#33MdqFestival: Crítica de Entre dos aguas, ganadora del Astor de Oro

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Doce años atrás, Isaki Lacuesta estrenó La leyenda del tiempo. Entre dos aguas (2018), es una suerte de secuela de aquella película que se concentra en las vidas de Israel y Chelito, dos jóvenes hermanos que siguieron caminos muy distintos. La ganadora de la última Concha de Oro en San Sebastián y los premios Astor al Mejor Actor y Astor a la Mejor Película en este 33° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata es un relato sensible, transparente en su puesta en escena y altamente emparentado con el formato documental.

Que Israel Gómez Romero haya obtenido el premio al Mejor Actor por interpretarse a sí mismo es todo un signo de lo que ocurre con el cine en la actualidad, una de las formas del arte que ha tenido que reformular su ontología frente a la proliferación de otros tantos medios vinculados a la exhibición de la propia vida, además de la construcción de la realidad que propone el periodismo. Sería un tema de larga discusión (que no pretendemos dar aquí) que sirve, en definitiva, para hacer extensivo el análisis hacia muchas otras filmografías contemporáneas.

Lacuesta recupera dos personajes (¿personas?) de La leyenda del tiempo y expone sus vidas, en una apuesta que cruza documental y ficción pero que, más allá de esta hibridez, deviene una experiencia emocionante, sensible, auténtica.

Las vidas de estos hermanos tienen un mismo punto de partida pero dos presentes muy diferentes; mientras Chelito trabaja en la marina, tiene una esposa que lo ama y tres hijos, Israel acaba de salir de la cárcel (en donde vivió tras haber sido denunciado por su propia madre), su esposa no lo recibe y eso condiciona que pueda vincularse con sus tres hijas (la menor prácticamente no lo recuerda). A partir de este estado de situación, el film aborda la hermandad, pero también la búsqueda del perdón y la tentación (Israel se debate entre tener un trabajo precario o volver a dedicarse al tráfico de drogas).

Con esos mismos temas bien podría haberse hecho una película “ficcional pura”, pero queda claro que a Lacuesta le interesa transitar otro tipo de estética. Su film también sirve para ver qué ha quedado de la tradición frente a la modernidad y la precariedad que enfrenta Andalucía, un territorio que posee un rico cancionero y cuenta con una amplia presencia de la comunidad gitana, a la que los dos hermanos pertenecen.

Si bien es verdad que esta apuesta no siempre funciona, el riesgo que implica el trabajo de actores no profesionales queda superado con creces; hay momentos de una frescura poco frecuente en el cine actual, como aquellos en donde la cámara ingresa al universo del agua (hay varias secuencias de natación) o se dedica a graficar el penoso derrotero de Israel, al que le cuesta tener a su hermano como punto de referencia. Estamos, en suma, frente a un cine de emociones genuinas, justamente reconocido en este Festival de Mar del Plata con el premio mayor.