Crítica de La otra piel, de Inés de Oliveira Cézar

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Si hay algo que se destaca en la singular filmografía de Inés de Oliveira Cézar es tanto su preocupación por los universos femeninos como la construcción de los climas y su relación con las demás artes. Tanto sea teatro como artes visuales, sin olvidar su cercanía con la filosofía o la psicología. Esto último se lo ve desde la gestualidad corporal del personaje de Abril en La otra piel, su modo de comunicar lo que siente.

La relación de la cineasta con el teatro tiene que ver con su formación inicial y su preocupación visceral por el lenguaje, cosa que está presente en su personaje masculino quien recita una y otra vez “La terquedad”, metáfora del dramaturgo obsesionado.

Otra de las metáforas es la partida o huida de Abril, quien de alguna manera más o menos directa, parte hacia un reinventarse que puede leerse como un cambio de piel, (la otra piel) y que habla de un posible cambio, como el que se da cuando se emprende un viaje hacia algún lugar. Ese viaje no solo sirve para trasladarnos desde un espacio hacia otro, circunstancial o permanentemente, sino que siempre nos da otra perspectiva respecto de la percepción de la realidad, sumada al resto de nuestras experiencias.

La otra piel es una historia de desacomodo espiritual, es una historia de desgaste de deseo hacia el otro, es una historia de no saber qué se quiere, de no poder ser una misma. Un relato que termina con una escena perfecta, que habla de una relación indisoluble, que es la relación madre e hija, y que basta sólo un cambio que va del dolor, a la risa, para que el personaje de Abril se reconozca como en espejo en ese otro que es la primera imagen de nuestras vidas: la madre.

La otra piel es un film independiente, grande en todo lo que logra transmitir, pequeño en cuanto a su producción, impecable en sus actuaciones, y en su fotografía. Diferente, como toda la filmografía de su directora, de una lentitud construida para sumar, que espero el espectador sepa disfrutar.