Crítica de “Mañana solo habrá pasado”, de Sebastián Basualdo

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Me gusta empezar los libros por los prólogos y más cuando son del propio autor. Sebastián Basualdo nos propone algunos caminos para entrar en la lectura de sus textos: especialmente, habla de sus historias como “partes de un rompecabezas imposible”. Me detengo en esta metáfora porque, en principio, este es un volumen de cuentos que no solo están unidos por temas en común, sino por personajes que vamos conociendo en distintos momentos de sus vidas, no de manera cronológica –y eso es lo interesante–, sino a partir de historias que se desprenden unas de otras y que resignifican la anterior.

El año pasado, poco antes de que saliera el libro, entrevisté a Sebastián, y hablábamos de la pérdida como uno de los motivos que lo recorren a partir de dos interpretaciones: lo que queda “como una especie de saudade del portugués, (…) o lo que pasará, finalmente, como todo lo que resulta atravesado por el tiempo”. Todos los personajes sufren la pérdida: de la infancia, de la inocencia, de los amigos de la adolescencia, de los padres, del amor. Y cuando se pierde algo, aparecen inevitablemente la nostalgia, la culpa, el dolor, la bronca, el miedo. En “La bicicleta”, “Francisco levanta la cabeza y mira hacia el lugar exacto donde su temor comienza a dolerle”, frase que podría referirse, en realidad, a cualquiera de los personajes.

La pérdida y sus consecuencias son, además, la ocasión para presentar el tema de los vínculos –padres/hijos, hombre/mujer–, y todo lo que sobrevuela estas relaciones: el machismo, la infidelidad, la incomunicación, el fracaso, la paternidad como construcción, la figura de la madre –y alternativamente la de la abuela–. Estos temas aparecen siempre bajo la mirada masculina que tamiza incluso el universo femenino que, paradójicamente, es muy significativo dentro del libro.

Sebastián es de esos autores que tienen cientos de fragmentos para citar porque, más allá de lo que cuenta, nos ofrece una filosofía de lo cotidiano. Sus personajes se repliegan sobre sí mismos para pensar, como Marcos, el del cuento que le da nombre al libro, quien se encierra “como un escapista encadenado a su especulación”. Y como lectores no podemos menos que identificarnos con esos seres atrapados, no por la realidad –según dice el epígrafe de John Berger al comienzo del libro–, sino por esta nostalgia de la que ninguno puede evadirse del todo.

Y porque los personajes se encierran, se habilita la elipsis, aquello que no se dice, lo que no termina de completarse, y que, a su vez, permite que las historias se continúen y armen ese rompecabezas que mencionaba al comienzo. En el fondo, el rompecabezas que cada personaje busca armar es el de su pasado, y para eso están los recuerdos, las fotos, las cartas. En algún momento de la vida, hay que pararse y decidirse a enfrentar lo que salga de esa búsqueda, como se narra en uno de los cuentos más bellos del libro: “El hombre que solo aprendió a huir”.

Así como podemos comprender a los distintos personajes y encontrar en ellos incluso partes de nuestra propia vida, cuando miramos las ilustraciones de Cristian Turdera nos sorprende una síntesis perfecta del cuento o del microrrelato que acompañan –una especie de bonus track que ahonda en alguno de los temas de la historia que acabamos de terminar–. Con trazos simples y jugando con los tamaños de las figuras, Cristian logra dibujar la pérdida, que no es poca cosa.

“Resulta difícil excusarse con un timbre para luego explicarle a un desconocido que se tiene la intención de entrar solo para recuperar una parte del pasado sobreviviendo en su presente de fotografía, de relatos contados, cuando aún no era posible comprender que las palabras son como las casas: también están hechas de historias”. Si mañana solo habrá pasado, habrá que recuperar eso que somos a partir de lo que fuimos, como hacen los personajes de este libro tan próximo a todos.

Mañana solo habrá pasado, Sebastián Basualdo, Letras del Sur, 2017, 162 págs., ilustraciones de Cristian Turdera