Crítica de Mi obra maestra, de Gastón Duprat

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Tras el éxito de El ciudadano ilustre (2016), Gastón Duprat vuelve al universo que ya había explorado en su ópera prima, El artista (2008), sólo que esta vez sin la co-dirección de Mariano Cohn. El resultado es otra nueva mirada desencantada sobre el negocio de las artes visuales, con el foco puesto en la amistad entre un artista y su representante.

Como ocurría en El artista, en Mi obra maestra (2018) el arte es, ante todo, un modo de generar ganancias. La “genialidad” de la obra se explicaba con insistencia mediante la apreciación de aquellos que ponían su precio y, en consecuencia, daban el envión necesario para fundar su valor y habilitar su circulación en el mercado. Más que películas “sobre el arte” (en realidad, en ambos casos uno asume la idea de que hay buenos pintores que hacen obras notables), las obras de Duprat son películas sobre cómo apreciar el arte y cómo saber sacar rédito de ello. En el primer caso, esta característica se hacía evidente mediante la estafa de un enfermero que, apropiándose de las creaciones de un anciano demente al que cuida (el gran Alberto Laiseca), deviene artista cotizado. En este caso más reciente, el artista es consciente de serlo, sólo que su misantropía lo mantiene alejado del éxito que alguna vez tuvo. El Renzo Nervi que compone Luis Brandoni es una caricatura de lo que era; confinado a una casa en ruinas de la que no puede pagar el alquiler, transita su vida enunciando su grandeza pero sin vender una sola obra. Y cuando lo consigue es gracias a Arturo Silva (Guillermo Francella), su representante y dueño de una galería, el único amigo que parece quedarle aunque su paciencia penda de un hilo.

En toda la filmografía de Duprat que, por otra parte, es casi toda la cinematografía de Cohn, se apuntó la mirada poco amable que prevalece sobre sus personajes. Por lo general, no muy empáticos y arrojados a enfrentar situaciones que los obligan a sacar lo peor de sí mismos (recuérdese, por citar un caso, el final de El hombre de al lado). A no ser por la antipatía que generan los protagonistas de Mi obra maestra per se, al menos en este caso aparece la amistad como un bien no ganancial, corroída (cómo no) por el negocio puro y duro, algo que se pronuncia cuando hacia mitad de la película ocurre un hecho que pone al pintor en un lugar muy vulnerable. De allí en más, habrá menos confianza en la bondad; el dinero volverá a marcar el norte de las relaciones y un joven español que deseaba ser el discípulo de Renzi (quien lo despreció apenas lo conoció) pasará a ser la “voz moral” de esta suerte de fábula. Una caricatura (y van…) de la bonhomía.

Estamos frente a un film que tiene sus méritos. Los gags “funcionan”, hay timming y, sin llegar al trabajo minucioso de encuadre que sí tenía El artista, se percibe un buen trabajo puesto en la composición de la imagen. En cuanto a los déficits, el mayor problema de Mi obra maestra es que este encorsetamiento de los personajes, promovido por la necesidad, la reincidencia, de mostrar a las artes visuales como un nido de víboras, termina por quitarle emoción al relato. Como bien apunta el crítico Horacio Bernades de Página 12, no se termina de saber muy bien cuál es el tema de esta película. Pero, conjeturamos, detrás de los caprichos del guión (¿por qué la voz en off, por qué empezar desde el final?) late una historia sobre la amistad, genuina, sostenida en buena medida por las buenas actuaciones y por la necesidad de creer que entre tanta miseria queda espacio para la humanidad.