La viajera de “las voces”: Guillermo Cácharo recuerda a Hebe Uhart

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No sé si decir que conocí a Hebe Uhart, salvo de esa forma ligera con que solemos decir que conocimos a alguien que vimos una vez.

Tuve un par de charlas telefónicas con ella. Y compartimos dos viajes en auto, y una mañana: un sábado de agosto de 2016.Mañana espléndida, fría y de pleno sol. Habíamos acordado que pasaría a buscarla 9:20 por su casa. Llegué 9:15, y Hebe ya estaba en la vereda del edificio, fumando, con una bolsa en una mano, de esas de papel, de zapatería o casa de regalos, y con la expresión que le he visto en la mayoría de las fotos.

“Contame de nuevo cómo es el grupo” me dijo al ratito de saludarnos. En Castelar nos esperaban los integrantes de los talleres de lectura que coordino. Más o menos repetí lo que le había dicho en nuestra primera charla (la segunda había sido sólo para confirmar la fecha, al regreso de uno de sus viajes): unas treinta personas, de entre veintipico y ochenta y tantos de edad, con experiencias y formaciones heterogéneas, apasionados por leer de todo y compartir en grupo esa experiencia, casi ninguno vinculado específicamente a las Letras y a esa altura ávidos por encontrarse con ella. “Qué lindo, no lectores profesionales sino lectores lectores”, comentó casi como para sí. Ningún otro tema cercano a la literatura hubo en la conversación el resto del viaje. Hablamos de la locura del tránsito en Capital; de la preocupación por los eternos cambios inútiles del sistema educativo; del tren Sarmiento de antes y el de ahora; del colegio de Castelar donde ella había dado clases antes de que yo entrara como alumno –y muchos años después como docente–, cuya biblioteca lleva el nombre de su hermano sacerdote, que fuera uno de los fundadores y que murió muy joven (pero de eso no hablamos y sé que casi no lo hacía); de la diferencia entre haber vivido en Moreno y vivir en Capital; de política. Vaya a saber por qué me alegró confirmar lo que había leído por ahí sobre su manera de rematar frases en la charla desde la primera que cerró con un rápido “¿Sí o no?”. Escribo esto y me vuelve ese remate con su voz, y reaparece aquella alegría.

Aceptó como con resignación el aplauso que le brindó el grupo apenas llegamos. Se sentía lo que expresaba ese aplauso. Durante un mes habíamos leído y comentado cuentos suyos, y perduraba la fascinación que había provocado su escritura. La charla empezó sin ningún protocolo. Escuchó cómo le contaban lo que habían disfrutado: unos la forma de narrar los detalles, otros las evocaciones que les produjeron los mundos familiares y barriales de sus textos, otros la magia de su lenguaje que se reconocía poético sin necesidad de ninguna estridencia.

Respondió cada pregunta y fue intercalando largos párrafos sobre su historia personal, sus procesos de escritura, su fervor de viajar “para conocer voces”, su curiosidad por los animales y cómo escribir sobre ellos. Volvía a cautivarnos la magia de su palabra, la naturalidad con que producía el encantamiento. Y cada vez que proponía una idea, que redondeaba un concepto: “¿Sí o no?”

“Siempre pensé que hay que escribir sobre lo que se conoce”, dijo en medio de un anecdotario hilarante, que desplegó cuando promediaba el encuentro. Situaciones reales de personas reales y comunes, simples e insólitas a la vez, con las que mostraba dónde solía encontrar la literatura agazapada. En la forma como relató aquellos fragmentos de historias sentí ecos del lenguaje de muchos de sus cuentos, esos en que la voz que narra parece situarse en un mundo tan nuevo que aún no existen todas las palabras para lo que se quiere nombrar.

“Bueno, ustedes son lectores” dijo en un momento, y de la bolsa sacó un sobre de papel madera. “Así que les traje cosas para que lean; algunas a lo mejor las conocen, igual es un poco de lo que me gustaría compartir, se las dejo”. Había fotocopias de algunos cuentos, de Rubem Braga, Paulo Mendes Campos, Lucia Berlin, Fernando Sabino. Y una hoja manuscrita, que aún atesoro. “La hice a las apuradas, pero es lo que hoy pensé recomendar”: una lista diversa, en la que se encontraban Mansilla con Lydia Davis, Askildsen con Villoro y textos sobre aves o animales argentinos. “Así que lean, sigan leyendo siempre”. Otro aplauso intenso, y fin de la charla.

Firmó libros entre chistes. Compartimos los sanguchitos de rigor y algo de beber. Intercambió anécdotas del Oeste con varios, y encontraron conocidos en común. Le regalamos una planta, con flor, una orquídea. Le explicaron los cuidados que había indicado el vendedor. Alguien le dijo que ojalá fuera para ella igual de significativo que estar guiando la hiedra. Sonrió agradeciendo la alusión. (Escribo esto y necesito ir a ese cuento suyo. Leo: Entendí qué pasa con los que se mueren y con los que se van; vuelven en sueños y dicen: ‘Estoy, pero no estoy; estoy, pero me voy’ y yo les digo: ‘Quedate otro ratito’ y no dan ninguna explicación. Si se quedan lo hacen como ajenos, en otra cosa, y me miran como visitas lejanas. En esa región del olvido adonde han ido tienen otras profesiones y han adquirido otro modo de ser. Y todo lo que hemos peleado, hablado, comido y reído pasa al olvido y no quiero yo conocer personas nuevas ni ver a mis amigos; en cuanto empiezo a hablar con alguien, ya lo mando yo misma a la región del olvido, antes de que le llegue el turno de irse o de morirse”. Pienso: Quedate otro ratito, Hebe. Lo sentimos aquella mañana; no era lo mismo que como se siente hoy.)

En el viaje de vuelta hablamos brevemente de autores que nos gustaban; después, del tránsito en las autopistas; otra vez del colegio (una de las integrantes del taller había sido docente allí junto con ella, y la había alegrado la sorpresa del reencuentro); de comidas; de animales domésticos y exóticos. No le dije que su obra era uno de esos encuentros que me habían cambiado profundamente el sentir y el pensar de la escritura y la lectura; sabía que esas declaraciones no le gustaban.

La dejé en su vereda, donde me había esperado unas horas atrás. Después del saludo, es la última imagen de Hebe para mí: ella de espaldas, entrando al edificio, y desde el interior de la bolsa de papel en que habían ido las fotocopias, la orquídea asomando su flor.

Vuelvo ahora entonces a su cuento, y busco el final: “Arre, hermosa vida”.

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