Pedro y el Pacto entre Caballeros

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“(…) somos la única especie en la que los machos matan voluntariamente a la hembras, debido a reglas socialmente dictadas o tácitamente admitidas. La descendencia humana desembocó en un comportamiento diferente al de los primates que están, además, en otras líneas de la evolución”. Francois Heritier, “Diferencia de sexos”.

 

“Soy un burro, padre” repite una y otra vez Dante a lo largo de la obra teatral “Padre Pedro”. Y el personaje del sacerdote, de nombre Pedro, de alguna manera y bajo diferentes circunstancias dramáticas, asiente con la cabeza. “Sos un animal, Dante”, le llega a decir por diversos motivos, ni bien avanza el relato. Lo que empieza con el discurso de un joven de pueblo, sin demasiados recursos ni educación y con una postura un tanto naif, se va transformando en un diálogo tenso, sórdido y angustiante acerca de la violencia machista y su cotidianidad. Lo que se pone en escena a partir de un texto disruptivo, pero que inquieta e interpela de manera potente, es la naturalidad de algunos actos que no son juzgados, que pasan inadvertidos y que son parte inexorable de la masculinidad hegemónica.

El abuso, la violencia física y psicológica y el poder del discurso religioso, entre otras cuestiones, atraviesan dos construcciones masculinas disímiles, que sin embargo, encuentran la capacidad de unirse, de acordar, de pactar en nombre de la supremacía de la propia masculinidad y los valores cristianos. Ambas construcciones forman parte de lo mismo.

Dante podría ser el vecino de al lado, o ese muchacho humilde pero “bueno y honrado”, al que se le “va la mano” con su esposa; y Pedro, ese religioso que abusa de su poder “espiritual”.

La pieza teatral tiene la virtud de denunciar ciertas complicidades, ciertas formas toleradas del orden social desigual y violento en el que vive inmersa la humanidad. A pesar de que por momentos, incluso desde un lugar femenino, se pueda empatizar con alguno de los dos personajes (la inocencia de Dante o la figura protectora de Pedro) no deja de hacerse presente la lógica perturbadora de la “animalidad”. Dante no es más “animal” que Pedro. Los dos apelan a un carácter “instintivo” proveniente de una masculinidad irreflexiva para sostener o justificar sus acciones. Ambos intercambian sus roles y posiciones. Pueden ser confesor y confesado, agresor o agredido, quien perdona o quien es perdonado. Lo que tienen en común es que ellos son quienes administran y deciden el destino de las mujeres, de sus mujeres, de su propiedad.

Con momentos de humor muy claves para respirar un poco, y una atmósfera densa, la obra transcurre con notable fluidez. También se juegan en escena otras cuestiones como la sexualidad y el deseo (aunque jamás esté expuesto lo femenino), la represión, el celibato y la monogamia.

Luigi Zoja en su libro “Los centauros. En los orígenes de la violencia masculina” sostiene lo siguiente: “En la identidad femenina, los dos polos de madre y compañera están conectados naturalmente, porque existen en cada estadio de la evolución biológica y social (…). “(…) La masculina, en cambio, está constituida por dos polos que no están integrados entre sí y que tampoco están ubicados en un mismo plano: el padre y el varón competitivo (que podemos incluso llamar ‘macho animal’ o ‘prepaterno’)”.

El carácter animal, la bestia salvaje, el que no puede controlar su agresividad o no puede frenar su “apetito sexual” es el sujeto/personaje que aparece como “varón respetable” porque tiene un prestigio social por ser hombre, vecino, amigo, cura, padre de familia.

Lo que se muestra en “Padre Pedro” es el otro lado de la violencia hacia las mujeres. El personaje de Ángeles, la esposa de Dante, quien sufre permanente la violencia física y simbólica, no está presente en la obra. De ella sabemos por el relato de Dante y algo también por los silencios y ciertas apreciaciones del Padre Pedro. Dante, Ángeles y el cura conforman una suerte de familia. Una familia anclada en la moralina machista de una iglesia de pueblo y sus habitantes, en un espacio que resulta asfixiante para los tres personajes, pero que sin duda resulta criminalmente cotidiano para Ángeles. Lo que se ve es el otro lado de la escena. La presencia por la ausencia.

Cuando leemos u observamos testimonios sobre la violencia hacia las mujeres siempre obtenemos los relatos o de la mano de la víctima o del victimario. Este último siempre aparece negando la situación de violencia o culpabilizando a la propia víctima. En esta pieza, el diálogo entre dos varones exhibe la metodología y el discurso de legitimación de la violencia por parte de un hombre: el desborde, el descontrol, el orgullo en administrar el terror y dominar la situación y las escasas muestras de arrepentimiento. Del otro lado, quien escucha e intenta contener al “animal desbocado” es la figura que encarna la confesión, el perdón y también el abuso de poder y la hipocresía eclesiástica. Los dos son hombres que esta sociedad construye y en la que se funden los rasgos de lo humano y de lo animal.

Luego de tensión y violencia, padre y feligrés terminan tolerando la manera en que ambos conviven en este mundo patriarcal. En él viven bajo normas y formas que conceden total impunidad a sus crímenes bestiales, y en el que no pocas ocasiones acaban por sellar su pacto entre caballeros.

 

 

Funciones: domingos de octubre 20:30 h
Espacio NoAvestruz, Humboldt 1857. CABA.
Duración: 55 minutos
Localidades: 250 pesos

Ficha técnica:
Elenco: Jorge Fernández Román y Ricardo Torre
Dramaturgia: José Ignacio Serralunga
Iluminación: Ricardo Sica
Escenografía: Javier Parada
Vestuario: Patricia Ramírez Barahona
Diseño gráfico: Valentina M
arvaldi y Verónica Martorelli
Música: Lukas Bustamante
Asistencia de dirección: Antonella Estrañy
Dirección: Matías Gómez
Producción ejecutiva: Mariana Zarnicki
Prensa: Kazeta Prensa