutar en su contrario y se transforma en una pesadilla para los protagonistas: “Quizás la belleza sea el proceso mismo de ensanchamiento de una grieta que nos invita a soñar con el derrumbe…”. La última parte, precedida del epígrafe del Eclesiástico, nos habla del final del camino, el del reconocimiento, la anagnórisis griega que supone el acceso a la verdad para los personajes.

Siguiendo con la construcción de la trama, la historia esta es narrada en tercera persona, pero solo en las dos primeras páginas, ya que luego pasa a una narración desde el yo del pintor hacia un tú que es Friné. La escritura deviene como algo necesario, impostergable, casi más importante que la pintura misma: “Sólo aspiro a desenhebrar de la punta de esta lapicera un nuevo ovillo de letras, regenerando algunos hechos, no importa si inventados o no. Es necesario seguir, seguir, como vos me dijiste esa última noche, Friné”.

El mencionado tema del destino se relaciona con varios contrastes que recorren la novela: vida/muerte, juventud/vejez, plenitud/decrepitud. No menos importante es el tema de la maternidad/paternidad. Ya hablamos de la infancia del protagonista; en esta su padre lo castigaba y lo humillaba porque lo consideraba un idiota, y su madre asiste a este maltrato sin intervenir. Después está su propia paternidad, ausente, ya que su mujer lo abandona llevándose a la hija de ambos; también está el padre de Friné, al que ella no conoce, y finalmente está su propia relación con esta joven, la que tiene matices incestuosos considerando su edad y la relación que lo unía con la madre. El padre simboliza la ley y aquel a quien simbólicamente hay que matar para crecer, ese dios que tiene que caer. El pintor de la novela lamenta no haberse “comido y vomitado” al padre como una manera de vengarse de él. En el caso de Friné, no hay una superación de la figura materna, esa prostituta que determina su destino: “Toda mi vida luché por no ser ella, y anoche comprobé que yo había iniciado ese camino, que el veneno ya había empezado a tomarme la sangre”. Tanto él como ella no logran despegarse de esa imagen paterna/materna que les impide construir una personalidad sana y que también les impide construir algo con el otro.

Más allá de lo que hace al significado de la novela, es destacable la escritura de Díaz Barbosa, en especial la perfección que logra en las descripciones, uno de los sellos de su estilo. Hay un vocabulario especial que se asocia con imágenes de enfermedad, decadencia, destrucción: “Esas luces se reflejaban como luciérnagas en los diques, y a cada nuevo temblor del agua estanca, titilaban, para luego expandirse como marcas de tinta en una metástasis que vadeaba sobre las olas insípidas. (…) sólo quedaron mendrugos de color. Con el tiempo, estos fueron reemplazados por nuevas pinceladas de ese pus luminoso”. Hay, asimismo, descripciones pictóricas que, a su vez, se combinan con la música: “La cocina se poblaba con las notas del viento que silbaba por las rendijas de la puerta y la ventana. La batuta daba unos golpecitos, en forma de rama, contra el cristal esmerilado. Las articulaciones de la parra chasqueaban, mientras sus uvas ridículas y venenosas colgaban rígidas del mar verde y agitado”. Entre todas las descripciones, tienen un lugar especial las que intentan definir a Friné como una manera de atrapar en palabras todo lo que de ella se escapa al protagonista.

La novela de Díaz Barbosa, en síntesis, nos habla de seres rotos, eternos disconformes, que emprenden una búsqueda de la belleza que los aleja de la mediocridad, pero también de los dones que esta tiene reservados para los que se resignan.

La mediocridad y sus dones, Mariano Díaz Barbosa, Lacre, Grupo Editorial Insólitas, 2018, 244 páginas.