Las mujeres y la escritura: un largo camino hacia la “habitación propia”

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Cuando en 1669 Sor Juana Inés de la Cruz entró en un convento de la Orden de San Jerónimo para poder dedicarse a su vocación literaria, sin saberlo estaba adelantando una constante en la relación mujer/escritura: la búsqueda de un espacio propio que, a su vez, derivara en un reconocimiento dentro de la misma sociedad. Sin embargo, más allá de las dificultades por las que pasaron las escritoras, desde sus orígenes, la novela estuvo ligada a la aparición de una cultura de lectoras, y el crecimiento de la novela moderna estuvo relacionado, según Henry James, al extraordinario avance de la mujer.

Si bien, en el siglo XVIII, hubo muchas mujeres escritoras, esto no implicó que fueran reconocidas como los hombres. Habrá que esperar al siglo XIX para que la mujer entre en la literatura desde otro lugar, ese que estaba naturalmente destinado al sexo opuesto.

Esther Tusquets asocia escritura con peligrosidad, y explica esta relación en el prólogo al libro de Stephan Bollman, Las mujeres que escriben también son peligrosas: “De hecho, vive peligrosamente todo aquel que intenta escapar a las normas establecidas, y esto rige tanto para los varones como para las mujeres. Solo que, en el caso de los hombres, las normas establecidas han sido siempre tan amplias que ellos han podido permitírselo casi todo sin tener que violarlas. Las nuestras, han sido, por el contrario, estrictas y asfixiantes”.

Las mujeres que escriben también son peligrosas, Stefan Bollmann

¿Cuáles son esos mandatos a los que las mujeres han tenido que someterse durante siglos? Atender la casa, el marido, tener hijos son parte de una vida circunscripta al ámbito privado, mientras que el hombre siempre fue el que tuvo más acceso al ámbito público. Lo cerrado, lo acotado, lo oculto, lo callado remiten a lo que se esperaba de la mujer. Entonces, en el caso de que ella se animara, es lógico que escribir fuera una actividad de puertas adentro, sin proyección hacia el afuera o con una proyección más acotada que en el caso de la escritura para los varones.

No es casual, explica también Esther Tusquets, que ninguna de las cuatro grandes novelistas del siglo XIX que marcan el ingreso de la mujer en la literatura por la puerta grande –George Eliot, Jane Austen y las hermanas Brontë– tuviera hijos o que Santa Teresa, una de las escritoras más notables de la literatura en lengua española, fuese una religiosa. ¿Cómo combinar maternidad y profesión? Muchas mujeres alternaron la escritura con la maternidad o la postergaron a la espera de que los hijos crecieran. Es que escribir requiere tiempo y soledad, como decía Marguerite Duras: “Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir”. Harriet Beecher-Stowe, autora de La cabaña del Tío Tom, por ejemplo, tuvo siete hijos y mientras ellos fueron chicos no consiguió escribir más que en forma esporádica. Toni Morrison, en cambio, decía que ocuparse de sus hijos le había permitido sacarse de encima otras actividades que eran un estorbo en su vida.

Aunque Virginia Woolf se lamente de que las mujeres escritoras carezcan de una “habitación propia”, de una independencia económica, de haber tenido acceso a la universidad o de estar limitadas a la novela de costumbres o a la psicológica, en razón de lo acotado de sus experiencias, estos no son motivos definitorios para no escribir. Dejando de lado las épocas históricas en las que las mujeres no tenían acceso a una educación similar a la de los hombres, la escritura no requeriría más que un deseo impostergable de ejercerla. Pero no todo fue siempre tan fácil, como venimos viendo.

Una cosa es escribir y otra es publicar. A la hora de sacar los libros a la luz, muchas mujeres tuvieron que esconder su verdadero nombre. Las novelas de Jane Austen llevaron como referencia “By a lady”; las tres hermanas Brontë se cambiaron el nombre; Mary Anne Evans tomó el nombre de su amante, George Eliot; la francesa Aurore Dupin firmó como George Sand; la española Cecilia Böhl de Faber, como Fernán Caballero; la catalana Caterina Albert, como Víctor Català; Colette publicó sus primeras novelas bajo el nombre de su marido.

Para Simone de Beauvoir, otra gran escritora: “De la legión de mujeres que acarician la idea de dedicarse a la literatura o al arte, muy pocas perseveran. E incluso aquellas que han superado este primer obstáculo permanecen con frecuencia divididas entre su narcisismo y el propio sentimiento de inferioridad”.  Al respecto, es conocido el caso de Jane Austen, que escribe Orgullo y prejuicio a escondidas y que ocultaba su escrito cada vez que sentía el ruido de la puerta al abrirse. “Sin alardear, ni tratar de herir al sexo opuesto, puede decirse que Orgullo y prejuicio es un buen libro. En cualquier caso, a uno no le hubiera avergonzado que lo sorprendieran escribiéndolo. (…) A los ojos de Jane Austen, había algo vergonzoso en el hecho de escribirlo”, reflexiona también Virginia Woolf.

Pasó el tiempo, las escritoras están a la par del hombre en materia de publicación, pero no está de más seguir pensando acerca del lugar de la mujer en cualquier ámbito. Después de todo, siempre se trata de una cuestión de poder: la escritura es un espacio privilegiado de poder y, como decía Michel Foucault, “Donde hay poder, hay resistencia”.