Margartet Atwood: realismo y compromiso

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Margaret Atwood es una poeta y novelista canadiense que nació en 1939 en Ottawa. Se destaca por el dominio de la construcción dramática dentro de su narrativa; por su concepción realista y comprometida de la literatura; por el uso de dos lenguas literarias, el francés y el inglés, y por su abordaje de diferentes géneros.

Con su primer libro de poemas, publicado en 1961 bajo el título de Double Persephone, ganó la medalla E. J. Pratt. Otros premios obtenidos por Atwood son el Governor General’s Award, el Commonwealth Literary Prize y el Príncipe de Asturias de las Letras en 2008.

Algunas de sus obras dentro de la narrativa son: The Edible Woman (1969), El cuento de la criada (1985), The Blind Assassin (2000), The Year Of The Flood (2009). En poesía escribe Expeditions (1965), Speeches for Doctor Frankenstein (1966), Selected Poems (1976), Interlunar (1984), The Door (2007), entre muchos otros títulos. También escribe ensayos y cuentos.

El cuento de la criada es una contrautopía que transcurre en una supuesta república fundamentalista cristiana soberana en el territorio que hoy son los Estados Unidos, y en la que las escasas mujeres fértiles son recluidas, como esclavas, para ser fecundadas y dar a luz a los hijos de la oligarquía.

El cuento de la criada (fragmento capítulo I)

Dormíamos en lo que, en otros tiempos, había sido el gimnasio. El suelo, de madera barnizada, tenía pintadas líneas y círculos correspondientes a diferentes deportes. Los aros de baloncesto todavía existían, pero las redes habían desaparecido. La sala estaba rodeada por una galería destinada al público, y me pareció percibir, como en un vago espejismo residual, el olor acre del sudor mezclado con ese toque dulce de la goma de mascar y el perfume de las chicas que se encontraban entre el público, vestidas con faldas de fieltro —así las había visto yo en las fotos—, más tarde con minifaldas, luego con pantalones, finalmente con un solo pendiente y peinadas con crestas de rayas verdes. Allí se habían celebrado bailes; persistía la música, un palimpsesto de sonidos que nadie escuchaba, un estilo tras otro, un fondo de batería, un gemido melancólico, guirnaldas de flores hechas con papel de seda, demonios de cartón, una bola giratoria de espejos que salpicaba a los bailarines con copos de luz.

En la sala había reminiscencias de sexo, soledad y expectación de algo sin forma ni nombre. Recuerdo esa sensación, el anhelo de algo que siempre estaba a punto de ocurrir y que nunca era lo mismo, como no eran las mismas las manos que sin perder el tiempo nos acariciaban la región lumbar, o se escurrían entre nuestras ropas cuando nos agazapábamos en el aparcamiento o en la sala de la televisión con el aparato enmudecido y la luz de las imágenes parpadeando sobre nuestra carne exaltada.

Suspirábamos por el futuro. ¿De dónde sacábamos aquel talento para la insaciabilidad? Flotaba en el aire, y aún se respiraba, como una idea tardía, cuando intentábamos dormir en los catres del ejército dispuestos en fila y separados entre sí para que no pudiéramos hablar. Teníamos sábanas de franela de algodón, como las que usan los niños, y mantas del ejército, tan viejas que aún llevaban las iniciales U. S. Doblábamos nuestra ropa cuidadosamente y la dejábamos sobre el taburete, a los pies de la cama. Enseguida bajaban las luces, pero nunca las apagaban del todo. Tía Sara y Tía Elizabeth hacían la ronda; en sus cinturones de cuero llevaban colgando aguijadas eléctricas como las que se usaban para el ganado.