Crítica de: “Cold war” de Pawel Pawlikowski

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Después de esa obra maestra que fue Ida (2013), ganadora del Oscar a la Mejor Película Extranjera y considerada la mejor película del siglo XXI por 177 críticos de todo el mundo, el director polaco Pawel Pawlikowski lo hizo de nuevo. Y con las mismas herramientas estéticas que maneja a la perfección, esto es: un purísimo blanco y negro —sugerente hasta el dolor—, pantalla cuadrada, encuadres pictográficos y una historia que quedará grabada en nuestra memoria —y en nuestros corazones— hasta pasadas varias horas de que terminen los créditos finales. Y es que Pawilowski trabaja con la maestría de un orfebre minimalista. Si bien Cold War (2018) tiene suficientes momentos dramáticos, en ningún momento el director se detiene en ellos más de lo necesario; queda para nosotros llenar esos huecos emocionales cortados por una edición impecable y es por eso que terminada la película nos queda ese resabio de haber querido más, habernos angustiado más, hasta ¿por qué no?, haber sufrido más. En el fondo somos seres emocionales que disfruta con placer de alguna que otra lágrima furtiva. Pero es que el director polaco supone que menos es más, verdad absoluta para muchas de las mejores obras artísticas.

Ambientada en 1949, en la Polonia de la posguerra —es aquí donde arranca la historia— Viktor (Tomasz Koz) e Irena (Agata Kulesza) realizan un arduo trabajo de campo por los territorios devastados y asolados por una guerra que culminó solo hace un par de años. Entre la nieve, el barro, el clima desangelado de las estepas y las ruinas, van grabando en un magnetófono temas populares de la región para una futura academia artística —integrada también por bailarines de danzas folklóricas— que formarían parte de un cuerpo nacional de baile y danza autóctonas, la Mazowske Troupe. En una de las tantas audiciones en donde han sido convocados decenas de cantantes y bailarines, aparece Zula (Joanna Kulig) que interpreta una canción a dos voces con otra de las postuladas. Mientras Irena hace comentarios elogiosos sobre la otra cantante, Viktor pone su mirada en Zula. Le pide que intérprete otra canción —un tema que luego será el leit motiv de la película y llevado al ritmo exquisito de jazz— y eso le basta para incorporarla al plantel. A partir de ahí Zula va demostrando su talento, tanto en el canto como en el baile, y se convierte en una promesa artística.

Irena no se convence sobre su pasado oscuro. A Viktor eso es lo que le atrae. En un ensayo entre ellos dos, Zula le pregunta: “¿estás interesado en mi talento o en mi en general?”, a lo que Viktor le responde con una nota musical del piano. Porque si hay algo que los unió en ese tiempo de tanto dolor y devastación, fue la música. Pero esa misma música, pura y sin ningún tipo de partidismos, pronto será colonizada por la ideología del estalinismo. La Mazowske Troupe se transformará en una agrupación artística de propaganda comunista. Irena no está de acuerdo con ese giro partidista y se aleja con cautela. Viktor deserta hacia Francia.

Durante casi veinte años, Zula y Viktor se amarán abiertamente, en secreto, se separarán, se buscarán, se odiarán, se celarán—de hecho Zula se casa con Kaczmarek (Boris Szyc) y Viktor mantendrá una relación con la poeta Juliette (Jeanne Balibar) —, pero nunca se olvidarán uno del otro. Es así que su amor traspasará todas las fronteras cercanas para encontrarse fuera de Polonia, en la Francia de los años ´50, y para reencontrase nuevamente en Polonia, ya en la década del ´60. Su amor pasional, tormentoso, a prueba del tiempo y el espacio les es tan necesario como perjudicial. Por eso quedamos pasmados con ese final devastador, con esa entrega hacia un terreno en donde ya nada podrá volver a separarlos, ni siquiera ellos mismos.

Con una estética de film noir —algunas escenas recuerdan a Casablanca (1942)—, el director —graduado en Filosofía y Literatura alemana por la Universidad de Oxford— vuelve a su país de origen para homenajear, en cierta medida, la vida de sus propios padres, dos enamorados que vivieron tantos encuentros y desencuentros como los protagonistas de su película.

La Guerra Fría es el marco elegido para esta historia en donde toda Europa está armándose y desarmándose continuamente, como Zula y Viktor, que no terminan de encajar en lado alguno y son espectadores de cambios culturales como el rock and roll, la vanguardia, la bohemia francesa y el jazz internacional, al que terminan por adaptarse, como en ese bar en donde Zula hace una interpretación magistral del tema con el que se conocieron, “Dwa Serduszka Cztery Oczy”, luego “Two hearts four eyes”, y que luego aparecería en su primer y único disco.

Si bien no tiene la densidad dramática y la complejidad temática de Ida, Cold War es otra pequeña joya cinematográfica. Cada fotograma es una postal que nos envuelve con su estética preciosista, melancólica, sugestiva y envolvente; mérito absoluto de Lukasz Zal, quien también fue director de fotografía de Ida. La actriz Joanna Kullig no solo aporta su maravillosa fotogenia sino que realiza un papel increíble. El momento en que, mientras está bailando una de las danzas folklóricas en uno de los teatros promovidos por el régimen ve a Viktor en una de las butacas, es digno de mérito. Su asombro, su descoordinación con el resto de los bailarines, su creciente nerviosismo nos demuestra su talento y un gran despliegue emocional que junto a sus miradas a lo largo de todo el film, la convierten en una de las mejores promesas del panorama cinematográfico. Viktor al mejor estilo Humphrey Bogart —de ahí algunas similitudes con la película de Michael Curtiz— es el sufrido amante que todo el tiempo se encuentra pisando terreno movedizo, tanto política, como sentimentalmente.

Sin dudas, uno de los grandes filmes del año —Pawlikowski ganó el Premio al Mejor Director en el 71° Festival de Cannes por esta película— y una de esas obras artísticas que se convertirán en referente con el correr de los años, y que demuestra que el cine clásico goza de buena salud.