Crítica de El amor menos pensado, de Juan Vera

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En este 2018 el cine comercial argentino está frente a un desafío que parece repetirse: cómo encontrar esa porción de público que en plena crisis pague casi 10 dolares una entrada, llene las salas, haga la diferencia si alcanza rápidamente el millón de espectadores, cosa que parece imposible por lo menos desde Relatos Salvajes. Con qué interesar a ese espectador-tipo si no es con Ricardo Darín, Francella o una historia de un asesino serial (El ángel).

El amor menos pensado tiene una estructura muy sencilla que parece haber hallado la fórmula del éxito: compartimenta situaciones, mayormente amorosas, las hace protagonizar por un actor famoso, mayormente televisivo, les da a esas situaciones una unidad de sentido que arranca y termina rápidamente: Juan Minujin en la tienda de perfumes, Norman Brisky como el padre que interpreta una clase de actuación frente al hijo; Gabriel Corrado como el galán del boliche, Claudia Lapacó como la octogenaria madre que planta sus orquídeas, Chico Novarro bailando en medio de una cena para salvar un momento incómodo o el mismo Rubio que tiene gran protagonismo en la película funcionando para Darin como ese partenaire que era en anteriores películas Eduardo Blanco.

Ahora bien, fragmentar, segmentar y sumar aunque lo intente, no significa integrar y lo que en apariencia aquí se presenta como una unidad narrativa, contada en primera persona con el comienzo y el final situado en el mismo lugar (no es spoiler) resulta algo asi como un parentesis que contiene una superficie extremadamente pulida, pero sin sustancia ni profundidad alguna.

Esta pareja que roza los 60, entra en crisis por la partida de su hijo a España. Más allá de que el espectador pueda identificarse con este dolor o esta crisis, lo que pasa ahí, cuando ella se da cuenta que no hay mucho más más allá de eso, lo que se dice de boca para afuera no produce algo sustancioso: la crisis es externa y su envoltorio un bello decorado con ideas de una revista de interiores. El jardín de la madre, los pulcros rincones de la casa, o el loft que le presta a Darin su amigo para que se vaya momentáneamente de su casa. Una ambientación sin vida, o aún sin pasado, más las vistas de una ciudad randerizada salidas de la mejor maqueta digital de un arquitecto. Una imagen de luz siempre plena, salvo lo que es tal vez el mejor plano de la película: el contraluz frente a la ventana cuando el matrimonio se confiesa mutuamente no estar enamorados.

Agradable pero monocorde, con crisis pero sin tensión, con pasado pero sin recuerdos, un amor que el titulo no espera pero que se vislumbra en los primeros minutos y un desamor que tampoco se espera pero que rápidamente es subsanado por el bien de la armonía familiar.

Frases para el instagram y un film demasiado pulcro, con relaciones perfectas donde hasta lo doloroso resulta encantador.