Entrevista a Alejandro Lifschitz y Gustavo Slep, directores de El jolgorio de los santos

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El sainete y el grotesco criollos se hacen presentes, aunque trasladados a un espacio distinto: la celebración del Día de los Muertos en un pueblo mexicano. Dos comunidades vecinas compiten para presentar el mejor altar, lo que da paso a la presencia del arte que nos remite a Frida Kahlo y a Diego Rivera, entre otros.

Alejandro Lifschitz es el autor de El jolgorio de los santos y también codirige la obra junto con Gustavo Slep. En un diálogo con ambos, hablamos de la estética de la obra y de lo que implica el trabajo en conjunto.

¿Qué relaciones entre sainete, grotesco y arte popular mexicano tuviste en cuenta para crear esta obra?

Alejandro: Hay varios elementos del sainete y el grotesco criollo que están presentes en la obra. La idea era apropiarse de determinados valores de esas tradiciones del teatro popular argentino, pero correrlas de sus formas típicas. Así, lo que sucedía en un conventillo en el sainete clásico en nuestra obra sucede en una vecindad mexicana. Tanto desde el punto de vista espacial como social hay notables similitudes, ya que en ambos casos se trata de un patio central rodeado por viviendas, ocupadas por gente de origen humilde. Esta disposición edilicia da pie al encuentro entre los personajes en un lugar común, al aire libre, característica constitutiva del sainete que está presente en nuestra obra. Por otro lado, un recurso que utilizaba el sainete habitualmente era la presencia de dialectos hablados por los inmigrantes que, por la extrañeza de su sonoridad para el público local, generaban un efecto cómico.  En este caso es el dialecto mexicano, exacerbando sus sonoridades y palabras extrañas al público argentino, funciona en ese mismo sentido. Además, la obra retoma algo de la mueca del grotesco discepoliano. Esto es un gesto cómico, pero que por debajo contiene un aspecto dramático. Las temáticas del éxito y el fracaso, y de los sueños incumplidos cruzan permanentemente las historias de los personajes en la obra.

¿Cómo se actualizan estos dos subgéneros tan abordados por nuestro teatro en especial en cierta época?

Alejandro: La idea es retomar ciertas virtudes de esa teatralidad, pero sin quedar pegados, como deudores de cierto rigor histórico respecto de sus premisas. Nos apropiamos de los elementos que sentimos que potencian nuestra teatralidad, de aquellos procedimientos que nos interesan, que nos gustan, pero siempre en contacto con la sensibilidad de nuestra época, con lo que intuitivamente tenemos como referencias estéticas. El desafío sería reivindicar el arte popular en general y el teatro popular en particular, pero desde un lugar que se corra de cierta idea de pieza de museo, para buscar una poética que tenga su propia potencia escénica en la actualidad.

¿Cuál es tu vinculación personal con el arte o la cultura mexicana?

Alejandro: Yo nací en México, en el Distrito Federal. Mis padres son argentinos y en la época de la dictadura militar se fueron exiliados a México. Vivimos en ese país hasta el retorno de la democracia. Si bien viví hasta los cuatro años de edad, en mi casa siempre estuvo muy presente la cultura mexicana. Las comidas, la música, los cuadros y hasta los adornos mexicanos fueron siempre parte de mi cotidianeidad. Desde hace un tiempo sentía el deseo de trabajar con cierto universo de lo mexicano porque estéticamente me resulta muy atractivo y porque me interesaba brindar, de alguna manera, un homenaje al país que abrió sus puertas a mis viejos y a tanta gente que tuvo que exiliarse perseguidos por la dictadura militar.

¿En qué momento toman contacto entre ustedes y piensan este proyecto juntos?

Gustavo: Con Alejandro Lifschitz nos conocimos en el año 2017, mientras cursábamos la Diplomatura en Dramaturgia del Centro Cultural Paco Urondo (Facultad de Filosofía y Letras, UBA). Ahí fuimos viendo que compartíamos muchos elementos y visiones en común a la hora de escribir y pensar una obra: la apelación a cierto tipo de humor, un imaginario cercano, una cierta estética, una reivindicación de lo popular y de personajes de fracaso. Por otra parte, ambos estamos relacionados no solo con la escritura teatral, sino también con la actuación. A mediados de año, Alejandro me acercó una obra que había escrito recientemente, El jolgorio de los santos, y me comentó su interés de hacer una puesta de la obra, con él como actor y con un grupo de actores con los que él ya venía trabajando en otros proyectos. También,  me dijo que, desde su lugar de autor, quería aportar su visión para la puesta. Entonces consideramos que la mejor forma de llevar adelante el proyecto era a través de una codirección en la cual ambos pudiéramos articular nuestras visiones y puntos de vista sobre el montaje de la obra.

¿Cómo plantearon esta puesta en colaboración? ¿Qué implica codirigir una obra?

Gustavo: Lo que nos planteamos desde un primer momento fue cómo hacer que los imaginarios y los aportes de cada uno potenciaran el proceso de puesta en escena. Intercambiamos permanentemente nuestras visiones sobre la obra, la estética, el tono de actuación. A nivel operativo, esto significó que las directivas dentro de los ensayos estuvieran en términos generales a mi cargo –para que Alejandro pudiera asumir plenamente su rol como actor–, pero que las decisiones sobre la estética de la obra, las características de los personajes y la puesta de cada una de las escenas fuera conversada y consensuada entre los dos. Es decir, que hubo un ida y vuelta constante sobre la marcha de la puesta y la dirección. Por otra parte, ambos participamos de igual forma en todas las decisiones sobre los aspectos artísticos de la obra: vestuario, escenografía, iluminación. Al no limitar todo a una única mirada, la codirección puede enriquecer mucho el proceso. En nuestro caso, además, el hecho de que Alejandro sea autor de la obra, nos permitió incluso hacer ajustes a la dramaturgia sobre la marcha, que de otra manera no lo hubiéramos podido hacer.

Alejandro: Para mí resultó una experiencia realmente enriquecedora. Siento que con Gustavo tenemos coincidencias muy profundas respecto de la teatralidad que nos interesa construir. En lo personal me sucedía a menudo, con el trabajo de Gustavo, que veía cómo surgían posibilidades escénicas que nunca se me hubieran ocurrido, a pesar de haber escrito la obra, y que enriquecían y mejoraban notablemente el material. También contamos con un elenco muy poderoso que se apropió de la propuesta e hizo un aporte extraordinario.

Alejandro, contanos un poco de Fandango.

Fandango Teatro es una sala que llevamos adelante conjuntamente con Ailín Hercolini, que en la obra hace el personaje de Chaparrita. Abrimos hace cuatro años y para nosotros es un sueño cumplido. Logramos sostener un lugar para el teatro independiente donde, no solo tenemos la chance de mostrar nuestros propios proyectos, sino que es un espacio abierto para toda la comunidad teatral. A su vez, en Fandango hemos logrado armar una escuela de actuación de manera que el espacio está permanentemente nutriéndose de una energía creativa que nos llena de orgullo. En estos tiempos tan difíciles tener la posibilidad de sostener este espacio es para nosotros una alegría y un desafío enormes.

Sábados a las 22.30 h; Fandango Teatro, Luis Viale 108 (CABA)