Walter Romero: “reivindico el tango queer que rompe los patriarcados”

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Casi como un bom vivant que se pasea con gracia urbana por diversos espacios formativos (ya sea la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, el Malba o el Nacional de Buenos Aires), Walter Romero disemina y contagia su pasión por la literatura francesa en su derrotero académico. Por las noches, el reconocido profesor encara la seductora tarea de exponer su otra pasión, el tango, género que lo encuentra actualmente en plena difusión de su último trabajo. En esta entrevista, Romero habla de estas dos ocupaciones, de cómo percibe el tango desde una mirada queer y de cómo desde el escenario también puede evocar su tarea áulica (y viceversa).

 

Ezequiel Obregón: ¿Cuál fue la elección estética, sumada a tu deseo como intérprete, que le dio forma al repertorio de Buffo

Walter Romero: Quería hacer un disco distinto. De hecho desde la estética cambió mucho; no figura mi foto en la tapa. Es trabajo más colectivo o del trío, de mis compañeros Kvitko en guitarra y Enríquez en piano. Puse a consideración de ellos un grupo de temas en torno a la noción de lo bufo. Lo pensé en términos de llevarlo al tango del mismo modo que Lamborghini pensaba que hay una raíz bufa en la gauchesca. Explorar esa tensión entre opuestos y llevarla a adelante con tema clásicos, poco conocido y nuevos que así se armó. Creo que es mi disco más político, más fuerte; hay menos cuidado en darle al tango una pátina estetizante que era la impronta de mis otros tres discos y pensé en algo más crudo, sin foto, con mi voz menos intervenida y en los shows con una puesta más centrada en trabajar esas tensiones que el tango tiene entre lo elegante y lo popular, esa tensión de los opuestos que nutren nuestra argentinidad.

 

EO: Buena parte de tu trayectoria académica está atravesada por la lectura de los poetas malditos. Trasladada a nuestra historia tanguera, ¿es posible hablar de “tangueros malditos”? De existir, ¿quiénes serían, cómo los pensás?

WR: Qué interesante. Sí, yo creo que más que poetas malditos hay un malditismo que como tema atraviesa el tango y tiene que ver con lo soterrado, lo oculto, las sensibilidades que hay que buscar en lo más profundo del tango y un recorte siempre muy parecido se opone a esas búsquedas. Creo que hay que explorar más el acervo tanguero que ahí aparecen temas malditos como en este caso el tango Jorobeta que exhumo en este último disco y que refiere a un malditismo muy arlteano, muy de la literatura nuestra. Ahora estoy pensando más el tango desde la noción de género fluído que agrupa temas y estilos que hay que revisar porque por ahí suena lo acallado, lo negado. Mi sensibilidad viene de tensiones entre qué es cantar el tango desde una sensibilidad otra. Fui ninguneado por eso; hay un malditismo en la figura del que canta desde otra sensibilidad, y a esta altura ya casi de veinte años de trabajo me hago cargo y me parece que es el momento en que cierto estigma en torno a mi manera de cantarlo está superada, hay muchos jóvenes queer que siguen la cosa y me han convocado como referente. Llegó me parece el momento de que ese malditismo suene a otra cosa. En eso estamos, dando siempre las batallas.

 

EO: Tu posicionamiento frente al tango puede resultar un tanto rupturista, es algo que se percibe en las entrevistas que te han hecho además. Entonces, más allá de las formas de ruptura, ¿qué vínculo encontrás con las tradiciones? ¿Qué persisten de ellas en vos?

WR: Soy rupturista en el recorte de mis temas y en mi manera de presentarlo, pero hay que pasar por una etapa tradicional o al menos, yo pensé que era como una escuela preparatorio del tango. De hecho cuando estudio con Héctor de Rosas, el cantor de Piazzolla, el estudio era sólo con clásicos, y a partir de ahí pude correrme. No creo ser rupturista más que en la sensibilidad y en el palo del cual vengo, esa simbiosis entre literatura y tango que es mi marca, lucho por esa articulación y en esa tradición me reconozco. Meter  o entender a los poetas tangueros dentro de la gran tradición de la lírica popular argentina y no como algo aparte.

 

EO: ¿Qué implica para vos pensar, percibir, sentir al tango desde una óptica queer?

WR: Es una sensibilidad, unas maneras de hacer el tango, es una tanguedad otra. Hay muchas formas de ser tanguero, es una melancolía, es un touch de glam que ya Gardel nos dio y que pobló el tango que tiene su mugre y su asfalto pero que también es una música de la alteridad y de mezcla, de sofisticación y elegancia. Reivindico el tango queer bailado que rompe los patriarcados y la voz tanguera inusual o el recorte de repertorio desde las sexualidades de la diferencia. Creo que falta mucho en términos del tango cantado, el baile va por delante, pero hay que reivindicar esa óptica otra que a mí me ha funcionado, sobre todo con el apoyo del público y de los programadores más que con la prensa o la ortodoxia, pero es un lugar alterno que me gusta ocupar y llevo 20 años cantando en los mismos palcos tangueros patriarcales pero desde mi onda queer. No sé si me dieron un lugar o me lo hice, pero entiendo el tango desde esa condición de alguien que vive en esta ciudad con mis recorridos sensibles, otros.

 

EO: En tu recital se percibe no sólo tu trabajo sobre el repertorio, sino también cierta zona de la docencia que se evidencia en tus comentarios sobre las canciones y los autores. ¿Sentís esta síntesis entre el profesor y el cantante, siempre estuvo?

WR: Me encanta cruzar esos dos mundos, me llevó mucho tiempo. Antes tenía pudor, pero es un lugar otro también. En el mundo de la academia me dicen: ¿vos sos el que canta tangos? Y en el tango me dicen ¿vos sos el profesor de literatura? Ese corrimiento que me trajo sus trastornos ya se conformo en una identidad  cruzada donde el trabajo es con la palabra en el tango y ahí se cruzan esas zonas mías de docencia, de contextualizar los tangos y luego interpretarlos. Es más creo que las más lindas cosas que ofrecí fueron mis conferencias cantadas sobre Manzi, sobre Manuel Romero, sobre Gardel, sobre Julián Centeya. Me parece que ese “doble arnés” es mi marca; es lo que hago, es como dice un amigo mío, “cantar con la biblioteca atrás que me avala”. Cada artista tiene su azar, mi azar tiene ese background literario y docente que me singulariza. Ahora lo vivo mejor, al principio, por las tensiones de cada campo me perturbaba. Ahora menos. Debo estar grande.

 

EO: En el último tiempo viajaste mucho, ¿cómo nos ven afuera en relación al tango, hoy en día?

WR: Sí, la verdad que fue mi intención de cinco años a esta parte internacionalizar un poco mi carrera. Había hecho presentaciones esporádicas en Colombia, en Chile, pero desde 2016 en España y ahora en Grecia y Francia donde me fue muy bien siento que necesito ese aire por fuera de Buenos Aires y me llevé gratas sorpresas. Teatros llenos en Atenas como el Teatro Embros, bastión de las luchas  sociales en un país signado por la crisis como el nuestro o mi impronta de profesor de literatura francesa de la UBA me abrió muchas puertas nuevas en Paris donde  había cantado por primera vez en 2012, pero ahora fue distinto. Finalmente no sé si es tanto una cuestión de lugares o mi necesidad mi cambio de switch al decirme que tenía que emprender ese camino que me debía. Y ahora sigue: vuelvo a Atenas, a Estambul, a España y a Alemania en 2019. Con conciertos y talleres, hay poco trabaja por una cuestión idiomática con las letras del tango y ahí también hay un trabajo por hacer que creo me va  a encontrar de nuevo entre esos mundos míos de la literatura y el tango.