Crítica de “Cruel”, de Marcelo Savignone

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Empiezo por el final. Termina la obra, actrices y actores salen a saludar, exponen sus máscaras y luego ceden el espacio escénico a lxs trabajadorxs del Centro Cultural Recoleta que denuncian despidos injustificados y que personal con planta permanente por solidarizarse con lxs compañerxs han sido removidxs de sus puestos y en la actualidad están sin tareas asignadas.  La necesidad de lxs trabajadorxs de irrumpir en el teatro para que sus problemáticas se conozcan y saltar el cerco mediático dialoga con la obra de manera literal.

Marcelo Savignone tiene una estética que caracteriza su teatro y lo hace claramente reconocible, una marca registrada. Cada puesta es un trabajo de investigación acerca de jerarquías, vínculos y el espacio como un microorganismo susceptible de ser modificado por las dinámicas de movimiento. El director ya había trasladado Tres hermanas a la Argentina de la última dictadura militar y así hizo del clásico de Anton Chéjov  de fines de siglo XIX, un melodrama con pulso reconocible. En Hamlet X Hamlet tomó al príncipe de Dinamarca  y lo convirtió en un actor frustrado de los ’90. En las dos obras que menciono el pasado está revisado con la mirada crítica del presente. En la obra que analizo en esta oportunidad, el presente político, caliente, inmediato, está revisado con la lectura del pasado. Cruel, con un elenco de actores impecables, es una respuesta a la pregunta: ¿Cómo leer el teatro en clave de ficción cuando la realidad golpea la escena teatral sin metáforas?

Ricardo III (Marcelo Savignone) es un looser al que la madre no lo quiere, la deformidad lo excluye.  Se cría alimentando su resentimiento y este impulso lo lleva a conquistar Inglaterra. Usa el terror y la crueldad como pedagogía política. ¿Cuánto de todo esto es dedicado a la madre?  La madre socialmente considerada como sinónimo de alimentadora, en la infancia lo deja comiendo solo. Le da asco el hijo, no puede mirarlo. Entonces Ricardo, ya en la adultez, le da motivos, se construye estratégicamente así mismo en un contexto que es el caldo de cultivo de violencias, desapariciones, muertes y asesinatos que él, el débil, el deforme, el jorobado, llevará a cabo.

Cuando leí por primera vez el clásico de William Shakespeare si bien aún no tenía intelectualizado que vivimos en un mundo en el que algunos cuerpos importan más que otros, me molestaba la deformidad de Ricardo, no la deformidad en sí, sino la analogía con la maldad. Yo ya sabía, lo aprendí muy pronto tal vez, que el monstro se disfraza muy bien de hegemónico. Ahora también entiendo que la condescendencia social sobre los cuerpos que existen fuera de la norma, (fuera del binario, cuerpos feminizados, cuerpos enfermos, discapacitados y/o todo eso o nada de eso) también es sinónimo de exclusión. Pero entonces, ¿acaso no puede ser Ricardo deforme y malvado porque sí? ¿La maldad es un privilegio? Sí, el acceso a las tecnologías de la violencia se distribuye de manera inequitativa como cualquier bien económico.

La estrategia, recién ahora con la puesta de Savignone lo entiendo, es hacer evidente para el espectador aquello que aun estando ahí todo el tiempo anulamos. La negación es fundamental. La antropóloga Rita Segato en su libro Contra-pedagogías de la crueldad dice: “La repetición de la violencia produce un efecto de normalización de un paisaje de crueldad y, con esto, promueve en la gente los bajos umbrales de empatía indispensables para la empresa predadora.” ¿Cómo sería posible sin negación que Lady Ana (Belén Santos) se casara con el asesino de su marido y de su padre?

En la monarquía, como en el liberalismo, el terror y la crueldad radican en las gestiones políticas que buscan gobernar bajo la forma del orden y la normalidad, agrediendo y eliminando aquello que previamente excluyen.  Ricardo, aun siendo abyecto conserva intactos sus privilegios de género y clase.

La deformidad de Ricardo es obvia: la joroba. Marcelo Savignone desde lo actoral es muy hábil con estas construcciones, pero me interesa cómo opera eso en lo simbólico, ya que vi varias puestas de Ricardo III, algunas incluso eliminaban la “discapacidad” y Ricardo entonces era “normal” y seductor. Es seductor Ricardo, tan seductor que subvierte  la lógica de lo que debería repugnar. No me refiero a la deformidad física, sino a que logra naturalizar los crímenes más crueles. Cualquier parecido con la actualidad…

Ojalá la realidad fuera tan poética como los símbolos religiosos del teatro del Centro Cultural Recoleta (que antes fue una capilla) por mencionar una sutileza de la iluminación, o poética como la escenografía, de una versatilidad impresionante, o el texto de Shakespeare, o el personaje de la Reina Isabel que encarna increíble Andrea Guerrieri, en fin. Ojalá la realidad fuera tan poética y digna de ver como una puesta de Savignone.

Ficha artístico-técnica

Adaptación:

Patricio Orozco, Marcelo Savignone
Actúan:
Sergio Beron, Mercedes Carbonella, Luciano Cohen, Agostina Degasperi, Andrea Guerrieri, Víctor Malagrino, Marta Rial, Pedro Risi, Belén Santos, Marcelo Savignone
Vestuario:
Mercedes Colombo
Escenografía:
Gonzalo Cordoba Estevez
Iluminación:
Ignacio Riveros
Máscaras:
Alfredo Iriarte
Música original:
Sergio Bulgakov
Asistencia de dirección:
Maria Florencia Alvarez, Chusa Blázquez, Cristian Rodrigo Cabrera, Sebastian Cattan, Antonela Scattolini
Dirección:
Marcelo Savignone