Entrevista a Efraim Medina Reyes: “Escribir es un oficio marginal”

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La primera vez que leí a Efraim Medina Reyes fue en Salvador de Bahía, durante un verano en que fui a visitar a Dan, un entrañable  amigo mío con quien me une mucho más que la complicidad de la vida. Su manera estrambótica de vivir, su inteligencia y, sobre todo, su maravilloso sentido del humor ligado a una sensibilidad rayana en la locura logran en mí una profunda admiración. Por estas razones, y muchas otras, cuando al segundo día de estar instalado en su casa me dijo que antes de irme tenía que leer una novela (Dan tiene la fuerte convicción de que los buenos libros no se prestan ni se compran: se roban) que iba a cambiar por completo mi visión sobre la literatura, no dudé un instante. El libro en cuestión fue Érase una vez el amor pero tuve que matarlo. Dan, otra vez, tenía razón. Y la novela de Efraim Medina Reyes se convirtió en motivo de largas charlas que terminaban en borracheras y discusiones –imaginábamos que el autor aprobaría sin reservas nuestra conducta–, risas y reescrituras en el aire. Podíamos citar pasajes enteros o completar una frase, un diálogo, un adjetivo en medio de una conversación entre otras personas. Nadie adivinaba nunca de qué estábamos hablando y por qué nos reíamos. Éramos jóvenes y la literatura nos mantenía cerca, a salvo de la estupidez. Érase una vez el amor pero tuve que matarlo fue la escritura sagrada de nuestra amistad. Y lo sigue siendo.

Muchos años más tarde, tuve la oportunidad de entrevistarlo para el Suplemento Radar Libros de Página/12. Fue por motivo de una novela, Lo que todavía no se sabe del pez hielo. Siguió pasando el tiempo y, a la distancia, Efraim y yo nos hemos vuelto amigos –o tal vez yo hice todo lo posible para ser amigo suyo a la distancia–. Nunca le conté lo que estoy escribiendo ahora ni sobre la profunda admiración que siento por su literatura y su persona. La entrevista que salió en Página/12, por cuestiones lógicas de espacio, dejó muchas cosas afuera. Ahora, gracias Leedor, tengo la posibilidad de saldar dos deudas pendientes: agradecerle a Efraim Medina Reyes y decirle a Dan que este próximo verano le voy a devolver el libro que le robé.

¿Cómo funcionan en tu caso los tiempos de escritura y publicación?

Existe una relación estrecha entre producir, traficar, distribuir y consumir cocaína. Son fases indisolubles de un mismo negocio. La producción de cocaína crece cada año en proporción a la desesperada demanda que llega de uno a otro extremo de la Tierra, incluso la supuesta “guerra a la cocaína” es parte integral del negocio. Y, por supuesto, para quienes obtienen las mayores ganancias de esta multinacional del crimen, es fundamental que conserve su estatus ilegal: cero impuestos, cero compromiso con sus empleados, ninguna responsabilidad con el cliente, ningún control de calidad o cualquier otro proceso burocrático, publicidad gratuita y pena de muerte con efecto inmediato para evitar malentendidos. El oficio de escribir es distinto. No existe una relación directa entre escribir, publicar y vender libros y cuando digo “publicar” me refiero estrictamente al mercado editorial y al nada subjetivo hecho de que un editor X compre aquello que has escrito, lo edite, publique, distribuya y venda al menos 10.000 copias de dicho producto. Si no es así, más te valdría dedicarte al tráfico de cocaína y dejar de hacer el pendejo creyéndote escritor. Los escritores que tienen la fortuna de vender millares de copias y lograr eso que llamamos “éxito” finalmente pueden dejar de escribir y dedicarse con todas sus fuerzas a publicar libro tras libro para cumplir, llenos de dicha, las exigencias del mercado. Quien publica un libro cada seis o doce meses recurre a una técnica genial e infalible que consiste en saltar esa aburrida fase del negocio editorial que es escribir el libro y dedicarse velozmente a llenar páginas y mandarlas a su agente. No hay nada de sospechoso en esto, es absolutamente legal, y aunque a mí me parezca una mierda lo que producen Coelho, Ruiz Zafón o Isabel Allende, envidio sus cifras de ventas y sus vacaciones en la Costa Azul. Lo que me parece una idiotez es que alguien empiece a escribir teniendo como objetivo fama y celebridad: escribir es un oficio marginal, un refugio de perdedores con ínfulas de grandeza, de ceros a la izquierda con sobreproducción de granos en la cara y adjetivos que los justifiquen. Al respecto las estadísticas son claras: el 99.7% de libros, con pretensiones literarias, que se publican cada año en el mundo (incluyendo cualquier formato y modalidad editorial) no logran vender más de 30 ejemplares. Por contraste existen claros indicios de que de todas las personas que intentan, al menos una vez en la vida, traspasar las fronteras de Europa, Asia o Estados Unidos con un kilo de cocaína a cuestas, el 77% lo logra. En tales circunstancias es normal que quienes intentaron en vano ser escritores de éxito o al menos vivir del oficio hayan creado todo un sistema para sobrevivir a costa de las nuevas camadas de aspirantes. Este sistema incluye desde facultades de literatura en prestigiosas universidades del globo terráqueo hasta cursos caseros de escritura creativa. Obviamente no todos encuentran espacio en el sistema y quizá a estos últimos debamos, tarde o temprano, incluirlos en ese hipotético y desventurado 23% que no consiguen pasar su kilito de cocaína… En mi no hay caso, estudié medicina, y mis sueños fueron ser campeón mundial de boxeo o decadente estrella de rock: el resultado son 14 combates con igual número de derrotas (mi único record perfecto), y todavía estoy aprendiendo a tocar el bajo. Me gusta escribir, pero no soy idiota. Jamás he relacionado las emociones íntimas y expiatorias que me procura el acto de escribir con fama, dinero o chicas rubias. Escribir es un asunto mío y en esto, como en todo, sigo mi propio ritmo.

La maternidad es un tema recurrente en tu literatura. Entre la abnegación y el desconocimiento de lo que hacen sus hijos.

Crecí, como la mayoría de chicos que crecieron conmigo, sin padre. Incluso los padres que se quedaron atascados en la vida doméstica del barrio no representaban mucho. La figura de la madre dominó nuestras vidas; hemos tenido con ellas una relación visceral y creo que es un rasgo característico de mi país. Para mí el padre es una sombra. No sabría contarlo de otro modo, no lo conozco. El problema de Teo es que el lupus le crea una dependencia sobrenatural de la madre y obviamente la idealiza, y no creo haya nada más peligroso que idealizar a la madre.

 A sus veintisiete años Teo tiene todas las características de un adolescente tardío, ¿pensás que hay en esos años una lucidez que se va perdiendo con el tiempo?

El hombre fracasó en todos sus sueños (paz, amor, equilibrio, mundo mejor y tantos otros eslóganes) y triunfó en todas sus pesadillas (guerra, pobreza, rock en español y programas de cocina). Su respuesta a este desastre monumental de la Utopía ha sido refugiarse en la adolescencia, en ese monstruoso limbo autoreferencial que hay entre la niñez y la vida adulta. Hay un vacío de rigor en el hombre contemporáneo: fuimos abandonados de todo, de nuestras aspiraciones, fantasías y miedos metafísicos en nombre de una realidad estúpida y mezquina. Por decir algo banal, en Italia durante la última década, los hombres de treinta o más años gastaron más dinero en productos de belleza que las mujeres de cualquier edad. La vida se alarga y los hombres estiran al máximo posible esa edad indefinible cuyo límite estaba fijado entre los trece y los veinte. Otro dato, que no concierne solo a Italia, tiene que ver con la avanzada edad en que los hombres dejan hoy la casa materna o deciden tener hijos.

¿Cómo ves el panorama literario actual?

El oficio de escribir o el acto de escribir se multiplica mientras el libro muta, se adapta o se degrada, depende del punto de vista. Todos hoy podemos abrir un blog o perfil virtual, publicar lo primero que nos venga a la mente, y tener seguidores y detractores. Todos hoy podemos ser el centro de algo, sentir que importamos, que nos somos uno más en la larga fila de las ilusiones muertas. También podemos editar libros electrónicos sin costo alguno, crear revistas, etc, etc. La industria editorial está en crisis, pero no la escritura. Nunca antes en la historia de la humanidad hubo tanta gente escribiendo o soñando con ser escritor. Quizá el único problema que afrontarán los futuros escritores será encontrar lectores, pero dudo que esto les preocupe demasiado. Imagino que en el futuro ser lector será uno de los oficios mejor pagados y que los lectores que satisfagan la vanidad de más escritores se convertirán es celebridades e irán de vacaciones a la Costa azul. Lo cierto es que en las bibliotecas del mundo, la mayoría de ellas públicas, hay dispersos alrededor de once mil millones de títulos… Ocurre igual con la producción de automóviles, a nadie le preocupa si ya no hay sitio donde parquear, todos quieren el último modelo porque comprar uno usado les parece humillante.

 ¿Qué opinas de los premios literarios?

No es un secreto que los premios literarios que otorgan diversas editoriales son arreglados de antemano y funcionan como una burda fachada de una más que evidente estrategia comercial basada en que el público de ciertos países es tan imbécil que da por sentado que la mejor película es la que gana el Oscar y el mejor libro es aquel que ha recibido un premio de la misma editorial que lo publica. Y es así como un montón de pendejos, lo suficientemente avispados para arreglar sus premios, se convierten en pequeñas celebridades empacadas al vacío. La verdad es que no encuentro nada de malo en que las editoriales hagan lo posible por vender libros, después de todo ese es su negocio, pero que convoquen como abierto un premio ya cerrado raya en la estafa o el paquete chileno (sin negar que una película puede ser buena a pesar de ganar el Oscar). En un par de ocasiones, me han ofrecido participar de esta comparsa y mi respuesta sigue siendo la misma: aceptar dinero y titulares fáciles de prensa no sería un problema para mí, el lío es que después no resistiría la tentación de contar los pormenores.