Crítica de Regreso a Coronel Vallejos, de Carlos Castro

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El cine argentino cuenta sólo con dos películas que adaptan novelas de Manuel Puig: Boquitas pintadas, de Leopoldo Torre Nilsson realizada en el prolífico 1974 y Pubis Angelical de Raúl de la Torre de 1982; ambas con intervención de Puig en el guión.

Más tarde, en 2004, el hijo de Torre Nilsson filma Vereda tropical una película curiosa y algo olvidada que aborda esta personalidad trascendente de la cultura argentina desde la ficción y en torno a su exilio. A Puig las amenazas de la triple A lo obligaron a exiliarse primero en México, luego en Rio de Janeiro. Los últimos tiempos que pasa en esta ciudad, donde había llegado en 1980 es el recorte de tiempo que elige Torre para dar a conocer la profunda soledad e insatisfacción personal de un escritor que lo llevará finalmente a un nuevo exilio, a Cuernavaca donde morirá en 1990. Antes que un biopic sobre la obra de un escritor, Vereda tropical es una sucesión de situaciones con un hombre mendiga amor, “la literatura no me importa, lo único que me importa es el amor”. El homosexual maduro que busca jóvenes en la playa, o que se enamora perdidamente de un joven pintor de paredes, o el amante de un hombre casado.

En cambio, Regreso a Coronel Vallejos, documental que se estrena este jueves y que viene con cierto recorrido por festivales, es un acercamiento a Manuel Puig escritor. Y particularmente, ya no el Puig del exilio, sino al de sus novelas centrales, el del método de escritura la observación de los personajes de su pueblo que traslada a la ficción quizás para hacer la vida algo más tolerable. La bonaerense ciudad de General Villegas, lugar de nacimiento e infancia del escritor, tiene en la entrada un gran cartel con el rostro de Puig que da la bienvenida a todo aquel que llega. Sin embargo, el entramado que devela el documental de Carlos Castro tiene que ver con el rechazo que se produjo con las dos novelas que escribe Puig en torno a la vida social y cultural de su pueblo: “La traición de Rita Hayworth” (1968) y “Boquitas pintadas” (1969). En ambas, General Villegas se transforma en un pueblo de ficción llamado Coronel Vallejos.

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Castro se traslada a Villegas/Vallejos y utiliza como voz narradora y como punto de vista el de Patricia Bargueño, una mujer a quien un grave accidente la deja cuadripléjica y en silla de ruedas, estudiosa y defensora de la obra de Manuel Puig, dueña actualmente de la casa donde vivió el escritor; ella guía la idea de este retrato de un Puig y que era mirado como un escritor “chismoso” que se valió de las historias del pueblo para hacer sus libros.

Planos fijos de esquinas y frentes de casas del pueblo, la iglesia, el club de jubilados, la típica construcción italianizante de ciudad de la provincia de Buenos Aires, la estación de tren abandonada se recortan sobre el cielo celeste de La Pampa. El té que comparten unas señoras mientras hablan de cómo ahora sí entienden que es una película, señalando a las personas que están del otro lado de la cámara. Puig habla del cine también y el documental de Castro se aproxima así a esta relación.

Aún con cierta redundancia en la descripcion del hombre que nunca volvió a su lugar natal, es muy notable el uso de una segunda voz narradora que es la del propio Puig, verdadero hallazgo esas imágenes inéditas y su voz salidas un programa de TV también inedito producido por Felisa Pinto qué explica el destino de ese documento, hoy invaluable.

Castro logra hacer un catálogo completo de ese pueblo real hablando de ese pueblo ficticio que hoy ya es literatura: los que lo conocieron, los que no lo conocieron, los descendientes de aquellos que inspiraron sus novelas, el maestro de la escuela, el cura de la iglesia, los adolescentes de la escuela,.

La historia está cruzada por el presente que es siempre distinto, más tolerante y más idealizante.