Crítica de Nace una estrella de Bradley Cooper

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A star is born —una de las obras musicales más apreciadas por el público en general y estadounidense en particular, junto a las ya consideradas clásicas como Cantando bajo la lluvia (1952), Amor sin barreras (1961) o Cabaret (1972) — tiene un largo camino recorrido. Sin considerar a Hollywood al desnudo (1932) como el germen de lo que luego serían las cuatro adaptaciones posteriores, esta última versión, la de Bradley Cooper, sería la cuarta y una de las más brillantes. El puntapié inicial lo dio un cuento de Adela Roger St. Johns —considerada en la década del ´20, como la mejor reportera por sus entrevistas para la revista Photoplay—, que fue tomado por el director George Cukor para ser llevado a la pantalla. Luego de eso, vinieron las remakes A star is born (1937) de William Wellman, A star is born (1954) nuevamente por el mismo George Cukor con la participación de Judy Garland y James Mason y A star is born (1976) de Frank Pierson con la presencia y la voz inconfundible de Barbra Streisand y Kris Kristofferson.

En el medio, adaptaciones mediante, las profesiones de los protagonistas fueron variando. Al principio el estrellato parecía darlo la actuación. Tanto en el cuento original como en las dos primeras películas, ser actriz era parte de los grandes logros a alcanzar. Es con la versión de Frank Pierson en donde la actuación deja paso a la interpretación musical. No olvidemos que el argumento original es una feroz crítica al star system de Hollywood y que fue concebido en una época en que comenzaba una transición, traumática para muchos actores y actrices, del cine mudo al sonoro. Ser actor o actriz en esos tiempos era más importante que ser cantante. Claro que en los años ´70, el paradigma cambia y se direcciona hacia la música y las performances en grandes estadios, que tanto Barbra Streisand como Kris Kristofferson formaron parte en la vida real, y hacen que las estrellas cambiaran de firmamento. En este sentido la versión de Cooper es más fiel a la última versión que al original. Tanto él como Lady Gaga, son parte del mundo de la canción. Hoy por hoy, el estrellato se vuelca más a los grandes auditorios en donde se palpa al momento el valor de la fama y el éxito que en los cerrados estudios de producción cinematográfica y, por consiguiente, en las cerradas salas de cine. Por eso el cambio del papel de actriz a cantante es funcional al signo de los tiempos.

A star is born (2018) es la última —hasta ahora— de esta suerte de saga en donde se mantiene el nombre original, el rol de la futura estrella —camarera— y el alcoholismo del protagonista masculino. Parece que el desafío a tomar no está en la variación sino en el tratamiento. Y si bien las criticas especializadas apuntan a que las dos primeras versiones son las mejores, la protagonizada por Gaga y Cooper podría cuestionarle semejante privilegio. Y el mérito no es solo por la dirección de Cooper —primer filme que carga sobre sus hombros— sino por las actuaciones. Lady Gaga no es actriz. Cooper no es director, hasta esta película, claro, y nunca estas prejuiciosas apreciaciones logran surtir efecto. Lady Gaga, como Stefani Joanne Angelina Germanotta, es decir sin la máscara que detenta desde hace tiempo como Lady Gaga, y Cooper como un ser que en la vida real padeció de alcoholismo y drogadicción, ponen su cuerpo y su sangre para que el producto final sea, no solo estéticamente extraordinario, sino emocional, íntimo y cálido. Gaga, según un crítico de Rolling Stone “es un relámpago de emociones”, y tan es así que en varias secuencias sus lágrimas parecen brotar sin contención alguna. La visita que le hace a Jack en la Clínica de recuperación y en el acto final, son realmente conmovedoras.

La historia, no por ser conocida, deja de tener su encanto. El mensaje parece ser que el talento se encuentra en todos lados, solo hay que descubrirlo. Jackson Maine, cantante country, famoso y adicto, conoce en un bar de transformistas llamado Bleu Bleu a una camarera que de noche actúa cantando canciones en francés. El flechazo es instantáneo, por lo menos para Jackson, que deambula de concierto en concierto presa de un vacío existencial y ayudado por su hermano —una soberbia actuación de Sam Elliot como Bobby— y sus amigos ocasionales que lo van levantando de la vida —de forma metafórica— y de las calles —de forma literal— y que lo cuidan y lo protegen. A partir de ahí, Maine va conociendo el talento oculto de Allie, lo que termina para que caiga rendido  a sus pies. Allie no termina de convencerse de semejante amor —no confío en los alcohólicos, dice en un momento—, pero las innumerables muestras de Maine terminan por derribar sus barreras. Y es entonces que Jackson comparte por primera vez su escenario, la invoca ante sus miles de fans y la eleva a un lugar que ella nunca hubiese soñado. Como no podía ser de otra manera, aparece otro personaje en escena que cree en su talento, pero desde el punto de vista comercial. Rez (Rafi Gavron) es un productor que quiere que Allie empiece a valerse por sí misma. Singles, discos y actuaciones mediante la llevan hasta la ansiada antesala de los Premios Grammy, al mismo tiempo que Maine, quien se va apagando no por el talento de Allie sino por sus propios demonios internos, comienza un gradual descenso a los infiernos.

La vida idílica y, en cierta medida bucólica, que se había ido desplegando entre ellos empieza a resquebrajarse. Jackson se pelea con su hermano, se enfrenta con su pasado y hasta con la misma Allie a quien la humilla verbalmente cuando le increpa que uno de sus éxitos se centra en lo más burdo del pop comercial. La situación personal de ambos se mezcla con la profesional, pero el amor es más fuerte, parafraseando al tema cantado por Ulises Butrón en la película Tango Feroz, la leyenda de Tanguito (1993) de Marcelo Piñeyro.

No sabemos cómo habría sido la versión de Clint Eastwood, quien hasta último momento estuvo interesado en dirigirla, pero la versión de Cooper es magistral. No solo agradecemos que hubiese elegido en primera instancia a Lady Gaga, sino que haya puesto hincapié en que todas las actuaciones de ellos como cantantes se hayan hecho en vivo, lo que le da ese vértigo y adrenalina propia de los conciertos a cielo abierto. Y otro acierto: la de intercalar momentos intimistas con la parafernalia del mundo del espectáculo, lo que logra que sus más de dos horas de duración no se convierta en agotadora, tanto si es para un lado como para el otro.

Hay muchas anécdotas que giran alrededor del filme: que Cooper haya exigido a Gaga que no usara nada de maquillaje, que Gaga, por su parte, exigiera que canten sin ningún tipo de sobregrabación y tantas más que se irán develando con el correr del tiempo. Lo cierto es que Nace una estrella siglo XXI es un gran melodrama —con todo lo bueno que encierra la palabra— disfrutable y con unas canciones cuya banda de sonido está rompiendo todos los récords de ventas. El influyente Peter Travis dijo que “Shallow” es la mejor canción de una película en años y me atrevería a decir que también lo es “I´ll never love again”, en cuya extraordinaria performance final, Gaga nos estruja el corazón.

Lejos de los zapatos con tacos kilométricos y su vestuario extravagante, Lady Gaga se convierte en la descendiente de italianos que triunfa en los Estados Unidos—como Madonna— para mostrar su lado humano y visceral. No hace mucho Netflix realizó un excelente documental sobre sus ensayos para el Super Bowl — Five foot two (2017)— en donde muestra sin reservas su lado íntimo, sus problemas con una dolencia muscular (fibromialgia) que la inmoviliza por largos períodos y una faceta familiar con una tía fallecida a quien le dedica una sentida canción llamada “Joanne”. No hace falta decir que hoy, además de ser un icono de la cultura pop, posee una de las voces más impactantes del espectro musical y el Grammy que gana en la ficción parece nada con los seis que lleva ganados en la vida real.

Por su parte, Bradley Cooper —protagonista de la trilogía The hangover, los filmes Silver Linings Playbook (2012) y American Sniper (2015), entre otras— , también adicto a las drogas y el alcohol como Maine, pone su cuerpo y su alma al servicio de una las catarsis más efectivas que tiene el arte para no caer en el abismo: la música, la actuación y, con esta película, la dirección, la producción y el guión. Ambos, a través de Allie y Jackson —sus miradas son imprescindibles para que ello ocurra—  transmiten una química esencial, aquella que nos hace empatizar con sus personajes en forma automática y permanente y, por elevación, también con sus figuras públicas.