Liliana Díaz Mindurry – Poesía completa (1990-2017)

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Una de las primeras observaciones que pueden desprenderse de estos textos es que la mayoría toma como punto de partida una obra pictórica. Liliana Díaz Mindurry aclara en sus apuntes iniciales que “no es, en rigor, una poesía ecfrástica”. La écfrasis es la representación verbal de una obra plástica; surge del concepto de Horacio, que en latín se expresa como Ut pictura poesis (“como la pintura, la poesía”). En términos de la cultura clásica, es una descripción, en palabras, de un objeto visual; en términos más amplios, podríamos considerarlo como una resignificación, una reescritura, por así decirlo, de otra obra.

En el caso de Díaz Mindurry, la obra pictórica sirve como un disparador del pensamiento: la imagen es el gatillo que conduce al poema a recorrer ideas, a luchar contra preconceptos, a mostrarnos que las cosas son y no son al mismo tiempo. Esto lo hace con gran precisión; una precisión que, paradojalmente, tiende al equívoco. Como explica en su ensayo, “La maldición de la literatura”, considera que la palabra literaria “dice mal”, es decir, lleva al malentendido, a la polisemia, a un abanico de significados y sentidos, y que es justamente ese equívoco el que produce literatura.

Lo que se enuncia y lo que es, la presunta verdad de lo que dicen las palabras, frente a la verdad, también presunta, de lo así llamado “real”; cada enunciación es relativa, una contradice a la otra — esto es el caos. Y en este caso, “caos” se refiere a lo impredecible, a la falta de causalidad entre fenómenos, pero también al estado primigenio del cosmos, como creían los griegos.

No nos podemos aferrar a nada, ni siquiera a la palabra, menos que menos a la palabra. En su escritura intenta romper con las ilusiones, con ese maya del hinduísmo (“maya”, en sánscrito, significa “no es” [ma=no, ya=es]; se traduce por lo general como “ilusión”); es contra eso que escribe Liliana Díaz Mindurry. En varios pasajes de “El nacimiento de la tragedia”, Nietzsche menciona el velo de Maya, cuya eliminación nos llevaría a descubrir que todo es Uno; cree que el arte puede disolver el velo que ha tejido la diosa. Eso es lo que busca también Liliana Díaz Mindurry: mirar lo que no se ve a simple vista, lo invisible, con eso que es lo único que tenemos: la palabra, esa que afortunada y desafortunadamente dice mal; se trata de una iluminación o satori. Y esta iluminación, este entendimiento, se logra por medio de la paradoja, el decir y desdecir, el desdibujar lo que se intenta describir, empujando los límites del lenguaje, por medio de la rigurosidad y la precisión: otras dos características de la escritura mindurriana.

Es una poesía que intenta unir todos los aspectos: lo siniestro, lo bello, la alegría, la desdicha, el horror; es una danza de la negación y de la duda, una mirada con ojos abiertos para ver lo que se ve con los ojos cerrados, una búsqueda inútil de la palabra que solo puede maldecir, ocultar, opacar.

Y es una poesía llena de elementos presuntamente “no poéticos”: hay violencia, hay sarcasmo. Y en cada momento hay un equilibrio inestable, siempre está presente la vacilación, la duda, la imposibilidad de definir, de afirmar. La palabra traiciona por querer darle un nombre a las cosas, pero no es la cosa misma. Dice Shakespeare: “Qué hay en un nombre? Lo que llamamos rosa por cualquier otro nombre tendría el mismo perfume.” Y Wittgenstein pregunta “¿Es la rosa roja en la oscuridad?” Estas son preocupaciones también de la obra mindurriana.

Ya desde su primer libro, se fusionan la música, la pintura, la poesía; leer el poema es hacer una visita a un museo de bellas artes en el que recorremos corredores del pensamiento. Se erige una construcción entre lo pictórico y lo lingüístico, un edificio que se teje en el interior del lector.

En su segundo libro, explora lo narrativo. Cada poema es un “canto”, referencia a las partes de los poemas épicos, pero también, es una manera de unir la música al poema (su libro anterior era una “sinfonía”). El lenguaje aparece como una selva, y se pierde el hilo, que puede ser también el hilo de Ariadna al adentrarse en el laberinto de las palabras; dice Liliana Díaz Mindurry: “sólo me queda el engaño de la palabra”.

La geometría, la simetría es el mundo muerto, estéril de los dioses. El caos, lo indecible es el mundo vivo, confuso, contradictorio, violento, de lo humano. Y se pregunta qué es la realidad: “¿Es más real ese pájaro sangrando / que la idea del pájaro que sangra?”, lo que recuerda a la serie de cuadros de Magritte, “La traición de las imágenes”, que muestran una pipa y tienen escrito “Ceci n´est pas une pipe” (Esto no es una pipa). La representación no es el objeto; sin embargo, es tan real como el objeto mismo, tan real como las palabras que lo definen, tan real como las ideas que se desprenden a partir de dicha representación, o tal vez no sea nada de eso.

Este libro tiene dos partes: Llanto de Aracné” y “La Anunciación de Leonardo Da Vinci”. El primero está compuesto como un monólogo, casi teatral, en la voz de Aracné, personaje de la mitología griega que, según cuenta Ovidio, por hacer alarde de sus dotes de tejedora, participó en un concurso con la diosa Atenea y lo ganó, tejiendo un tapiz sobre las infidelidades de Zeus, provocando la ira de Atenea y la ulterior metamorfosis de la muchacha en araña. La segunda mujer es la Virgen María, recibiendo serenamente, según el cuadro de Leonardo, la noticia de su rol como madre de Jesús. Lo interesante es que, si bien en esta pintura particular de Leonardo, María está leyendo un libro cuando recibe al ángel, hay otros cuadros que la muestran tejiendo, o con una rueca a su lado; es decir, tanto Aracné como María son tejedoras. La mujer como tejedora, como las Moiras que tejen el hilo de la vida, o Penélope que teje y desteje la mortaja del padre de Odiseo a la espera de su marido, o la diosa hindú Maya, la Suprema Tejedora, que teje el velo de la ilusión; en palabras de Liliana Díaz Mindurry: “Mi tela separa el sueño de los durmientes del sueño / de los despiertos”.

En su tercer libro, “Wonderland”, continúa su exploración de lo narrativo en la poesía. Las dos representaciones de la mujer de su libro anterior se convierten ahora en dos representaciones de la angustia: José Rodríguez, profesor de filosofía en la primera parte, y Alicia, ama de casa alcohólica en la segunda, que hace referencias a “Alice in Wonderland” de Lewis Carroll, referencias deformadas, transformadas a través del espejo de la locura y la desdicha. Las referencias se multiplican; en este juego de espejos, Alicia se vuelve cucaracha de Kafka: esta cucaracha es un habitante más del bestiario mindurriano; sus libros están poblados por serpientes, tigres, moscas, pájaros, arañas, cucarachas, gatos, perros, y aquí, en Alicia, también hormigas, lobos, panteras, gusanos y un lagarto. El Wonderland de esta Alicia es un país de las pesadillas. Como dice Jorge García Sabal en su prólogo: “En Wonderland, las dos secciones que configuran el libro van unidas a cierta perplejidad de lo “aparente real”, a lo “aparente imaginario” y, en los dos casos se trata de cruzar el umbral, pasar al otro lado.”

La palabra “perplejidad” que señala García Sabal, significa “irresolución, confusión”, y es una de las características de la conversación que según Emil Cioran, “sólo es fecunda entre mentes dispuestas a consolidar su perplejidad”, que es precisamente el juego que propone Díaz Mindurry al lector: la perplejidad en una conversación que produce, en sus palabras, “un estallido en la cabeza de quien sabe leerla porque pretende sacar a las palabras de sí mismas.” Este estallido, este estado de perplejidad ante lo presuntamente real y lo presuntamente imaginario, surge como consecuencia de los elementos que tenemos para aprehender el mundo: las palabras. Volviendo a Cioran: “Lo que puede decirse carece de realidad. Sólo cuenta y existe lo que no se vierte en palabras”. Y, como demuestra una y otra vez Liliana Díaz Mindurry, a lo largo de su obra, las palabras solo sirven para decir mal, para darnos, con su maldición, la bendición que es la literatura.

Su cuarto libro editado, “Resplandor final” fue escrito en los años 90, si bien fue publicado en 2011. Aún aparecen referencias al misticismo inicial de su obra y hay exploraciones de la imagen, a veces violenta, a veces de extrañamiento; queda un dejo de narratividad, si bien la historia es más bien sugerida que explícita. Como dice ella en los apuntes iniciales, la pintura, y podría decirse, por extensión, todos los elementos de la cultura (referentes mitológicos y religiosos, filósofos y pensadores, artistas plásticos, escritores, e incluso los cineastas) sirven “como punto de partida del pensamiento. Está en él mi idea del resplandor, del aura de las cosas antes de extinguirse o en la extinción”. La poesía de Liliana Díaz Mindurry es una conversación con la cultura, con eso que, junto con las palabras, nos moldea como seres humanos.

El último libro incluido en este volumen, “Cazadores en la nieve”, tiene un acápite de Friedrich Nietzsche: “El mundo se vuelve fábula”, y el libro, que está compuesto de dos partes, explora, por un lado, la mirada, la resignificación de los objetos a través del tiempo y de la mirada individual, y por otro, la mentira y la simulación. Dice Nietzsche, en “De la verdad y mentira”: “La ilusión de las metáforas, la no coincidencia de las palabras con las cosas, se inscribe naturalmente en ese arte de fingimiento o disimulo”. La simulación, la mentira, la falacia de la que habla Nietzsche, en palabras de Liliana Díaz Mindurry se expresa así: “Es él, / el que miente por gusto, el que caza mentiras. / La mentira tiene gusto a fresas escondidas debajo de la nieve.

En su poesía, Liliana Díaz Mindurry se vale de recursos como la negación: “nadie nace nunca / en ningún mundo.”, hasta llegar a profundizar el equívoco, la incapacidad de decir que tiene la palabra: “Lo que diga no es eso”. Alterna entre la precisión y la duda: “un vaso o apenas un recipiente para ser bebido”, donde el hecho de definir provoca más imprecisión; es otra forma de entrar en el caos. Tiene una mirada de extrañamiento sobre lo cotidiano, transforma los objetos y las acciones en algo imantado: “se va a dormir envuelta en esos trapos que se llaman sábanas” o “los que / ayudan a llorar con el agua de sus ojos”.

El lenguaje es impreciso por naturaleza, hay una imposibilidad en la afirmación (y lo digo afirmando, aunque sé que también es mentira). Afirmar, negar, negar, afirmar: es imposible comprender, aprehender, el mundo. La angustia de no poder decir, de no poder definir, de solo poder nombrar con el nombre que no es. La representación no es el objeto, y la representación en palabras no es la representación de eso que fue representado como pintura.

Se acerca al abismo, al vacío, a la nada, temas que recorren toda su obra desde el principio: “Y cualquier hecho / mirarlo o no mirarlo / revela / siempre lo mismo: / la vocación de abismo de las cosas”. El hecho de escribir es “inventar libros referidos a cuadros referidos a mundos, / referidos a nada”, porque ¿qué nos pasaría “si la nada es lo único que una puede guardar / en eso / llamado / corazón”?

En esta imprecisión del lenguaje, siembra certezas, luego plantea una duda, la afirmación y la negación conviven simultáneamente: “No hay esto o lo otro sino una sola cosa y / a la vez / no hay universo”, simplemente “Porque no es así, / por más que busque en el revés del pensamiento, / este cuadro no puede ser”. La poesía de Liliana Díaz Mindurry busca en el revés del pensamiento para penetrar el tejido de Maya.

Como nota al pie, la palabra “caos” es un anagrama de la palabra “cosa”, y también de la palabra “asco”: estas tres están presentes a lo largo de la obra mindurriana: “el asco de las palabras, aún no nacidas / pero por fin, / muertas del todo”, “Última música para ordenar / el caos, es decir, un bosque de laberintos”, “Había una vez, hubo una vez o no hubo nunca. No debo decir el caos.”, “y desapareció el tan dulce engaño de las cosas.”, “la vocación de abismo de las cosas.”

La poesía de Liliana Díaz Mindurry es escurridiza. El sentido se escabulle, los significados son volátiles, huidizos: representan ese “resplandor”, esa revelación que está por producirse, lo extraño agazapado. Como dice en uno de los poemas del libro (Dos en el hielo): “No hay cazadores en la nieve, ni museo que lo contenga. / Porque no es así, / y está bien que no lo sea, / es posible sentir la extraña alegría, / la tibieza, / la dulzura / de saberse en un mundo / erróneo.” El poder, el placer, del arte permite reconfortarnos con eso que no es, con eso que pertenece a un mundo erróneo, a un mundo de equívocos, porque lo único que tenemos es la palabra, que no define, ni puede definir, que no es la cosa, que es imprecisa. Belleza resplandeciente, así es la escritura mindurriana, crueldad, dolor resplandeciente. Es una poesía descarnada, vital.

En sus apuntes, Díaz Mindurry concluye: “La poesía es violenta. Produce un resplandor agregado completamente inútil como la Rosa de Silesius”. Este aforismo del libro de Angelus Silesius, “El peregrino querúbico” (1657) fue elegido también por Jorge Luis Borges para definir la poesía: “La rosa es sin / porqué / florece / porque florece”. Liliana Díaz Mindurry comenzó en 1990 a plantar ese jardín de objetos tan inútiles como imprescindibles que son los poemas, para ir corriendo, de uno en uno, los velos de Maya, para mostrarnos el caos tal cual es, atravesando la maldición de eso que, en su caso, siempre dice más de lo que dice decir: la palabra.

“Poesía completa” de Liliana Díaz Mindurry reúne los 5 libros de poesía publicados entre 1990 y 2017: “Sinfonía en llamas” (1990), “Paraíso en tinieblas” (1991), “Wonderland” (1994), “Resplandor final” (escrito en 1995 y publicado en 2011) y “Cazadores en la nieve” (2014). Se incluyen también tres poemas del libro aún inédito, “Guernica” (2017).