#FIDBA 2018: Crítica de Ainhoa, yo no soy esa, de Carolina Astudillo

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Entre la montaña de películas caseras familiares, documentos, cartas, conversaciones teléfonicas que Patxi Juanicotena le entrega a Carolina Astudillo había un diario íntimo. Eran las memorias de Ainhoa Mata, hermana de Patxi, quien no sólo heredó de su padre la obsesión de eternizar cada momento con su cámara super 8mm, o luego con una de de video, sino que adoptó también la manía de cristalizar sus reflexiones en un diario. Ainhoa, yo no soy esa toma como evidencia esas imágenes para poder indagar en ellas y develar qué se ocultaba debajo de esa niña/adolescente segura de sí misma -tanto ante a la cámara como ante el recuerdo de sus conocidos-: una mujer frágil, temerosa, insegura, quien no pudo lidiar con las hostilidades de un mundo patriarcal y tomó la fatal decisión de quitarse la vida.

“Querida Ainhoa, he decidio escribirte aun sabiendo que nunca leerás esta carta. No nos conocimos pero podríamos haber coincidido”. Tras una plano en donde vemos a una niña comiendo torta con sus hermanos y su madre, le sigue otro donde ella aparece jugando al ula-ula en la playa. El viento y algún pájaro preceden a la voz en off que da inicio con estas palabras. Las similitudes entre la directora y Ainhoa no sólo se limitan al hecho de que ambas hayan nacido en los ‘70, mientras en sus respectivos países -Chile y España- gobernaba una dictadura. Algunas experiencias personales vividas por Astudillo encuentran puntos en común con la catarsis volcada en el diario personal de la joven. Lejos de utilizar estas proximidades entre ambas para destacar su propia figura, el mérito de Carolina Astudillo está en conectar los traumas de Ainhoa con las tragedias de otras figuras femeninas de distintas épocas y geografías. De esta manera, lo que aparenta ser una problemática personal se devela como un síntoma de los conflictos de género.

Ver también entrevista a Carolina Astudillo

Mediante un proceso que también empleó Agustina Comedi en la maravillosa El silencio es un cuerpo que cae, la directora chilena nos invita a desconfiar de las imágenes y de la inocencia que éstas denotan. En tiempos donde la esfera privada de las personas se vuelve peligrosamente pública en las redes sociales, esta película logra desmontar el muro que fue construyendo Ainhoa ante el juicio de la mirada ajena. El acoso laboral, la inestabilidad de la menstruación, la categorización de “facilona”, la decisión de abortar, el destrato masculino en sus relaciones amorosas y algunos gestos micromachistas son las flechas que lograron horadar el escudo de Ainhoa y astillar su estado de ánimo, de la misma manera que a Pizarnik, Frida Khalo, Silvya Platt o Virginia Woolf – a quienes Astudillo refiere constantemente.

Sin caer en el camino fácil de ilustrar con las imágenes lo que la voz en off o los testimonios brindan, Astudillo opta por establecer contrapuntos entre el sonido y la imagen que generan significados y conexiones extra. Las relaciones con su padre, su madre, su hermano o sus amigos se retroalimenta mediante fragmentos que encuadran momentos triviales en el espacio doméstico o en la playa, así como también elementos de la naturaleza o animales, que poco a poco van adquiriendo un significado connotativo que enriquece al relato. Los testimonios de sus allegados jamás tienen rostro, sino que son voces en off atinadamente introducidas con alguna imagen de archivo. Nada en Ainhoa, yo no soy esa escapa al material de archivo, lo que vuelve al zurcido del montaje en una empresa prodigiosa.

Las diferentes etapas que abarcan la vida de Ainhoa también operan como la representación empírica de las desilusiones de una generación. La búsqueda de identidad de una española con ascendencias vascas, que residió en Barcelona, la llevó a coquetear con el dibujo, la pintura, el cine gore, el movimiento punk y otros ambientes alternativos. Por supuesto, agravada por la experimentación de todo el abanico de drogas que proliferó en ese entonces, esa errancia encubría una angustia existencial que atravesó, durante esa época, a varios jóvenes de todas las latitudes.

Con una única exhibición, el Miércoles 12-9, en el Cine Cosmos, Sala 2, a las 21:30, Ainhoa, yo no soy esa, que viene de cosechar premios en el Festival de Málaga y en el DocumentaMadrid, eclipsa la competencia internacional de largometrajes del FIDBA. Con una sensibilidad y lucidez profundas pareciera que todo el material de la familia Juanicotena no pudo haber tenido una mejor destinataria que Carolina Astudillo, quien se toma todas las libertades para experimentar con ello y realizar esta película altamente recomendable.