Italo Calvino, del neorrealismo a la metanarrativa

0
0

Italo Calvino (1923-1985) fue un escritor italiano. En 1947, y con la ayuda de Cesare Pavese, publicó su primera novela, Los senderos de los nidos de araña. También escribió ensayos, Punto y aparte (1980) y Colección de arena (1984), que recogen textos publicados en diferentes diarios y revistas, en los que reflexiona acerca de literatura y sociedad.

La trilogía Nuestros antepasados –integrada por El vizconde demediado (1952), El barón rampante (1957) y El caballero inexistente (1959)– marca un cambio en su literatura dejando de lado el neorrealismo. En los tres libros trata sobre la soledad y el miedo del hombre en medio de la sociedad. En 1963 publica Marcovaldo, obra en la que confluyen el realismo y lo fantástico, y a partir de la cual Calvino se inclina más hacia los argumentos científicos y la experimentación literaria, como en Cosmicómicas (1965) y Ti con zero (1967).

Posteriormente, retoma su gusto por lo fantástico en El castillo de los destinos cruzados (1969), una meditación mágica sobre el destino del hombre, y en Las ciudades invisibles (1972), descripción de una serie de ciudades imaginarias puesta en boca de Marco Polo. Se advierte en estas obras un deseo de indagar en los mecanismos de la escritura, en sus impedimentos y en los significados que se esconden detrás de las palabras y de las cosas. En esta indagación acerca de la escritura, se nota la influencia del Estructuralismo y la Semiología, de Roland Barthes, del grupo Oulipo de Raymond Queneau, de Jorge Luis Borges, y de Laurence Sterne y su novela Tristram Shandy.

Dentro de esta línea metanarrativa, Si una noche de invierno un viajero (1979) es la obra que más reflexiona sobre la práctica de la escritura, y sobre las relaciones entre el escritor y el lector. El libro lo forman diez capítulos insertos en un marco.

Si una noche de invierno un viajero (fragmentos)

Apareciste por vez primera ante el Lector en una librería, tomaste forma apartándote de una pared de estanterías, como si la cantidad de los libros hiciera necesaria la presencia de una Lectora. Tu casa, al ser el lugar donde lees, puede decirnos cuál es el lugar que los libros tienen en tu vida, si son una defensa que tú interpones para mantener alejado al mundo de fuera, un sueño en el que te hundes como en una droga, o bien si son puentes que lanzas hacia el exterior hacia el mundo que te interesa tanto que quieres multiplicar y dilatar sus dimensiones.

….

¡Qué bien escribiría si no existiera! ¡Si entre la hoja en blanco y la ebullición de palabras e historias que toman forma y se desvanecen sin que nadie las escriba no se metiera en medio ese incómodo diafragma que es mi persona! El estilo, el gusto, la filosofía personal, la subjetividad, la formación cultural, la experiencia vivida, la psicología, el talento, los trucos del oficio: todos los elementos que hacen que lo que escribo sea reconocible como mío, me parecen una jaula que limita mis posibilidades. Si fuera sólo una mano, una mano trunca que empaña una pluma y escribe… ¿Quién movería esa mano? ¿La anónima multitud? ¿El espíritu de los tiempos? ¿El inconsciente colectivo? No lo sé. No es para poder ser el portavoz de algo definible por lo que quisiera anularme a mí mismo. Sólo para transmitir lo escribible que espera ser escrito, lo narrable que nadie cuenta.

Las ciudades invisibles (fragmentos)

El infierno de los vivos no es algo que será: existe ya aquí y es el que habitamos todos los días, el que formamos estando juntos. Dos formas hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y convertirse en parte de él hasta el punto de dejar de verlo ya. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio.

….

Nadie ha dicho que Kublai Kan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le describe las ciudades visitadas en sus misiones, pero es cierto que el emperador de los tártaros continúa escuchando al joven veneciano con más curiosidad y atención que a cualquier otro de sus emisarios o exploradores. En la vida de los emperadores hay un momento subsecuente al del orgullo de pensar en la amplitud ilimitada de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber que pronto renunciaremos a conocerlos y comprenderlos; una sensación como de vacío que nos acosa en la noche al sentir el olor de los elefantes después de la lluvia y el de la ceniza del sándalo que se enfría en los pebeteros; un vértigo que hace temblar los ríos y las montañas historiados sobre las ancas fulvas de los planisferios, que enrolla uno tras otro los despachos que nos anuncian la caída de los últimos ejércitos enemigos, derrota tras derrota; que cuartea el lacre de los sellos de reyes cuyos nombres jamás habíamos oído, quienes imploran la protección de nuestras armadas triunfantes, a cambio de tributos anuales en metales preciosos, pieles curtidas y caparazones de tortuga: es el momento desesperado en el cual descubrimos que este imperio, que nos parecía la suma de todas las maravillas, es un desmoronamiento sin fin ni forma, que su corrupción está demasiado engangrenada para que nuestro cetro pueda ponerle algún remedio, que el triunfo sobre los monarcas adversarios nos ha hecho herederos de su prolongada ruina. Sólo en las relaciones de Marco Polo, Kublai Kan lograba discernir, a través de las murallas y las torres destinadas al derrumbe, la filigrana de un designio muy sutil para escapar a la mordedura de la carcoma.