Crítica de “Quiero tener todas las noches esos sueños”, de Mirta Ovsejevich

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Todas las autobiografías son, en principio, engañosas: solemos creer que lo que allí se cuenta tiene un correlato verdadero con lo que realmente ocurrió, pero olvidamos que es una ficción basada en la realidad. Mirta Ovsejevich nos propone un relato de su vida en Quiero tener todas las noches esos sueños, donde se verifican las premisas de este género.

Philippe Lejeune, especialista en el tema, propone la figura del “pacto autobiográfico” como un contrato de lectura, un acuerdo entre el autor y el lector que le garantiza a este último que en el texto autobiográfico hay una identidad entre autor, narrador y personaje. Es esto lo que nos hace creer en la verdad de lo que estamos leyendo, pero es claro que, ya desde la selección de qué contar y qué no hasta el ordenamiento elegido para contarlo, hay una clara intervención de un narrador, lo que nos mete de lleno en la ficción. La otra cuestión para tener en cuenta es la subjetividad de este tipo de textos que se proponen una mirada al pasado desde un yo presente que bucea en sus recuerdos y los rememora, un yo que narra y que es narrado. La protagonista del texto de Ovsejevich es una mujer que habla de sí misma, pero que también describe diferentes épocas y construye retratos de personajes, muchos de los cuales exceden su propia vida y se transforman en estereotipos.

A partir de una temporalidad que no pasa por lo lineal, nos enteramos de los temas que recorren toda autobiografía: la infancia –los padres, los juguetes, las lecturas, la escuela–;  la adolescencia –la iniciación en el sexo y la relación con los otros–; las parejas, los amigos, los viajes, los diferentes espacios en los que transitan los personajes, aunque dentro de una narración donde la ironía y el humor, propios de la autora, le confieren singularidad.

Mencioné antes lo referido a la descripción de una época. Es que Quiero tener todas las noches esos sueños también puede leerse como un recorrido por una Argentina por la que pasaron diferentes gobiernos y en la que las clases sociales tuvieron que ir adaptándose –o no– a los vaivenes de la economía. El padre de la protagonista es, entre otros, el reflejo de esta adaptación: “Es así… Años de vacas gordas y años de vacas flacas. Pero quedate tranquila, no sé si cuando me muera les voy a dejar algo de herencia, pero seguro les voy a dejar un apellido impecable”.

Además de la narración propiamente dicha, toda autobiografía es una construcción de una identidad, un deseo de explicarse a uno mismo, pero también una manera de conjurar la muerte y el paso del tiempo. El recuerdo se hace texto, y ese texto es un registro de nosotros mismos, una huella que permanece. En este sentido, este relato añade la elección del presente –cada parte comienza: “Tengo (xxx) años”–, lo que le agrega cierta atemporalidad.

Ariel Bermani, en su muy buen prólogo, dice que le gusta la escritura de Mirta Ovsejevich porque sus personajes “no creen en una felicidad empaquetada, ingenua, pero hacen lo posible por ser felices”, otro de las razones para involucrarnos en una lectura que se disfruta en cada página.

Mirta Ovsejevich, Quiero tener todas las noches esos sueños, Deldragón, 2018, 84 págs.

Mirta Ovsejevich publicó cuentos y novelas. La primera, Solo pido que sea presentable, fue seleccionada por la Conabip para ser distribuida en las bibliotecas populares de la Argentina.