Breve ensayo sobre la inmortalidad

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Interminables ríos de tinta y bytes, se han escrito sobre la inmortalidad. Tantos que el propio tema ya es inmortal. La filosofía, la religión, el arte y la ciencia lo consideran un tema importante y lo han tratado de diferentes maneras. Y quién puede decir que nunca pensó en ello, quien no fantaseó y hasta se aburrió de antemano, pensándose inmortal.

La inmortalidad tiene puntos en común con el infinito, podemos entonces asumir que algunos atributos de ese número inmenso, pueden aplicarse también a este concepto problemático. Sabemos desde Georg Cantor que hay diferentes tipos de infinito, algunos más chicos que otros. Podemos entonces preguntarnos si hay un solo tipo de inmortalidad. ¿Es la inmortalidad lo que recuerdan los seres humanos a lo largo de la historia? ¿Es algo que trasciende a los propios humanos? ¿Está limitada a la duración del Universo desde el Big Bang hasta el Big Crunch? ¿La inmortalidad se adquiere después del nacimiento y es una forma de vencer a la muerte o el inmortal tampoco tiene que tener un nacimiento sino vivir desde siempre?.

Sin ánimo (ni posibilidades) de ensayar una respuesta, pareciera que la inmortalidad va desde una duración que excede el propio marco de la vida individual (Aristóteles con sus 2500 años de vigencia cae en esta categoría), hasta la cuestión metafísica de creer en Dios y atribuirle, justamente, esa misma propiedad. Pero en esta segunda opción incurrimos en una paradoja; por su propio carácter, la inmortalidad es enemiga del tiempo, de hecho lo anula y entonces, como decía el querido William Blake, el infinito en la palma de la mano y la eternidad en una hora.

Hay un caso extraño, que me gustaría contarles, que va a provocar que se sientan incómodos, pero donde la inmortalidad juega un triste papel. Es una auténtica incomodidad, aquella que no nos permite terminar de decidirnos y nos deja estampada la marca de la duda.

Henrietta Lacks fue una mujer norteamericana, de clase obrera, afrodescendiente, a la que le diagnosticaron un tipo de cáncer muy extraño, a comienzos de la década del ‘50. La enfermedad fue fulminante y al poco tiempo, falleció. Hasta aquí nada raro, una triste historia de nuestra modernidad, donde el cáncer se enseñorea y se resiste con una funesta persistencia.

El punto central es que en el hospital donde ella murió, fueron guardadas algunas células de su tumor. Y que estas células cancerosas, a diferencia de otras, se podían cultivar en el laboratorio y, para sorpresa de los científicos, crecían indefinidamente. Las células cancerosas tienen un ADN levemente diferente del “dueño” original; son células que sólo se siguen reproduciendo, sin obedecer el mandato del ADN original. Como decía la gran Lynn Margulis, las células del cáncer se resisten a morir, son, a su modo, inmortales.

La posibilidad de tener una línea celular como las HeLa (así las bautizaron) implica que se pueden hacer experimentos que permitan acabar con ciertas patologías. Así sucedió con la vacuna contra la polio o con otros proyectos de investigación, cuyos fines claramente eran favorables a la humanidad en su conjunto. Pero aquí también empiezan los problemas éticos. En principio nadie le consultó a la familia de Henrietta, si querían donar esas células para realizar trabajos en laboratorios. Claro ella era mujer, negra y de clase obrera. Pero si eso es grave, mucho peor es que se ha hecho mucho dinero vendiendo el linaje celular, sin, por supuesto, dar un solo centavo a la familia. Una de las principales compradoras de células HeLa, es la industria de los cosméticos…

Desde hace más de 60 años que esas células se siguen duplicando, mostrándonos un nuevo espacio donde crece la inmortalidad. Tal vez no fuera como lo imaginamos, tal vez sea un poco escalofriante la forma en que estamos venciendo a la muerte por partida doble. Por un lado, porque esas células siguen vivas; por el otro, porque por cada cura que se logra es una victoria sobre la misma parca. La realidad es que el legado de Henrietta está allí, reproduciéndose sin parar, poniéndonos en una situación incómoda, donde hay un grave dilema ético revolviéndose justo frente a nuestros ojos.